Un ‘brexit’ eterno

  • Por (Editorialista de Alternatives Économiques y ex presidente de la cooperativa)
    Junio 2019

    BREXIT. La comedia del brexit ha durado ya demasiado. Es cierto, pero si tenemos en cuenta la diversidad de fuerzas que han votado a favor del brexit, así como las que se han opuesto, se entiende que a nuestros amigos del otro lado del canal de la Mancha les cueste ponerse de acuerdo. En el bando de los brexiters, los que quieren transformar su país en un paraíso fiscal no tienen nada que ver con aquellos a los que se ha dado la esperanza de volver a un mundo que no conocía la precariedad. En el otro bando, los que no les gusta Europa pero consideran que es preferible quedarse que salir, sobre todo si sigue siendo únicamente un gran mercado, no tienen nada que ver con los millones de británicos que, en los últimos meses, han afirmado, en la calle o a través de internet, su apego a la idea europea, por encima de un miope cálculo de interés corto de vista. En resumen, sea cual sea el compromiso a que se llegue, no se cerrará un debate que refleja las divisiones no solo de la sociedad británica, sino de las sociedades europeas en su conjunto.

    En segundo lugar, no nos engañemos. No es el brexit lo que hoy bloquea el desarrollo de Europa. La crisis que padece la  Unión tiene causas mucho más profundas relacionadas directamentge con el rechazo de los Estados a comprometerse en un proyecto que trasciende a sus pequeños egoísmos nacionales, como ha ilustrado dramáticamente la gestión intergubernamental de la crisis del euro. En un momento en que, frente al cambio climático, frente a las viejas potencias o a las emergentes, la respuesta pasa por Europa, está todo por (re)construir.

    SOFTWARE.  Dos listas iban a la cabeza de las encuestas preelectorales en Francia: la del Rassemblement National (RN) y la del partido del presidente Emanuel Macron, La République en Marche! (LREM), una alternativa que no disgustaba a ninguno de los dos, pues cada uno tenía enfrente a su mejor enemigo. Marine Le Pen podía  denunciar el europeísmo liberal de Macron para intentar imponer su discurso de repliegue xenófobo, mientras que LREM y sus aliados podían presentarse como los defensores de una sociedad abierta frente a los nacional-populistas de Francia y de fuera de Francia, aunque el balance de su gestión en lo que a libertades públicas o acogida de migrantes es todo menos liberal. El lpasado 26 de mayo ganó lalista de Le Pen. Frente a este duopolio no había sino división. A la izquierda, Europe Écologie Les Verts (EELV) y la formación La France Insoumise estaban en la carrera, pero lejos de sus éxitos pasados. Y a las otras listas les costaba despegar. Paradójicamente, France Insoumise (FI), EELV, Generation.s y Place Publique, a la que se unieron sobre todo el PS, se acercaron. FI, el partido de Jean-Luc Mélenchon se resignó  a transformar la Unión Europea desde dentro y con su cabeza de lista, Manon Aubry, confirmó su compromiso ecológico. Tanto EELV como Generation.s y Place Publique consideraban los desafíos ecológicos y sociales prioritarios en su agenda.

    Sin embargo, nos equivocaríamos si redujéramos la desbandada de la izquierda a luchas de aparato y de egos. En las últimas décadas, la izquierda se ha apartado de las clases populares y de una amplia fracción de las clases medias, por su incapacidad de actualizar la promesa socialdemócrata cuando dejó de haber crecimiento. Tiene que inventar una nueva visión del progreso para transformar las amenazas a las que estamos enfrentados —empezando por el cambio climático— en otras tantas oportunidades para refundar radicalmente nuestro modelo y salir dignamente de la cuádruple crisis económica, social, democrática y ecológica que mina el conjunto de nuestras sociedades.

    MODELO. Es hora de que, en un momento de ralentización económica de la Repúbica Popular China, amenazas proteccionistas estadounidenses e incertidumbres ligadas al brexit, los dirigentes alemanes se interroguen sobre la perpetuidad de un modelo de crecimiento liderado por las exportaciones, en detrimento de la demanda interior, de la inversión pública y del desarrollo de servicios que garanticen una vida mejor a todos los ciudadanos. Sería una buena nueva para Europa, a no ser que sirviera para justificar una defensa estrecha de los intereses nacionales del país, a pesar de que lo que a Alemania le interesa, dada su capacidad económica, es adoptar una actitud cooperadora frente a sus socios y vecinos. 

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