“Nadie sabe qué sistema eléctrico quiere España” // Teresa Ribera

  • Febrero 2016

    Teresa Ribera

    Directora del IDDRI y asesora del PSOE

    La experta en energía y clima llama al sector a no frenar la transición energética

    “Nadie sabe qué sistema eléctrico quiere España”

    Es una de las personas que mejor conocen el entresijo negociador que ha desembocado en el acuerdo de París contra el cambio climático. En París estuvo ella y es también en la capital francesa donde tiene la sede el Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI), un centro de investigación sin ánimo de lucro centrado en cómo atenuar el cambio climático, proteger la biodiversidad, garantizar la seguridad alimentaria y gestionar la urbanización. Lo dirige desde 2014. Teresa Ribera, que tuvo responsabilidades en materia de medio ambiente y cambio climático durante la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero, asesora hoy sobre la cuestión al equipo de Pedro Sánchez en el PSOE.

    FOTO: ANDREA BOSCH

    Si son tantas las evidencias del cambio climático, si es tal la unanimidad en la comunidad científica, y ya también en la política, si está en juego nuestra supervivencia ¿por qué es tan difícil actuar? 

    Por tres motivos. En primer lugar, tener claras las bases del conocimiento no significa saber cómo transformar realidades con las que hemos convivido mucho tiempo. Segundo, pesan el miedo al cambio y la inercia del pasado. Nuestra historia reciente se ha construido sobre 200 años de prosperidad que proceden de la quema de combustibles fósiles. Abandonar este patrón sin un manual de instrucciones da miedo. En otros casos, hay quien siente que pierde. Pueden ser grandes empresas, pero también ciudadanos bienintencionados cuyo empleo dependa del modelo actual. No es fácil decirle a alguien: “Su trabajo hace daño a la humanidad. Lo siento, ya no vale”.

    Sobre todo porque cosas terribles puedan ocurrir en el año 2100 o en 2050...

    O mucho antes. Pero esa persona te dirá: “Es que tengo que vivir, tengo que llegar cada día con un sueldo a casa. ¿Soy adaptable a otra tarea?”.

    Inercia, miedo... ¿y el tercer motivo?

    La desconfianza que ha habido con respecto a la honestidad de, digamos, las posiciones relativas. Me explico: la sensación dominante era la de que, o bien todos hacían el 100% de todo, o bien se podía incurrir en grandes desventajas competitivas entre el país que diera un paso y el que no. No había ganas de tomar la delantera, y se confiaba en una creencia que ha funcionado como una excusa: “La tecnología lo arregla todo. Ya encontraremos la que arregle esto”.

    ¿Por qué dice que ha sido una excusa?

    Porque hoy ya disponemos de tecnología que permite actuar, al menos en una primera etapa. Lo que nos faltan son entornos preparados para generalizar esas soluciones. 

    No sé si la acabo de entender...

    Sí. Resulta ilustrativo y paradigmático el escándalo Volkswagen (VW). No existe un problema tecnológico. Existen motores híbridos que pueden ser motores puente desde hace mucho tiempo. Pero hemos visto una inercia, unos intereses que se verían perjudicados si debía producirse una transformación de un día para otro. También, una presión social de colectivos que podrían sentir que un cambio tecnológico podía no tener la misma capacidad de respuesta en términos de empleo. Todos estos factores frenaban la toma de la decisión correcta. El problema de la inercia…

    Inercia aparte, en el caso VW, parece que ha habido un engaño.

    En el caso Volkswagen hay un engaño, sí. O en el caso de Exxon Mobil. ¿Y por qué hay engaño? Por la necesidad de materializar hasta el último rédito que se calcula que se puede obtener sin la necesidad de hacer el esfuerzo del cambio. Ha habido cierta relajación, o no suficiente estímulo, por parte de grandes operadores en el ámbito de la industria, la energía o la tecnología. Han pensado que los gobiernos no se iban a atrever a tomar decisiones que cambiasen radicalmente las bases de nuestro sistema económico, por las implicaciones en pérdidas de empleo, por la pérdida de confianza de los votantes o para evitar tensiones competitivas con otros países. 

    ¿No han tenido razón?

    Los tiempos tecnológicos tardan mucho en madurar, de modo que podemos utilizar la tecnología que tenemos durante muchos años hasta que la nueva tecnología se imponga. Así que mientras, yo mantengo mi cuota de mercado cerrada y no dejo que otros entren en mi terreno. Hasta que se ha empezado a producir un cierto cambio social. La gente comienza a entender que el cambio climático le afecta. 

