Un drama humorístico

  • 3 Noviembre, 2016

    ¡Gracias jefe!, film que muestra las argucias de un periodista para ayudar a una familia en paro a salir de su situación por medio de varios tipos de presión, ha alcanzado gran éxito en Francia, donde se ha proyectado simultáneamente hasta en 250 salas.

    François Ruffin.

    La región Hauts-de-France lleva ya varias décadas sufriendo una grave crisis económica con la desaparición de las minas, la industria siderúrgica y la textil. La tasa de paro alcanza un nivel elevadísimo, próximo al 30%, y el nivel de pobreza, en mayor o menor medida, afecta a casi las tres cuartas partes de la población en algunas ciudades, como por ejemplo Roubaix, la ciudad más pobre de Francia.

    Esta situación ya fue relatada por Bertrand Tavernier en 1999 en su excelente película Hoy empieza todo.

    Ahora es el periodista François Ruffin, fundador y redactor jefe de la revista de izquierda Fakir, quien ha decidido tratar el mismo tema en su film ¡Gracias jefe! Ruffin cubrió durante dieciséis años el cierre de fábricas en la ciudad de Amiens y sus alrededores, y en 2007 aconsejó a unos trabajadores a punto de ser despedidos por la deslocalización de su empresa que compraran acciones de la firma para poder infiltrarse en la asamblea general de accionistas. Eso condujo a que el empresario aumentara las indemnizaciones por despido y colocara a algunos trabajadores en otros lugares.

    ¡Gracias jefe! se refiere básicamente a un caso concreto, y lo hace de un modo hilarante, huyendo en todo momento de generar en el espectador compasión por la familia cuyas tribulaciones muestra. Se trata, pues, de un documental satírico en el que, con un estilo similar al del norteamericano Michael Moore (en especial en la escena en la que Ruffin, junto a un inspector de Hacienda belga, se dirige a la recepción de la sede de la multinacional LVMH), el director de la película trata de aproximarse a Bernard Arnault, primera fortuna de Francia, con la finalidad de resolver el problema de una familia. Arnault es propietario del grupo LVMH, al cual pertenecen las marcas más lujosas del ámbito de la moda: Christian Dior, Louis Vuitton, Kenzo, Celine y Marc Jacobs.

    Durante el rodaje de la película, dividida en cinco actos y un epílogo, se filmaron 150 horas, que en el montaje se redujeron a 83 minutos. El film empieza con imágenes del magnate y de actos de sus empresas, para mostrar a continuación declaraciones de trabajadores de LVMH que habían perdido su empleo debido a las deslocalizaciones de firmas de esta multinacional, en especial al este de Europa. Así, el espectador ve la contraposición de las palabras del empresario cuando asegura haber salvado el grupo Boussac Saint-Frères y que los productos de Louis Vuitton se fabricarán siempre en Francia con las de quienes sostienen, en el primer caso, que sólo le interesó salvar la marca Christian Dior mientras que liquidó el resto, y en el segundo, que la marca se confecciona en Madagascar, China y Taiwan.

    Aproximadamente las tres cuartas partes de la película están dedicadas al caso de Jocelyn y Serge Klur, quienes después de trabajar durante toda su vida en una fábrica de Poix-du-Nord, perdieron su empleo debido al traslado a Polonia de la actividad de una empresa de LVMH en la que se confeccionaban los trajes de la marca Kenzo. Como los salarios polacos aún se consideraron demasiado elevados, la fabricación de Kenzo se llevó luego a Bulgaria y, así, un producto que se vende a 1.000 € tiene un coste de mano de obra de 30 €. Pero eso no basta; un responsable de la fábrica búlgara explica que como los salarios van subiendo, una parte de la producción se trasladará a Grecia, donde hay muchas personas en paro. Esta afirmación sirve para que Ruffin exponga irónicamente su “tranquilidad” porque LVMH “propaga prosperidad por toda Europa”.

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