El futuro es un país extraño // Inventar un mundo nuevo para el siglo XXI

  • La humanidad evoluciona hacia el progreso... O no. Según Josep Fontana, vivimos una regresión social y debemos dejarla atrás.

    Después de contarnos y reinterpretarnos la historia del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial a lo largo de 1.232 páginas (200 de ellas, de bibliografía), Josep Fontana confesó una vez que no pudo interrumpir de golpe su rutina diaria de acopio ingente de información. Al fin y al cabo, la historia no se detiene, sino que continúa desarrollándose.  Por el fin del imperio. Una historia del mundo desde 1945 podría convertirse, de este modo, en un libro sin fin. En él, Fontana destapó hace un par de años las raíces de la crisis más fuerte que haya vivido la humanidad desde el crash del 29, que ubicó en los años setenta. Ahora, en El futuro es un país extraño, de la mano de la misma editorial, el historiador barcelonés, maestro de tantos otros,  insiste en la idea de que no estamos atrapados en un mero paréntesis de zozobra económica, tras el cual se supone que regresaremos a una vida anterior.

    El futuro es un país extraño

    Josep Fontana

    Editorial Pasado & Presente

    232 páginas 2013

    Precio:19 €

    Nos propone de nuevo volver a los setenta porque fue el momento de la ruptura de “la ilusión” de que la humanidad siempre evolucionaba hacia un progreso sin fin. Hace cuatro décadas se inauguró un “período de regresión” en el que estamos más que instalados.  Fontana nos recuerda que la conquista de las libertades y los derechos sociales, así como el bienestar, no fueron cayendo por su propio peso a resultas del progreso, sino que fueron el fruto de luchas y revueltas. Que el Estado de bienestar nació como vacuna contra el miedo al socialismo, el comunismo y las revoluciones populares. Que el Estado social solo empezó a resquebrajarse cuando se vio claramente que la URSS no podía vencer y  que entonces el patrón volvió al mando: los ricos empezaron a partir de los setenta su cruzada por el enriquecimiento.

    El agujero multimillonario en JP Morgan Chase de 2012 demostró  hasta qué punto se había quedado corta la reforma financiera que tras Lehman Brothers debía devolver a los Estados el mango de la sartén en materia financiera.Mientras que la productividad aumentaba el 80,4% en Estados Unidos entre 1973 y 2011, el salario por hora trabajada únicamente lo hacía un 10,7%, un modo de quebrar la armonía social, que no pareció importar mucho a un empresariado que poco a poco fue tomando el control de la política. A cambio de su apoyo (en votos y en financiación), la clase política rebajó los impuestos a quienes más tenían y lo compensó en leyes favorables a sus intereses. Sabemos también que bajo el mandato de Bill Clinton se derogó la ley  que impedía la especulación financiera  al separar la actividad de la banca de inversión de la que ejerce la banca minorista. Y que la desregulación financiera fue avanzando, en paralelo al empobrecimiento de las clases medias y bajas y a la privatización de servicios sociales, que han llegado a su apogeo con la crisis. Fontana sostiene que la medicina supuestamente esporádica que nos suministra la Europa alemana por nuestro bien, persigue desmantelar el Estado de bienestar. Los pecados del sector privado (de sus deudas desorbitadas) los pagó el sector público. La deuda pública no ha sido la resultante de un exceso de gasto público anterior.

    TOLERANCIA “Un mundo con mil millones de parados y hambrientos no puede esperarse que se resigne de forma indefinida”

    Un repaso por el globo nos encara a una dura realidad, tal vez con la excepción de América Latina, porque la imagen que nos devuelve el espejo está marcada por desigualdades indiferentes al progreso: del doble de desnutrición en África que en en el resto del mundo, según la FAO, a los 50 millones de desempleados en el planeta, según la OIT, pasando por las insuficiencias educativas o eléctricas en países emergentes como la India, por la miseria persistente en Afganistán ajena a la fracasada ocupación, y por unas primaveras árabes que nos han desvelado que el islam también es bueno para los negocios (en Túnez o Egipto). Por no hablar de la sangre derramada en Siria o las tentaciones de atacar Irán.

    El futuro es un país extraño no es un libro para la inacción. Al contrario. Ya desde la introducción, Fontana llama a “fijar en común unos objetivos de progreso y a luchar por ello”. No considera lícito “resignarse” a situaciones injustas e invita a batallar por abrir una nueva etapa de progreso. Pero no concibe que el mundo siga girando en estas condiciones mucho tiempo.

    Una de sus reflexiones finales lo expresa con claridad: “Un mundo con más de mil millones de hambrientos y parados no puede esperarse que siga resignándose indefinidamente a verse condenado a una vida cada vez peor en nombre de las necesidades de un sistema del que solo se beneficia una minoría y cuya voracidad parar acumular beneficios a corto plazo le ha llevado a ignorar el hambre de hoy y el agravamiento que, en un mañana cada vez más próximo, puede producir el cambio climático”. Vamos, que uno aguanta el sufrimiento, pero no de forma ilimitada.

    Lo que sí deberá cambiar forzosamente es el tipo de batalla. Fontana pone como ejemplo a los campesionos que han dejado de reclamar reformas y  han formulado programas agroecológicos, desarrollados de forma cooperativa. Hemos asistido a numerosas formas de protestas (Del Occupy Wall Street al 15-M, estudiantes chilenos, agricultores...). No se trata de que triunfen como movimientos organizados, pero sí de cómo han despertado  la conciencia de separación entre el 1% y el 99%. Las clases medias aguantaron mientras pudieron hacer vida aparte de las clases  populares, aunque fuera viviendo a crédito. Ya no.

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