    ¿De veras ve concienciado al ciudadano?

    Bueno, el ciudadano ve que las soluciones energéticas pueden ser buenas, regulares o malas, porque tienen externalidades mejores o peores. Sabe que alguien debe velar por el interés colectivo, y espera de los gobiernos que tomen decisiones, aunque sean difíciles. Todo eso se traduce en presión sobre los gobiernos.  A partir de ahí, se dan otros factores. 

    ¿Quién es?

    Teresa Ribera (Madrid, 1969), dirige desde hace dos años el Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI) de París. Asesora del PSOE en materia de energía y clima, dirigió previamente la Oficina Española del Cambio Climático (2004-2008) y fue, hasta 2011, secretaria de Estado de Cambio Climático. Al salir del Ejecutivo, fichó por el fabricante de paneles solares Isofotón. Es miembro del Consejo Asesor Global en materia de Clima del Foro Económico Mundial y del Consejo de Liderazgo Global de la Red de Naciones Unidas SDSN. FOTO: ANDREA BOSCH

    ¿Como cuáles?

    Soluciones tecnológicas que se veían lejanas, como si fueran un sueño de ciencia ficción, empiezan a tener un sentido económico evidente. Y se redobla la presión social para poner los costes y los beneficios de cada cosa en su sitio relativo. Con soluciones tecnológicas viables desde el punto de vista económico y con mayor presión social, se despierta el apetito político para transformar las cosas. 

    ¿Las empresas ya creen que los políticos sí se atreverán?

    Las grandes empresas, las que tienen mayor capacidad, hace tiempo que tienen bastante claro que las condiciones en las que van a desarrollar su negocio a veinte o treinta años vista no serán las mismas que las de hoy. Pero intentan apurar los mayores retornos posibles de todo aquello en lo que han estado invirtiendo. Cuanto mayor sea la expectativa respecto a lo que tienes que dejar atrás, más te resistes al cambio. Pero en la medida en la que ves que el cambio es inevitable, no te queda más remedio que diseñar estrategias para cambiar. 

    A los políticos, ¿qué papel les corresponde?

    A los gobiernos hay que pedirles coherencia creciente y un marco que facilite ese cambio. Es muy importante tener la habilidad política de construir de forma positiva ese proceso de cambio. Y es importante acompañar a los colectivos que sabemos que lo van a pasar mal en ese proceso de transición energética.

    ¿Cuáles son esos colectivos?

    Los cambios generan tensiones. Pueden ser entre los consumidores energéticos, que de pronto pagan una factura que no les corresponda, o que simplemente no puedan pagar. O pueden ser colectivos de trabajadores que ven cómo profundas transformaciones en su sector pueden dejarles fuera de juego. Venimos de años en los que se pensaba que las fuerzas del mercado actuaban para el bien de todos, pero ya hemos descubierto que no es así. Pensar que todo esto lo van a cambiar las fuerzas del mercado y soluciones tecnológicas mágicas es una gran irresponsabilidad.

    ¿Dónde están hoy los negacionistas del cambio climático? Parece que hoy ya no pueden cuestionar argumentos desde un punto de vista científico y que se centran en retrasar la transición energética.

    Es completamente cierto. Durante muchos años hubo una línea de ataque muy dura, absolutamente irracional, contra las premisas científicas. Estuvo presente en el debate público, como si fuera un partido de fútbol. Los negacionistas ya han entendido que no se puede negociar con las leyes de la física y la química. Y entramos en la siguiente etapa: los actores actuales intentan ver cómo alargar al máximo la posición en la que están, para minimizar al máximo sus pérdidas. Hasta cierto punto, es razonable. Es positivo que hayamos pasado de discutir en qué idioma hablamos a discutir cómo construimos las frases hablando en el mismo idioma. Llevar a cabo un proceso de cambio disminuyendo al máximo las pérdidas es bueno. Pero es verdad que aún existe una cierta tentación de hacer presión fuerte para retrasar la transición energética. Es un error porque genera efectos, costes y dificultades para todos. Acarrea consecuencias negativas para toda la sociedad en su conjunto, y también las acarrea para las propias empresas que ejercen presión para retrasar el cambio, porque no les va a ir mejor en un plazo relativamente corto. Sólo pueden alargar una cierta agonía. Además, pueden sufrir un problema de reputación. A nadie le gusta que sus clientes lo perciban como un obstaculizador o como un  generador de problemas. Estamos en una nueva fase.

