8 marzo // A las 19 horas

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  • 8 Marzo, 2022
    Getty Images

    En unos días modero una mesa redonda de una entidad amiga. Es a las 19 horas. Y han sido a las 19 horas las reuniones preparativas. 

    A las 19 horas preparo la cena o ayudo con las tareas de mi hija. O voy a clases de cerámica o pilates. O me tiro en la cama panza arriba y me rasco la oreja. A las 19 horas es mi momento íntimo y personal, que contra viento y marea intento preservar del sistema. Aunque muchas veces es imposible.

    Evidentemente se fija a las 19 horas para que la gente asista a la charla cuando sale del trabajo. Cuando mi hija era pequeña solía llevármela a las charlas (normalmente muy progresistas), que se hacían a las 19 horas. Porque su padre (que algunas otras veces se la llevaba) también tenía charlas a las 19 horas. Y también la hemos llevado los fines de semana. Incluso he dado el pecho con público. Intentaba adaptar mi vida al sistema y no al revés, porque desde lo individual es muy difícil cambiar el sistema.

    Me contaba una amiga periodista que había un alto cargo de un sindicato al que no se le podía llamar a las 19 horas —horario de máximo trabajo en los periódicos de tirada diaria— porque estaba preparando la comida de su bebé. Y que si le llamabas a esa hora te cortaba el teléfono. Y decía mi amiga: "Nos parecía inconcebible, porque si eres alto cargo y te llaman de un periódico porque hay un problema gordo te pones al teléfono. A las 19 horas, y a las 20 y a las 22".

    Pienso en los horarios y en las prioridades en este mundo capitalista, rabiosamente competitivo, donde la productividad es el objetivo máximo y preferente. El problema —que se refleja incluso en el mundo feminista y progre— es que el trabajo es el centro. Es absolutamente el centro. Es intocable. Tenemos que producir ya, rápido, más. Seremos más sabrosos y sabrosas para los gusanos en la tumba si hemos producido más en esta vida. 

    Y es muy difícil salirse del círculo porque no vivimos en un mundo solitario. Es el sistema que nos rodea. Todo funciona con esa clave. Si no trabajo, si no soy suficientemente productiva, no pagaré las cuentas a fin de mes. No es una elección la mayor parte de las veces. Porque desde la política también se ha puesto ridículamente el trabajo en el centro. Haciendo caso a empresas ridículas. A líderes ridículos. Y no a la vida misma.

    Por supuesto, los cuidados, que además nadie considera productivos ni competitivos, no son prioritarios. Y las mujeres, que mayoritariamente nos hacemos cargo mentalmente y en la práctica de esos trabajos, que son muy cansadores, somos las más perjudicadas (ojo, ya sé que queda fatal decir que a las 19 horas me tiro panza arriba, en vez de decir: a las 19 horas sigo trabajando en casa con los niños). 

    Como periodista me cuesta encontrar mujeres que quieran escribir. Y hay muchas razones para esto. Una de ellas es el uso del tiempo. Cuando decimos que las mujeres tienen doble jornada laboral porque se encargan del trabajo fuera y vuelven a casa para trabajar en cuidados, volvemos a poner el trabajo en el centro. Ellas tienen doble jornada y no descansan. Y por eso no asumen más trabajos. Ni quieren asumir puestos de responsabilidad. El hombre del sindicato estaba haciendo un gran esfuerzo de rebelión contra el sistema. Muchas mujeres prefieren no llegar allí porque consideran que tendrían que atender el teléfono a las 19 horas, y a las 20 y a las 22. Y la maternidad es su línea roja.

    Es curioso porque este tema sale mucho a la luz en las charlas de empresas formadas íntegramente por mujeres. Se respeta mucho más la vida maternal —nos cuesta un poco más la personal, aunque también aparece— porque las mujeres estamos más acostumbradas a la necesidad de esa vida íntima que hemos tenido que asumir con los cuidados. 

    ¿Qué pasaría si todos y todas —sobre todo, todos— fueran como ese sindicalista que le daba de comer a su bebé? ¿Qué pasaría si en vez de darle de comer a su bebé usara y respetara ese tiempo para leer una novela de misterio o mirar una serie en la tele? ¿Por qué se asume que no se puede quitar horas y dar flexibilidad en el horario laboral pero sí se puede quitar horas del horario personal? ¿Por qué si un día tengo una actividad extra, como una charla o un trabajo voluntario, le voy a quitar horas a mi hija, a mis clases de cerámica o a mis clases de pilates en vez de quitarle horas al trabajo?

    Es una sociedad mal organizada, hipócrita, enferma, ciega, que tampoco considera productivas las manualidades ni el arte ni el deporte ni el descanso, cuando todos los estudios científicos muestran una y otra vez que tanto los hobbies como el arte, el deporte y el descanso ayudan a mejorar los trabajos. Y ayudan a generar sociedades más creativas, más innovadoras y, sobre todo, más felices.

    Parece un tema personal. Pero es la pelea diaria de millones de mujeres y hombres. Por supuesto que es personal. Pero lo personal es también político. Siempre. 

    Es la mentalidad —el modo de ver la vida— en donde tenemos que reflexionar más. ¿Qué es el tiempo y a qué se lo dedicamos? ¿Qué es, al fin y al cabo, esta vida que se irá sin que nos demos cuenta? No podemos cambiar el sistema, porque a la gente de a pie nos aplasta como la guerra. Pero sí podemos intentar cambiar la política. Y gobernar para que la vida, y no el trabajo, sea el centro. Ojalá ese mundo político abra los ojos. Para que el 8 de marzo sea el día de la mujer. Y todos los días sean 8 de marzo, donde hombres y mujeres pongan la vida en el centro.

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