Un futuro al que valga la pena volver

  • 11 Mayo, 2020

    En unas semanas el reloj de la innovación tecnológica ha avanzado años. Las muestras de plasticidad organizativa y ciudadana son innumerables. En Ideas for Change hemos documentado más de 150 iniciativas surgidas en las cuatro primeras semanas en este informe.

    Se ha producido un salto en la adopción tecnológica por parte de empresas y ciudadanos. El teletrabajo y la impresión 3D, pero también la aceptación de los robots en los casos en los que los humanos están en riesgo. Se ha demostrado la velocidad a la que los activos productivos y las personas pueden desarrollar nuevas funciones y capacidades. La conversión del motor de parabrisas y una cadena de producción de automóviles en respiradores es un buen ejemplo de lo primero. Una aerolí­nea fue capaz de recualificar a su personal de vuelo en personal sanitario en solo dos dí­as de formación. 

    Hemos observado también cómo los sistemas se reorganizan a toda velocidad en torno al conocimiento compartido y las misiones crí­ticas. Nunca se habí­a compartido tanto conocimiento cientí­fico en tiempo real. Los ciudadanos de Taiwán se organizaron para informarse mutuamente de la disponibilidad de mascarillas, evitando así­ los abusos del mercado negro. Centros de innovación tecnológica o clubes de fútbol de barrio fueron capaces de articular la colaboración público-privada ciudadana para resolver déficits de productos o atender primeras necesidades.

    En las últimas semanas hemos tenido la oportunidad de compartir y debatir nuestras observaciones con centenares de empresas y ciudadanos. La conclusión es unánime: hay alternativas —al menos parciales— al mundo que conocí­amos.

    A nivel personal aquello que parecí­a esencial —la velocidad, el consumo, la proyección social— aparece como innecesario. Aquello que dábamos por supuesto —la salud, la familia, la amistad— deviene esencial. Han cambiado las prioridades personales y sociales. 

    En el ámbito empresarial la emergencia obligada de la economí­a en red ha cambiado también la percepción de la velocidad a la que los cambios pueden producirse. Los cambios en la estructura son mucho más rápidos que los cambios en la cultura. Ha cambiado también el coste y la función de utilidad de los factores de producción. Oficinas, viajes y equipamiento tecnológico son ahora recursos (casi)perfectamente intercambiables.

    Habí­a una reserva de productividad en nuestra economí­a. Habí­a también una reserva de felicidad en nuestros hogares. El marco de lo posible se ha ampliado. Ahora la urgencia social y económica nos apremia. La tentación es olvidar lo aprendido en el periodo de alarma y reconstruir lo que tení­amos. El riesgo, como recordaba recientemente Marina Garcés, es olvidar también dónde estábamos antes de que el virus nos obligase a quedarnos en casa. 

    Acabábamos de declarar la emergencia climática, los jóvenes llenaban las calles pidiendo un futuro viable. Poco antes, las clases medias caí­an en la ruina del rescate financiero y ocupaban las plazas exigiendo que la democracia también fuera económica. A principios de siglo se nos impuso la sociedad del control en respuesta a un ataque imprevisible. Desde los años ochenta las finanzas dominan sobre la economí­a productiva. El contrato social estaba roto, la simbiosis con el planeta quebrada.

    De repente el grifo de la deuda se ha abierto de nuevo. Introducir liquidez en un sistema es también transformarlo en maleable. La liquidez inyecta movimiento, pero también puede guiar la dirección. Es el momento de actualizar las demandas aparcadas en los últimos decenios, cuando parecí­a que no habí­a alternativa, salvarnos a todos y recombinar las piezas para una economí­a a favor de la vida. Poner la —sana— ambición por encima del miedo y del shock.

    Es el momento de ampliar la definición de valor, y contabilizar aquello que hasta ahora se escapaba, la economí­a de los cuidados, la calidad del aire, el ahorro energético. Es el momento de proveer a todos los ciudadanos de los servicios que permitan maximizar sus capacidad de contribución social y económica (salud, educación, ingreso) y de integrarlos en la medida de sus posibilidades en el ciclo de producción de valor.

    Es el momento de recombinar la garantí­a institucional, la iniciativa empresarial y las capacidades ciudadanas para plantar las semillas de los sistemas crí­ticos para el desarrollo económico y social. Necesitamos disponer de fuentes de energí­a baratas, sostenibles y renovables; de una movilidad activa sobre el esqueleto del transporte público; de una manufactura limpia y flexible que proporcione una cierta autonomí­a en sectores crí­ticos; una agricultura más integrada y cercana a los ciudadanos; una sistema de investigación con capacidad de contribuir a la solución de los problemas sociales.

    Un cambio radical no es necesariamente un cambio súbito. Es un cambio suficiente en dirección y alcance, sostenido en el tiempo.

    Cuando todo se conecta los datos son la materia prima, y su centralización una fuente de control. El debate sobre las aplicaciones de desconfinamiento ha abierto hoy el debate social sobre la propiedad y el uso de los datos. No tanto sobre aquellos de carácter sanitario a los que los estados tienen derecho de acceso a causa del estado de alarma, sino de aquellos otros que los ciudadanos pueden aportar para complementar e interpretar éstos, o para facilitar la gestión posterior.

    Hace ya tiempo, sin embargo, que conocemos los peligros de la centralización institucional en ciertos paí­ses que privan de derechos a sus ciudadanos. También son numerosos los ejemplos en los que la centralización corporativa de los datos ha permitido no sólo la influencia en las decisiones de compra sino también en las decisiones polí­ticas.

    La eficacia de este impulso regenerativo depende en buena parte de su capacidad de anticipar la próxima ola tecnológica, sensorización ubicua y sistemas de decisión artificial, y ponerlas al servicio de los ciudadanos. El derecho a la propiedad y gestión de los datos debe instrumentarse a partir de sistemas de repositorios personales, tales como los propuestos por Tim Berners Lee, desde los que cada ciudadano disponga de la capacidad efectiva de compartirlos en los términos que fije en su propio beneficio o para contribuir al bien común.

    El debate relevante no está entre la libertad y la salud. Emergen ya nuevas instituciones sociales como Saluscoop —cooperativa ciudadana de datos para la investigación en salud— que permiten a la vez la gestión personal de los datos y su donación condicionada para su uso para el bien común.

    Lo que corresponde a nuestra capacidad de cooperación a escala en tiempo real expandida es una narrativa regeneradora. Si vamos a endeudarnos, invirtamos en un futuro al que valga la pena volver.

     

    *Javi Creus es fundador de Ideas for Change

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