¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? // ¡Era su madre, estúpido!

  • 30 Agosto, 2016

    Adam Smith atribuía al interés egoísta del cervecero, el pana-dero o el carnicero el hecho de que su cena llegara puntual a la mesa cada noche. Así rodaba la actividad económica. El padre de la economía, soltero, obvió que su madre cocinaba siempre para él. En la economía enlatada del PIB, el amor y los cuidados no existen.

    ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la economía
    Katrine Marçal
    Debate, 2016
    219 páginas
    18,90 euros

    En el mundo, mandaban y ganaban dinero los hombres. De modo que, para cambiar las cosas, nos limitamos a añadir unas cuantas mujeres a la mezcla, agitamos la nueva aleación y nos dijimos que ya estaba todo resuelto. 

    Error. La revolución feminista está más que coja. El hecho de que la mitad de la población haya trasladado (en muchos casos, simplemente ampliado) su actividad del hogar al mercado es un terremoto cuyas consecuencias, en cierto modo, seguimos ignorando. Como si la sociedad no hubiera comprendido nada, al continuar, como continúa, hechizada por el concepto de “hombre económico”: el ser racional, insensible, asexuado y que se mueve exclusivamente por su interés personal. El que se emperra en exterminar aspectos de la realidad como la vulnerabilidad, la dependencia o la inseguridad. 

    La periodista Katrine Marçal nos da con la coctelera en la cabeza en su libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, un libro lleno de reflexiones agudas, de ironía, de humor y de crítica feroz del sistema socioeconómico en el que vivimos. Marçal, quien desea vivir en una economía de mercado pero no en una “sociedad de mercado”, construye su denuncia desde el feminismo. Al ir leyendo su libro, uno se va preguntando si realmente puede existir algún otro ángulo más esclarecedor y efectivo. O tal vez sea debido al talento de la autora, que disfraza de ensayo facilón una reflexión profunda sobre la necesidad de dibujar una concepción distinta, más integradora, de lo humano.

    No, no es un ensayo facilón. Pero Marçal es hábil a la hora de hilvanar historias, anécdotas, afirmaciones, imágenes, cuentos, teorías y debacles como la quiebra de Lehman Brothers, con un estilo ágil, marcado por la frescura y el ingenio. Nos puede llevar con Robinson Crusoe a una isla desierta o al absurdo de una estación de esquí (la tercera mayor estación de esquí cubierta del mundo) en Dubai, en el golfo Pérsico, a 40 grados centígrados en verano. 

    IRONÍA Y HUMOR PARA UNA DURA REALIDAD El libro es una crítica del sistema económico capitalista desde el feminismo. Al irlo leyendo, uno se pregunta si puede existir un ángulo más esclarecedor y efectivo. 

    Nos puede hablar de Paul Krugman o de Virgina Woolf. Nos puede rescatar a Mahatma Gandhi o a David Bowie. A Marx o a Newton. Al matemático John von Neumann o al filósofo Michel Foucault. Por supuesto, nos recuerda las expectativas de Keynes. Y, más aún, las ideas de Adam Smith, de cuya madre, Margaret Douglas, dependió toda la vida —como ella de él—. Douglas cuidó siempre de su hijo para que él, que nunca se casó, pudiera sentarse a escribir La riqueza de las naciones, para que pudiera explicarnos cómo funcionaba una economía donde todo el trabajo de aquella mujer que había enviudado tan joven no tenía aparente cabida. La cuestión sobre quién le hacía la cena cada noche es un pequeño detalle cuya trascendencia se ha convertido en “equivocación garrafal” a medida que la ciencia económica ha ido tomando relevancia con el paso del tiempo.

    La lógica del mercado

    Pero el libro no nos habla sólo del corazón invisible que coexiste con la mano invisible. Nos confronta con problemas serios como los límites del producto interior bruto (PIB) y lo que consideramos crecimiento, la desigualdad de oportunidades, la brecha salarial, la precariedad en los contratos y condiciones de trabajo, el modo en que la lógica del mercado dirige nuestras vidas, incluso en ámbitos donde carece de sentido, como el arte o el sabor de un plato; la manera en la que el dinero que uno trae a casa comparado con el dinero que trae a casa el otro influye en las relaciones de poder en el hogar, pues puede suponer menos voz y voto; donde triunfan libros como Freakonomics, que sostienen que toda nuestra existencia se configura según los principios del mercado. La mujer puede definirse incluso por oposición a él, al hombre económico.

    Quienes salen peor parados de esta subtitulada “historia de las mujeres y la economía” son los economistas, que nos cuentan cómo, en teoría, funciona el mundo: lo que es natural, el sistema donde el mercado es parte de la naturaleza humana, eso de que bajo cualquier circunstancia buscamos el beneficio propio. Marçal confronta la economía —definida por Woody Allen como la ciencia que explica por qué el dinero es algo bueno— con la ética, que por su parte nos explica cómo debería funcionar, como si fueran esferas irreconciliables. Curiosamente, la ortodoxia económica señala la recta vía por el camino que favorece a los ricos y a los poderosos. Como si el amor, la sed de justicia o la empatía no movieran al ser humano. Como si ninguna madre o ningún padre prepararan la cena a sus hijos.

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