Entre el coronavirus y la emergencia climática

  • 7 Abril, 2020
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    Natalia Moreno

    Lo urgente y lo importante no siempre se llevan bien. Si se declara un incendio en casa, uno no se pone a pensar en alimentarse de forma equilibrada y practicar ejercicio. Pero en este tiempo de doble crisis sanitaria y socioeconómica sin precedentes cabe recordar que, a menudo, lo urgente es aquello importante a lo que no se hizo caso en su momento. La reflexión no viene a cuento, o no solo, porque no aprendimos la lección de otros países en la crisis del coronavirus, sino por el marco en el que vivimos, el planeta. 

    “El Covid19 es la amenaza más urgente a la que se enfrenta la humanidad, pero no podemos olvidar que el cambio climático es la mayor amenaza a la que se enfrenta la humanidad a largo plazo”. Estas palabras de la secretaria general de la Convención Marco de la ONU para el Cambio Climático, Patricia Espinosa,  suenan tan aparentemente extemporáneas (¡la casa se está quemando!) como oportunas y necesarias.

    Incluso si la letalidad de la pandemia de covid-19 acabara matando a millones de personas, la carrera que lleva el calentamiento global, de no revertirse, amenaza con la propia extinción de la especie. Y ya hoy está en el origen de migraciones, hambre y conflictos, especialmente en los países más vulnerables. Pero solo el peligro inmediato moviliza; en este caso, moviliza para paralizar.  

    Desde esta perspectiva, resulta interesante analizar los mensajes agridulces de los colectivos que acumulan muchos años de batalla contra la emergencia climática. De pronto, nos encontramos con aviones vacíos y en tierra, con un descenso brusco de la contaminación del aire, con un retroceso de la huella de carbono global. Solo en febrero, las emisiones de CO2 en China cayeron un 25%. Hemos visto los delfines acercándose a las costas de Cerdeña. ¿Pero quién puede alegrarse de ello cuando tantas vidas se han perdido y muchas más están en peligro?

     

    Intencionalidad es la clave

    Laurel Hanscom, consejero delegado de Global Footprint –una red internacional que mide el impacto ambiental generado por la demanda humana de recursos en los ecosistemas del planeta en relación a la capacidad  de la Tierra para regenerar dichos recursos— ha confesado públicamente: “Esto no es lo que teníamos en mente”. La diferencia reside, claro está, en “la intencionalidad”. La cuestión es que todo el mundo prospere, dentro de los recursos y límites del planeta. Y hoy vemos únicamente la cara de una contracción global de la actividad.

    Todos los cataclismos económicos frenan temporalmente el calentamiento, como se vio en la crisis de 2008. Después, las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) vuelven a subir y presionan al alza la temperatura del planeta. Según Naciones Unidas, las emisiones han aumentado de media un 1,5% anual en la pasada década. Aun así, contra lo augurado, la contención en las economías más desarrolladas las mantuvo estables en 2019. De acuerdo al comunicado emitido el pasado febrero por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), se sostuvieron en torno a las 33 gigatoneladas pese a que la economía global avanzó a un ritmo del 2,9%, tras dos años de incremento global.

     

    Recesión global y compromiso ambiental

    La incógnita es qué sucederá ahora. Porque a las puertas de una recesión global de la que han alertado instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), son necesarios nuevos compromisos medioambientales más ambiciosos que los presentados hasta ahora para poder cumplir con el Acuerdo de París de 2015, que evitaría el desastre. En este acuerdo, 195 países se comprometieron a hacer lo necesario para que el aumento de la temperatura global media quede muy por debajo de los 2 grados centígrados sobre los niveles de 1850, y a limitar en todo caso el aumento a 1,5 grados (medio grado se traduce en enormes impactos, según el panel internacional de científicos de la ONU). 

    Hace solo cuatro meses de la Conferencia del Clima celebrada Madrid, donde, pese a resultar decepcionante en sus avances, se acordó que en 2020 —es decir, ahora—, los distintos países debían presentar compromisos de reducción de emisiones más ambiciosos para responder al reto. Se manifestó “la urgente necesidad” de que esos compromisos acabaran con la brecha entre los presentados hasta el momento y los que permitirían cumplir con París. 