    ¿Sí?

    Sí, se entiende que carece de sentido obsesionarse por ponerle puertas al campo en función de los intereses particulares de un ejecutivo de una empresa x… ¡porque ni siquiera hablamos de ejecutivos que piensan en su empresa! Se dice que los políticos sólo piensan en las elecciones cada cuatro años. Pero ya me dirá qué hacen los ejecutivos: pensar en los resultados del trimestre, según los que se mide su sueldo. ¡Peor aún! 

    “No es fácil decirle a alguien que su trabajo hace daño al planeta y que esto ya no vale”

    “Las empresas que presionan para retrasar el cambio sólo pueden alargar cierta agonía”

    ¿Cómo funcionan las presiones de las empresas energéticas?

    Yo creo que las presiones del sector energético están cada vez en peor posición. Es muy interesante lo que está ocurriendo en el sector financiero. Cuando inversores institucionales de largo plazo, como los fondos de pensiones, hacen públicos sus compromisos de desinversión en sectores y empresas que son intensivos en carbono, cuando empiezan a pedir explicaciones y responsabilidades, las cosas cambian. Cuando las empresas de seguros y reaseguros piden información acerca de cómo se han medido los riesgos de cambios regulatorios sobre algo que un gobierno se ha comprometido a hacer, la cosa se pone seria. Porque el coste al que uno le prestan el dinero empieza a ser diferente en función de cómo se calculan esos riesgos. Sin embargo, es importante acompañar a los actores tradicionales en su salida del actual modelo. El debate en términos de “siempre hay ganadores y perdedores” es peligroso. La empresa que crea que no tiene salida matará por retrasar su salida. Por eso importa tanto el cómo, diseñar una estrategia de salida de un modelo en el que hemos invertido tanto. Son equilibrios complejos. 

    La política energética española, ¿en qué medida es coherente con los objetivos del acuerdo de París?

    El panorama energético español tiene muchas cosas buenas, hasta cierto punto, por casualidad, y muchas cosas malas, por cortedad de miras. Lo que se echa en falta en la política energética española es un consenso y un discurso claros sobre la visión a medio plazo. Si esta es una transición energética inevitable, hay que hacerla. Sabemos de un pasado con errores. Pero que hayamos cometido errores no puede impedirnos ver que necesitamos un futuro distinto.

    ¿Se refiere a la retirada retroactiva de primas a las renovables o de los incentivos desordenados a la energía solar?

    Con independencia de cómo se hicieran las cosas, el tema de las primas se ha resuelto fatal. Ha generado una desconfianza enorme por parte de los inversores, una desconfianza en la voluntad real de los gobiernos de que la zona hasta entonces más segura del planeta, que era Europa, quisiera facilitar una transición energética. Piensan: “Si estos señores que tienen recursos e industria y han avalado en el BOE una política de cambio ahora varían de opinión y no hay una reacción del resto de la UE, a lo mejor es que no lo tienen tan claro o no saben cómo hacerlo”. Eso genera enorme incertidumbre. Creo que nos estamos recuperando de ella. Incluso con el precio del barril de petróleo por los suelos, las inversiones globales en nuevas infraestructuras energéticas basadas en energías renovables siguen subiendo en términos absolutos y relativos, mientras  siguen cayendo las dirigidas a soluciones fósiles. El inversor de medio y largo plazo podía saber que las soluciones energéticas de hoy no iban a funcionar mañana, pero no tenía claro hasta qué punto era demasiado arriesgado apostar por soluciones de mañana. Y ahí España desempeñó el poco honroso papel de incrementar la incertidumbre. En fin, el problema creo que ha sido superado.

    ¿El acuerdo de París puede invocarse o ser útil en un tribunal por parte de los inversores a los que les hayan quitado las primas retroactivamente en España?

    Son planos diferentes. Los problemas que se han producido en el terreno energético en España en los últimos diez o quince años no se resolverán con el acuerdo de París. La pregunta al Gobierno actual sería: más allá de las decisiones que haya tomado, ¿en algún momento usted ha pensado, concebido, imaginado, ayudado, o compartido cómo ve las cosas en el medio plazo? ¡No! Lo único que ha hecho es parchear cifras con arreglo a su conveniencia para ajustar de manera bastante aleatoria un reparto de costes dentro del sistema tarifario. Pone parches a conveniencia sin visión de conjunto sobre hacia dónde debe evolucionar la política energética. El resultado es errático.

