Covid-19, una oportunidad para reestructurar el comercio internacional agroalimentario

  • Por (Investigador del Instituto de Economía, Geografía y Demografía (IEGD-CSIC))
    3 Junio, 2020
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    Zulio

    La crisis del coronavirus no ha frenado el comercio internacional agroalimentario, pero ha alterado los flujos mundiales y las cadenas de suministro de muchos productos e ingredientes alimentarios básicos. La pandemia surgida casi simultáneamente en la mayoría de los países del mundo amenaza, si no llega a controlarse en un corto tiempo, con causar una gran conmoción en los mercados agrarios internacionales y desencadenar una nueva crisis alimentaria. 

    La pandemia ha puesto en evidencia los riesgos de la globalización no solo en el ámbito sanitario, sino también en el alimentario y otros muchos campos. Ha puesto igualmente al descubierto la fragilidad del sistema global de intercambios, que ya venía debilitándose desde hace más de una década por las políticas proteccionistas y la irrupción de los acuerdos regionales y bilaterales en detrimento del enfoque multilateral. 

    La gran incertidumbre generada por los efectos de la rápida propagación de la epidemia plantea grandes desafíos para los aprovisionamientos y la seguridad alimentaria en muchos países. Si la enfermedad continúa escalando y no se encuentra un remedio al virus de aquí a unos meses, el impacto en el comercio y la producción internacional de alimentos puede empeorar seriamente. 

    Aunque todavía no está claro si esto conducirá a cambios estructurales o solo a adaptaciones marginales a una nueva normalidad, la crisis actual constituye una buena oportunidad para reflexionar sobre los niveles deseables de globalización y sobre las necesarias transformaciones en el comercio transnacional de alimentos con vistas a hacerlo más sostenible y resiliente. 

    Consecuencias para los más vulnerables 

    El confinamiento impuesto a una gran parte del planeta sugiere un empeoramiento de los indicadores de seguridad alimentaria a pesar de las excelentes cosechas agrícolas de este año. Como en otras ocasiones, los países más vulnerables con menor capacidad de resistir a los shocks macroeconómicos serán previsiblemente los más afectados. Muchos países pobres han visto devaluar sus monedas y ya pagan más para importar alimentos. 

    Según las proyecciones de la FAO se espera que tras la pandemia el mundo podría sumar en 2020 entre 14 y 80 millones adicionales de personas desnutridas, la gran mayoría  de ciudadanos de los países de bajos ingresos, que son los más expuestos a los rigores de la recesión económica global y más dependientes del mercado internacional de alimentos. En total, el número de pobres con inseguridad alimentaria aguda en el mundo podría situarse al final de este año, según Naciones Unidas, en 265 millones de personas. 

    Los países desarrollados tampoco son inmunes, por la falta de recursos económicos de los grupos más frágiles de la sociedad. En varias ciudades de Europa y EE UU, las colas en los bancos de alimentos se extienden por cientos de metros. En estas circunstancias, incluso pequeñas acciones en los mercados, de por sí nerviosos, podrían, si aumentan los precios, provocar un gran sufrimiento. 

    La información disponible revela que la situación actual no es, por el momento, una crisis en la producción alimentaria, pero sí una crisis en el acceso a los alimentos, ya sea material porque los mercados están cerrados al comercio, o monetario porque las personas no tienen el dinero necesario. Esto no significa que no haya riesgos por el lado de la oferta, aunque por ahora no hay grandes penurias (los stocks alimentarios mundiales están en niveles excelentes) ni fuertes subidas de precios. 

    Las restricciones a los movimientos transfronterizos de bienes y servicios, impuestas por los gobiernos en respuesta a la pandemia de la covid-19, han aumentado los costes de transacción y las distorsiones en las cadenas de producción y suministro de alimentos a nivel mundial: restricciones de las migraciones de mano de obra agrícola estacional, restricciones del crédito, dificultad de vender los excedentes de producción en unos lugares y de adquirirlos en otros, etcétera. Estas barreras son practicables por los países más ricos y autosuficientes, pero no son factibles en los países pobres y dependientes cada vez más de los mercados internacionales para su alimentación, y pueden añadir riesgos alimentarios a los sanitarios. 

    Mientras no haya cambios en los modelos actuales de acceso a los mercados, es importante que las restricciones no afecten negativamente al comercio de productos agroalimentarios, con el fin de evitar su impacto adverso en la seguridad alimentaria, la nutrición y la salud de las poblaciones vulnerables. Es necesario que las medidas de estímulo económico instrumentadas para paliar los efectos de la epidemia se centren en garantizar el buen funcionamiento de las cadenas de suministro alimentario, protegiendo al mismo tiempo el mayor acceso a los alimentos producidos tanto a nivel local y regional como nacional y global. El comunicado conjunto de la FAO, la OMS y la OMC del 30 de marzo incluye recomendaciones pertinentes en esta dirección.

    Las políticas proteccionistas, motivadas por el temor a la escasez o incluso por la consecución de beneficios meramente especulativos, pueden ser particularmente perjudiciales desde una perspectiva global. El problema no es nuevo, los datos muestran insistentemente que las consecuencias disruptivas de los flujos comerciales golpean especialmente a las personas más pobres, que gastan la mayor parte de sus ingresos en alimentarse. Lo que a su vez exacerba la amenaza a la salud pública de la pandemia. 

