Volveremos a ver ‘Qué bello es vivir’

  • 9 Abril, 2020

    El FMI nos retrotrae a la Gran Depresión, augura un empeoramiento del nivel de vida en 170 países y plantea una recuperación “parcial” en 2021 en función de la lucha contra la pandemia. La salida en V parece más difícil.

    Desde la lejanía en el tiempo, muchos crecimos con una imagen entrañable y edulcorada del crac de 1929 que dio lugar a la Gran Depresión, encarnada en la historia del bueno de George Bailey en Qué Bello es Vivir. Con la crisis financiera iniciada en 2007, que nos estalló en la cara un año después y que nos mostró la peor cara de la banca, tomó cuerpo el fantasma del viejo Henry Potter en la película de Frank Capra, puntualmente servida en televisión coincidiendo con el pavo navideño. De pronto se hicieron tangibles las amenazas de ejecuciones hipotecarias, por no hablar de las de corralitos, cuando el terremoto financiero derivó en una crisis de deuda soberana en Europa. Ya no vivíamos imágenes de ficción en blanco y negro, sino una realidad dura, próxima, tangible, que, transcurrida una década, en España no ha terminado para las capas más desfavorecidas de la población, aunque en el universo de la macroeconomía la crisis quedó atrás hace ya seis años. Ahora, Kristalina Georgieva, jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI), nos conmina a puentear esta gran última crisis financiera para retrotraernos a los tiempos de Bailey y Potter. “Vienen las peores consecuencias desde la Gran Depresión”, ha avisado. 

    Georgieva ya había manifestado hace unos días que estamos ante “una crisis como ninguna de las vividas”. Pero, en medio de una enorme incertidumbre (la niebla que envuelve la pandemia aplicada a la economía), la directora del FMI ha dejado caer un dato muy ilustrativo: en 170 países del mundo van a reducirse los ingresos per cápita. Y en la organización hay 189. Eso significa un empeoramiento generalizado del nivel de vida, en una foto que da idea de la recesión que viene. Una recesión significa que la riqueza que se genera (la producción) decrece, se contrae, por lo menos dos trimestres seguidos. En España, ya pasamos dos veces por ello por primera vez en tres lustros: desde finales de 2008 hasta mediados de 2010, primero, y desde mediados de 2011 a 2013), después. 

    De la sacudida no se librarán ricos ni pobres, pero los países más vulnerables suelen llevarse la peor parte. Solo en dos meses, las economías emergentes han asistido a la huida de capitales por importe de 92.000 millones de euros, según cálculos del Fondo.

    Georgieva, para quien 2020 será “sin duda excepcionalmente duro”, ha avanzado un dato más: la recuperación no llegará hasta 2021, y será parcial (siempre que la pandemia se agote en la segunda mitad del año, puesto que si hubiera segunda oleada de epidemia no hay que descartar escenarios “peores”). Declaraciones de este tipo son solo el aperitivo de la actualización de datos que prepara el FMI para el próximo martes, con previsiones para este año y el próximo.  

    Ante estas manifestaciones, y a la espera angustiosa de mejores noticias desde Bruselas sobre una salida europea común vigorosa y solidaria, la anhelada salida de la crisis en V (un hundimiento de la producción y una recuperación vigorosa), en el que confiaba la vicepresidenta económica, Nadia Calviño, parece desdibujarse. Uno de los principales bancos de inversión, Goldman Sachs, mantiene que habrá efecto rebote, pero a finales de marzo, en una semana, cambió su previsión. Pasó de contemplar una caída del PIB español del -1,3% en 2020 a otra del -9,7%, mientras que revisó las perspectivas de recuperación de cara a 2021 del 4,3% al 8,5%.

    El mundo se conjura ahora para que la recesión global, que los principales organismos internacionales dan por hecha, no caiga en una depresión. Simplificando, una depresión es una recesión mucho más larga (puede durar tres años o más) y mucho más intensa (puede darse una caída del Producto Interior Bruto del 10% o más), con las consiguientes consecuencias devastadoras. 

    Lo cierto es que estos días cada cifra cae como un mazazo. Dos de las últimas: sabemos ya que, en las últimas dos semanas, suman 17 millones las personas que han perdido su empleo en la primera economía del mundo, Estados Unidos, y la economía francesa ha registrado en el primer trimestre el mayor retroceso desde la Segunda Guerra Mundial. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), por cada mes de confinamiento se pierden dos puntos porcentuales de crecimiento del PIB (en el mundo).

    “Prueba de humanidad” y despidos

    La cuestión es qué respuesta se da a la crisis. Hasta este jueves, se han anunciado medidas fiscales en el mundo por valor de 8 billones de dólares (7,36 millones de euros). En este sentido, además de hablar de respuesta “conjunta” y “masiva”, Georgieva habló de “prueba de humanidad”. Confiemos en que muestre ahora un poco más que la que demostró la institución en la crisis anterior como parte de la troika que sumió en la austeridad a los países rescatados total o parcialmente de la UE (en particular, Grecia). 

    En España, la patronal CEOE ha pronosticado una caída del Producto Interior Bruto (PIB) de entre el 5% y el 9%, una horquilla muy amplia que dependerá de cómo salgamos de este primer envite. Para el mercado de trabajo, la traducción de este descalabro se situaría en entre 3,8 y 4,2 millones de desempleados. La presión de sectores del empresariado por un relajamiento del parón productivo por los daños que este, junto al confinamiento, causan en la economía, llevó ayer a la ministra de Empleo, Yolanda Díaz, a espetar en el Congreso de los Diputados: “Es el momento de aguantar, no de despedir”, invitando a las empresas a acogerse a medidas como las suspensiones temporales de empleo y los permisos retribuidos, frente a la rescisión de contratos por la que opta, dijo, “una minoría irresponsable”. 

    Hace tres meses, el FMI hablaba de crecimiento de la renta per cápita en 160 países, y de una previsión de crecimiento económico del 3,3% en 2020 y del 3,4% en 2021. La gran discusión es si volvería a empeorar en unas décimas, como ya había ocurrido. Pero hace tres meses el mundo era muy distinto, aunque el virus de la covid-19 ya campaba a sus anchas por la ciudad de Wuhan.

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