    Las emisiones globales tendrían que disminuir cada año un 7,6% entre 2020 y 2030 (un -55% en total) para poder alcanzar el objetivo de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados, según el Informe sobre disparidad de emisiones de 2019 de la ONU. Con los planes actuales, este siglo la temperatura alcanzará un aumento de 3,2 grados. Deberían multiplicarse los esfuerzos por cinco.

     

    Caída de emisiones en España

    El Observatorio de la Sostenibilidad ha avanzado que las emisiones de CO2 en España descendieron el año pasado un 5,8% (es el segundo año en que sucede). Pero en relación a las del año 1990, el de referencia, se han incrementado un 8,8%. La evolución sí es positiva en relación a otro de los años clave que se toma como base, 2005, pues han reculado un 29%. 

    Ese mismo observatorio espera “una caída espectacular en 2020” debido a la paralización económica del coronavirus. La epidemia de Covid-19 se nota en el ambiente. Según Ecologistas en Acción, el nivel de contaminación por NO2 que emiten los tubos de escape y las calderas ha caído un 55% respecto de los niveles habituales en 24 ciudades españolas durante las primeras semanas de confinamiento. Pero la organización subraya la persistencia de la emergencia climática y los altos costes de no tomar medidas a tiempo.

     

    La COP26 de Glasgow se pospone 

    De momento, la conferencia de Naciones Unidas para el clima que iba a celebrarse en Glasgow en noviembre (COP26) se ha caído de la agenda. Para entonces, es altamente probable que nos encontremos en un escenario muy diferente, pero un buen tanteo del terreno se ha hecho imposible, según los organizadores, debido tanto a la necesidad de evitar riesgos de propagación de la pandemia como a la de dar tiempo a más preparativos. 

    A final de enero, el Gobierno declaró que España se encuentra en emergencia climática, siguiendo la estela de otros países como Francia o Canadá, y como  había hecho el Parlamento Europeo con la UE en noviembre. Entonces, el Ejecutivo se comprometió también a presentar al Congreso una ley de cambio climático en un plazo de cien días. En juego está el modelo de producción y consumo, así como el modelo agrario, el sistema energético o el de movilidad. Y la fiscalidad. El reto es transitar por este proceso con justicia social, sin que paguen la transición quienes menos recursos tienen. 

    Según el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), con el que el Ejecutivo persigue preparar el camino hacia la neutralidad climática en 2050, la transición ecológica costará más de 241.000 millones de euros entre 2021 y 2030 (ahorro y eficiencia energética, energías renovables, electrificación, entre otros) y en un 80% el Gobierno prevé que se haga cargo de ello el sector privado.  Según el nuevo PNIEC, que se acaba de remitir a Bruselas, este proceso puede crear entre 250.000 y 348.000 empleos netos al año, especialmente en el sector servicios.

     

    Planes de reconstrucción 

    Con la crisis sobrevenida por la pandemia de covid-19, la necesidad de recursos se vuelve desorbitante. Y la respuesta con que sea afrontada condicionará a su vez la mayor de las amenazas, la climática. Habrá que mirar con lupa los planes de reconstrucción económica y social. Porque la tentación de levantar como sea una economía rota será grande. Sucedió en la última crisis, que no fue aprovechada para realizar el eternamente cacareado cambio de modelo productivo. 

    En su discurso del pasado 4 de abril, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, constató que nos tendremos que endeudar, lo que significará detraer recursos a las nuevas generaciones. Afirmó también que estas “lo entenderán si fortalecemos lo público, si luchamos contra el cambio climático”. Es un atisbo positivo. 

    No sabemos quién se hubiera quedado en casa ante un estado de alarma por la emergencia climática. Ni cuántos perjuicios podría soportar el tejido económico en nombre de la supervivencia del planeta. Nadie ha pronunciado ningún “whatever it takes” o prometido hacer todo lo que sea necesario. Aunque sea la mayor amenaza que se cierne sobre la humanidad.

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