    Debido a que la mayoría de los países se han vuelto más dependientes de las importaciones en los últimos 20 años, es fundamental que la interrupción causada por el coronavirus no desencadene una ruptura de los flujos alimentarios. Un aspecto inquietante consiste en las restricciones a la exportación implementadas por países como Ucrania, Kazajistán y Rusia para el trigo o Vietnam para el arroz. Por ahora, son una decena de países y las restricciones son relativamente modestas, pues afecta solo al 5% de las calorías intercambiadas en el mundo. 

     

     

    Sin embargo, si la crisis se prolonga en el tiempo, se corre el riesgo de volver a caer en los acontecimientos de 2007-08, cuando se produjeron los llamados disturbios del hambre en 33 países, con reacciones de pánico en los mercados, un importante aumento de las restricciones a la exportación por 19 naciones, una fuerte acumulación de aprovisionamientos y especulación en los precios. Entonces, 75 millones de personas fueron empujadas al hambre. Por ahora no estamos ante un aumento masivo en los precios internacionales, dados los elevados niveles de existencias y los bajos precios energéticos (petróleo) y costes de transporte, pero no es un escenario a excluir si los países pierden la calma. 

    Nueva cohabitación local-global 

    El virus ha sacudido la confianza en la fiabilidad de las cadenas de suministro globales, y ha sido para muchas naciones un severo recordatorio de su dependencia exterior. En consecuencia, está aumentando el interés en las cadenas de suministro más cortas y en la seguridad alimentaria nacional. Muchos países intentarán producir productos más diversos para satisfacer sus necesidades de consumo interno, como estrategia de defensa nacional. Asimismo, intentarán acercar y diversificar las fuentes de aprovisionamientos para aquellos bienes alimentarios que no pueden producirlos internamente. Por ello, es probable que en la era post-covid las cadenas de suministro locales podrían reemplazar parcialmente a las globales, primando la proximidad sobre la lejanía. 

    Existen pruebas sólidas de que algunas cadenas de suministro (por ejemplo, las de productos frescos) que utilizan proveedores locales, son menos vulnerables a los fallos sistémicos en un nodo importante dentro de una cadena más larga (cierres de fronteras, escasez de mano de obra por confinamiento sanitario). Por otra parte, diferentes investigaciones han mostrado que el interés en los alimentos locales es una tendencia bien asentada en muchos países por parte de los consumidores, que los relacionan con una serie de beneficios económicos, sociales, ambientales y para la salud. 

    Obviamente, lo anterior no significa que la globalización vaya a desaparecer; nada más lejos de la realidad. Una paradoja de esta pandemia es que cada país necesita cooperar con otros para encontrar un remedio a la enfermedad y alimentarse, mientras al mismo tiempo se retrae como medida de protección. Como el virus no reconoce fronteras, buscar soluciones a los impactos de la pandemia a través del aislamiento nacional es una ilusión peligrosa. Todos los países dependen de alguna manera de la globalización para sobrevivir. Muy pocos pueden ser autosuficientes y aún así sus ciudadanos seguirán queriendo consumir los alimentos que se traen con el comercio internacional. 

    Aun siendo cierto que la diversificación y el desarrollo de los circuitos locales constituyen en muchos casos un factor de resiliencia frente a la especialización y la uniformización, ello tiene implicaciones importantes en términos de eficiencia del sistema de suministro y de los costes de los alimentos para los consumidores, ya que los países pueden perder su ventaja comparativa en la producción y en el comercio internacional de alimentos. Existe evidencia anecdótica de que las cadenas de suministro de alimentos de menor escala territorial son en ocasiones menos rentables, económicamente, que el sistema alimentario dimensionado globalmente, que ofrece un clara ventaja competitiva en precio y conveniencia, poderosos impulsores del comportamiento de compra de alimentos de los consumidores. 

    Por otro lado, cabe advertir que ante los anuncios de desglobalización y la vuelta a las economías locales en la era post-covid, otras tendencias predicen, por el contrario, un aumento del grado de globalización en varios segmentos de la economía mundial. El comportamiento bursátil y las tasas de crecimiento de los gigantes de Internet GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), favorecidos por el teletrabajo y el auge del comercio electrónico durante la pandemia, augura un mundo del mañana más globalizado, más tecnológico y más virtual.

    Los gigantes de la agroindustria y de la alimentación mundial (Bunge, Cargill, General Mills, Danone, PepsiCo, Kraft, Nestlé, Unilever) también demuestran una gran capacidad de resiliencia, entre otras cosas porque son ellos quienes controlan la conectividad del sistema alimentario a nivel mundial (compras, transporte, almacenamiento, producción, coordinación, financiación). Su gran tamaño y alcance global les genera grandes beneficios sobre márgenes muy pequeños, mediante las ventajas de escala y la absorción de costes fijos. Frente a aquellas empresas pequeñas y locales endeudadas y debilitadas por la pandemia, estos conglomerados globales dotados de enormes capacidades financieras se encuentran en posición de consolidar aún más su poder de mercado, lo que tendría efectos negativos sobre los niveles de competencia. 

    La pandemia ha revelado que la alimentación, al igual que la salud, el clima o la biodiversidad, no son sólo locales, regionales o nacionales, sino también globales.  Al final, no se trata de que debamos elegir entre un mundo más local o más global, o entre resiliencia y eficiencia. La clave podría estar en un cambio de paradigma orientado hacia la búsqueda de la difícil pero necesaria complementariedad entre ambos. Hasta ahora el mundo no ha tenido éxito en encontrar este equilibrio y arbitrar sus dilemas. Lo que de ningún modo es una excusa para dejar de intentarlo.

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