    ¿Habla de las ayudas al carbón y al gas? 

    Subvencionamos carbón por determinadas razones. Subvencionamos gas a través de pagos por capacidad porque se produjo una sobreinversión y por si acaso alguna vez lo necesitamos. ¿Cuál es la decisión de fondo sobre qué sistema eléctrico quiere España a medio plazo? Nadie lo sabe. Pero por si acaso, nadie tiene interés en invertir nada. Y encima se obstruye el interés de muchos particulares en participar en el sistema de forma distinta mediante el autoconsumo. Quizá no entiendan qué es el déficit de tarifa o qué es el kilovatio/hora, pero sí tienen la convicción de que en el actual sistema se les está engañando. Hay mil posibilidades y no pensamos en ellas. Las empresas españolas podrían utilizar un sistema eléctrico más verde y eficiente para buscar otros nichos de mercado, pero no he detectado en ellas el menor interés en ello. Tampoco ayudan a ese cambio ni el sistema de tarifas, ni la innovación en baterías, ni el apoyo en infraestructuras en términos de enchufes, ni el sistema fiscal. Y nadie ha presionado a favor del cambio.

    TERESA RIBERA, EN BARCELONA La experta en medio ambiente pasó por Barcelona en un debate  sobre  la cumbre del clima de París organizado por el Consejo Asesor para Desarrollo Sostenible (CADS) de la Generalitat y el CIDOB. FOTO: ANDREA BOSCH

     

    RETO

    “No es fácil cambiar las bases de nuestra economía”

    El acuerdo de París tiene alto valor político. ¿No llega tarde y se queda corto?

    Probablemente habríamos debido empezar en los años ochenta, o al menos en los noventa, cuando empezamos a tener conciencia real de la base científica del cambio climático. Transformar las bases, no sólo de nuestro modelo energético, sino de todo el sistema económico, no es fácil. Las implicaciones ponen los pelos de punta.

    Ponga un ejemplo.

    Pues yo no sé dónde está colocada la hucha de las pensiones. Sí, seguramente en deuda pública... que quizá esté avalando... ¿inversiones en gas? Todo está interrelacionado. Hace falta un gran debate social. 

    Son muchas contradicciones. Si hay un boom de las compras por Internet y queremos tener el producto ya, el reto logístico no parece sostenible. 

    Es interesante la irrupción de las tecnologías en nuestra vida. Una primera lectura simplista es considerarlas buenas porque ayudan a una gestión más eficiente. Pero existe otro tipo de riesgos. Creo que la logística está tomándose en serio la búsqueda de eficiencia, que busca alternativas menos intensivas de carbono. Pero sí existe capacidad de mejora. O que una acumulación de actividad puede hacerla inviable. Por eso lamento planteamientos bienintencionados, y simplistas, como que todo se arregla con un impuesto al carbono. 

    ¿Es justo?

    El precio sería el mismo en El Salvador que en España. Podemos pensar que el coste se trasladará al consumidor y permitirá que la transición energética se autofinancie, pero  no está claro si el consumidor podrá absorber ese coste o si éste tendrá un impacto en precios que generen más pobreza energética.

     

    FISCALIDAD 'VERDE'

    “No hay debate sobre la riqueza procedente de la naturaleza”

    Los impuestos medioambientales suponen el 1,6% de los ingresos tributarios, a la cola de la UE. ¿Vamos hacia una subida inevitable? 

    Tenemos unos cuantos retos. Nuestro sistema fiscal se corresponde con el siglo XX, en el que la fuente fundamental de ingresos tributarios venía de las rentas salariales. En ellas se concentra la presión fiscal. Eso no es representativo de un sistema equitativo de reparto de cargas. Hay que repescar algún debate que ya se ha suscitado, como la fiscalidad a las rentas al capital. Hoy sabemos que en la concepción de riqueza no sólo cuenta el PIB, sino que integra los servicios públicos, o el capital natural. Pero el debate que no se ha abordado es el de la riqueza procedente de los beneficios naturales y el de los costes colectivos que supone su pérdida o su deterioro, que siempre acaban a cargo del presupuesto público o de los más vulnerables en las zonas más vulnerables. 

    Es decir, que sí.

    Hace falta un planteamiento de conjunto. Hay margen para algún parche aislado, pero debemos pensar también en el medio plazo sobre los combustibles fósiles, más aún en un momento en que se cuenta con la oportunidad de la caída del precio del petróleo, claro.

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