Una forma de entender el vino

  • 1 Febrero, 2017

    El Priorat, una comarca catalana deprimida en los años ochenta, se ha convertido en menos de veinte años en una referencia vitivinícola mundial por la colaboración entre un grupo de emprendedores llegados de otros lugares y los viticultores del territorio.

    Fotograma de la película Priorat.

    Priorat, documental estrenado en el Most Festival International de Cinema del Vi i el Cava de 2016, en Vilafranca del Penedès, explica cómo esta comarca –que, debido a la filoxera que afectó a sus viñedos, pasó de tener 30.000 habitantes a 10.000– ha recuperado su actividad económica porque cinco emprendedores de distintas procedencias se establecieron en el territorio con la pretensión de elaborar unos vinos de una calidad igual o superior a los de la región francesa de Borgoña.

    Los viticultores Carlos Pastrana, del Celler Clos de l’Obac; René Barbier, de Clos Mogador; Josep Lluís Pérez, de Mas Martinet; la suiza Daphne Glorian, de Clos Erasmus, y el riojano Álvaro Palacios, de la bodega que lleva su mismo nombre, narran su actividad en el Priorat desde su llegada a la comarca. 

    Así conocemos la dificultad de sus principios en un lugar en el que nadie creía en su proyecto. Las familias de algunos de ellos se opusieron a su propósito porque no veían con buenos ojos la aventura que iban a correr en una zona árida, donde aunque se producía vino que se vendía a granel, era muy difícil plantar viña en una tierra básicamente de pizarra.

    Los cinco viticultores constituyeron una cooperativa muy particular: cada uno de ellos tenía su terreno, en el que cultivaban sus viñedos por separado, pero vinificaban juntos, aunque conservando cada uno su marca. Colaboraron con los viticultores locales, pero, como los recién llegados querían obtener un vino de calidad excepcional, en la vendimia descartaban una cantidad elevada de uva, lo cual era incomprensible para quienes llevaban toda su vida cultivando esa fruta y se oponían a perder una parte importante de ella.

    La primera cosecha fue en 1989 y el precio al que los viticultores vendían la botella era de 4.600 pesetas la unidad. Esta cantidad resultaba desorbitada para la época y afirman que en ocasiones fueron despedidos con cajas destempladas de alguna tienda. Conscientes de que el mercado nacional no admitía esos precios, buscaron la implantación en el internacional. La prensa especializada de los países a los que acudieron ensalzó su vino desde el primer momento, pero eso no disparó las ventas.

    Otras bodegas también plantaron viñas e intentaron producir vino de calidad, pero no pudieron vender unas botellas tan caras y desaparecieron. Pero en la actualidad hay 100 bodegas embotelladoras, mientras que a principios de los años ochenta del siglo XX había sólo dos. 

    A principios de la década de 1990, el vino de Priorat tuvo una buena acogida en Estados Unidos y la opinión favorable del crítico especializado más prestigioso en aquel país sirvió de lanzamiento. En una subasta en la sala Christie’s de Nueva York se pagaron 4.200 dólares por una botella de Álvaro Palacios, algo que al propio viticultor le pareció imposible en aquel momento.

    En la película aparecen las opiniones de distintas personas: Sara Pérez, hija del propietario de Mas Martinet; periodistas especializados; la presidenta del Institute of Masters of Wine; vinateros locales, propietarios de vinatecas, entre otros. Todo ello relatado de modo muy ágil, intercalando imágenes de épocas pasadas y mostrando los paisajes y las bodegas actuales.

    El film concluye con el reconocimiento de que a los campesinos de hace unas décadas más que el precio que ha conseguido el vino del Priorat, lo que les maravillaría sería que ese vino se exporte a países lejanos; eso, en palabras de una viticultora local, les habría parecido “fantástico”.

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