Accede sin límites desde 55 €/año

Suscríbete  o  Inicia sesión

Arabia Saudí, autoritarismo por arriba

Comparte
Pertenece a la revista
Septiembre 2021 / 94

El príncipe heredero del principal productor mundial de crudo impulsa con mano de hierro reformas drásticas para tratar de asegurar la supervivencia del reino.

Arabia Saudí se reforma. El reino de la familia Al-Saud, principal potencia petrolera del mundo junto con EE UU casi un siglo después del descubrimiento del oro negro en el este del país, se abre económicamente, como si integrarse al juego de la globalización fuera una prioridad del régimen. Sin embargo, esta dinámica oculta un férreo control político, una transformación del sistema, una concentración de poderes enre las manos de un solo hombre: el príncipe heredero e hijo del rey Salman bin Abdelaziz, Mohamed bin Salman. 

Cuando falleció el rey Abdalá, en enero de 2015, tras una década en el poder (en realidad gobernada de facto desde 1995 por la enfermedad de su predecesor, Fahd), Arabia Saudí era una monarquía vertical, con varios focos de poder: el soberano tenía que tomar en cuenta los intereses de sus hermanos y de los otros clanes de la familia, cada uno gestionando y protegiendo su campo de acción. Con la llegada de Salman bin Abdelaziz, hombre nacido oficialmente en 1935 y que juega en los palacios del régimen desde mediados de la década de 1950, Arabia Saudí dio un giro desde una gerontocracia hacia una dictadura clásica para el mundo árabe.

6º país del mundo que más invierte en defensa

90% del presupuesto del país proviene de los hidocarbuos

En 2015, con solo 30 años, el hijo favorito y más ambicioso del monarca, Mohamed bin Salman, es nombrado ministro de Defensa, un cargo estratégico tanto militar como económicamente, teniendo en cuenta que el país ha gastado 57.500 millones de dólares en armamento en 2020, el sexto mayor presupuesto del mundo. Dos años después, es elegido príncipe heredero y rompe con la tradición política del país. Por vez primera, es un nieto del fundador del reino en 1932, Aldelaziz ibn Saud (1875-1953), quien ocupa este cargo y no uno de sus numerosos hijos. En poco tiempo, Mohamed bin Salman marca de su firma un sistema que va transformándose en horizontal: todas las decisiones deben tomarse en el despacho del príncipe. 

Un treintañero para un país joven 

Sobre el papel, la llegada de Mohamed bin Salman suena de maravilla para la población saudí. La sociedad está cansada de una visión y de una gestión política anticuada, cuando 23 de los 35 millones de habitantes tienen menos de 40 años, con una juventud con ganas de descubrir mundo y conectada a las redes sociales, pero que se enfrenta al paro (el 15% en 2020, oficialmente) y sufre de la imagen negativa de su país. Es muy común asistir en las autopistas de las grandes ciudades a carreras de coches robados, con los participantes formando clubes para escapar a la presión familiar y expresar cierto malestar.

Las autoridades toleran estas prácticas mientras no implican críticas políticas. En 2011, en el contexto de las primaveras árabes, el régimen apagó todo tipo de protesta con ayudas financieras millonarias. Riad debía mostrar su solidez como modelo monárquico mientras que el resto de Oriente Medio prendía fuego, con las guerras en Libia, Siria y Yemen.

Sin embargo, la frágil situación económica debida, entre otras cosas, a un precio bajo del petróleo, obligó a las autoridades a aumentar la presión fiscal y a pensar en otras fuentes de ingresos. Con un discurso nacionalista, Mohamed bin Salman lanzó entonces la visión 2030, cuyo objetivo es el desarrollo de un nuevo modelo económico, y el gran proyecto de ciudad futurista NEOM; hizo entrar en Bolsa la compañía Aramco, monstruo mundial del petróleo; organizó eventos deportistas internacionales, como el Dakar entre 2020 y 2024. Otorgó a las mujeres el derecho de conducir, abrió las salas de cine, quitó a la policía religiosa todo poder, retiró la pena de muerte para los menores…

Guerra de Yemen: Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos la consideran "la guerra olvidada". Y suma ya 10 años desde que empezaron las hostilidades.

