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  • No es necesario comprar bicicletas para poder disfrutarlas. Ni siquiera de segunda mano. Algunas empresas de inserción social y asociaciones entusiastas ayudan a reconstruir bicicletas en mal estado y a reciclarlas para que puedan volver a ser utilizadas, a menudo gratis o a un precio simbólico. Incluso organizan cursos  en los que enseñan a construir una bicicleta desde cero, aunque ello ya requiere algo de tiempo y de habilidad.

    En las empresas mercantiles  manda el capital: quien aporta el dinero indica lo que se debe hacer y se lleva los beneficios. Pero existen también las empresas cooperativas, en las que el elemento central es el trabajo: todos los trabajadores socios tienen el mismo peso en las asambleas, con independencia del cargo que desempeñen y del capital aportado. Estas empresas de raíz democrática suelen resistir mejor  las crisis, y no son ninguna rareza: solo en España hay 17.000.

    Decenas de miles de empresas han cerrado con la crisis siguiendo un mismo guión, que concluye con los trabajadores en el Fogasa. A veces no hay otro remedio que ceñirse a este guión, pero en ocasiones sí hay posibilidades de una opción radicalmente distinta que raramente se pone sobre la mesa: la posibilidad de que los trabajadores se queden con la empresa. Desde 2008, al menos 75 compañías han sido recuperadas por sus trabajadores en España y reconvertidas en cooperativas.

    El alquiler del espacio de trabajo solía ser a veces un obstáculo insalvable para los nuevos profesionales, por el precio y por el compromiso de permanencia. La explosión del coworking —espacios compartidos de trabajo, con servicios comunes— ha supuesto una gran ayuda para nuevos proyectos. No solo por el precio mucho más ajustado —que también—, sino por la flexibilidad —el compromiso es mes a mes, o incluso día a día— y, sobre todo, el gran potencial para la creación de amplias redes profesionales.

    Ya no es necesario pasar por la banca tradicional para abrir una cuenta corriente,  contratar un seguro y conseguir financiación para impulsar una empresa. Y para comprar en el mercado social ni siquiera se necesitan euros.

    Ya es posible vivir en una vivienda pagando el equivalente a un alquiler social sin que puedan echar a quien reside allí, que la energía que consuma tenga origen verde y conectada a Internet a través de una cooperativa de consumo.

    Si está de luto por el hundimiento del viejo mundo, salga a la calle: descubrirá un pujante mundo nuevo lleno de medios de comunicación, librerías, teatros y cines que ensayan vías al margen de la banca y de las grandes corporaciones.

    La ropa, el chocolate, el café, las verduras, las frutas... Un consumidor responsable dispone de muchas herramientas para saber si los productos que compra han respetado los derechos laborales y el medio ambiente.

    Las opciones para la educación de niños de cero a tres años no tienen por qué reducirse a guarderías masificadas ni la gente mayor tiene por qué vivir en residencias privadas. Hay toda una vida de alternativas.

    Ni en todas las empresas manda el capital ni los planes empresariales de cierre tienen que acabar necesariamente con el trabajador en el Fogasa. Las cooperativas son otra forma de ver la empresa, más democrática y resistente a la crisis.

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