Ojo: nadie debe ponerse en su camino: sus posibles opositores están detenidos, incluso (y sobre todo) miembros de la familia real y hasta el otrora poderoso ministro de Interior y príncipe heredero hasta 2017, Mohamed bin Nayef, está en arresto domiciliario. Mohamed bin Salman no teme hasta las consecuencias de sus excesos: en octubre de 2018, el periodista en el exilio en EE UU Jamal Khashoggi fue asesinado en el consulado saudí en Estambul (Turquía). Según la CIA no cabe duda de que el joven dirigente es el responsable directo, pero con el apoyo del presidente estadounidense, Donald Trump (2017-2021), el hombre fuerte del régimen saudí consiguió salir ileso a pesar de la presión internacional.

Además, arrecian las críticas a Arabia Saudí por su intervencionismo en Yemen, víctima de los bombardeos saudíes desde 2015 en nombre de una guerra de influencia entre Riad y Teherán en la zona. Si el reino se desinteresó del conflicto en Siria, no puede dejar a nadie la gestión de la situación en Yemen, a pesar del alto coste financiero (centenares de millones de dólares en seis años) y del hundimiento de la población de este país en la pobreza más absoluta (24 de los 29 millones de habitantes necesitan ayuda humanitaria).  

¿Un sistema rentista reformable?

La epidemia se ha utilizado como arma política, y toda decisión complicada se ha tomado oficialmente por razones sanitarias. Mohamed bin Salman ha podido de nuevo aparecer como la persona que salvará el reino tras pérdidas financieras importantes por la pandemia. Al mismo tiempo, ve cómo sus pequeños vecinos (Bahréin y Emiratos Árabes Unidos) firman acuerdos de relaciones diplomáticas con Israel, lo cual no puede permitirse Riad al ser el guardián de los lugares santos del islam.

El príncipe heredero se ha rodeado de tecnócratas para liberalizar la economía, pero no la política

Tras la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, Arabia Saudí debe reafirmarse como una potencia regional fuerte ante los ojos de Washington. Y ha actuado: en enero de 2021, tras casi cuatro años de ruptura diplomática y económica con Qatar, Riad suspende el bloqueo impuesto contra el emirato; en marzo, propone un alto el fuego a los huthis en Yemen; en abril, altos cargos saudíes e iraníes se reúnen en un encuentro oficial en Bagdad (Irak) por primera vez desde la ruptura entre los dos países en 2016. Voces diplomáticas saudíes incluso sugieren en voz baja que un nuevo acuerdo sobre el nuclear con Irán sería bueno. Y en la escena interior, la feminista Lujain al-Hathul está liberada después de tres años de cárcel, y activistas chiíes ven su pena de muerte conmutada en prisión, aunque se sigue sin noticias de centenares de presos de opinión.

Mohamed bin Salman ha incluido en su equipo de confianza a muchos tecnócratas que no son miembros de la familia real. Los otros príncipes saben que el aspirante al trono está fuerte y que aún tiene el respaldo de la población en un contexto de miedo. En el marco de la visión 2030, Riad presentó en marzo un plan de inversión de 1,3 billones de dólares para despertar a un sector privado débil y permitir una salida progresiva del todo petróleo en 10 años. Pero no resultará nada fácil reformar un Estado cuyo presupuesto proviene al 90% de los hidrocarburos y una economía dominada por el sector público.

Mohamed bin Salman se ha lanzado a una revolución económica y política que requerirá al menos 20 o 30 años. Es un gran reto para transformar el país, desde arriba y de forma autoritaria.

 

Guillaume Fourmont es redactor jefe de las revistas francesas Carto y Moyen-Orient, profesor en Sciences Po Grenoble, director científico del programa Le Dessous des Cartes (ARTE).