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El ‘brexit’ inspira a la derecha ultra

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Febrero 2019 / 66

Donald Trump y los promotores de la salida del Reino Unido de la UE son los grandes suministradores de ideología contraria a la Unión Europea.

Manifestación de partidarios de la Unión Europea frente a nacionalistas alemanes. FOTO:Vollformat Berlin

La crisis del brexit enfrenta a la Unión Europea a un doble reto: mantener la unidad ante las exigencias del Reino Unido y hacer frente al desafío de la extrema derecha, que se mira en el espejo de la eurofobia rupturista de los brexiteers. Las grandes digresiones económicas y la salida de la crisis han quedado atrapadas en la madeja del brexit; lo que realmente contará en las elecciones al Parlamento europeo del 26 de mayo serán la impugnación de la Europa política en construcción y los lamentos jeremíacos de los ultras, que reclaman para los Estados la recuperación de la soberanía nacional.

El ejemplo más reciente lo ha dado Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) en su congreso de primeros de enero al someter a los delegados un plan encaminado a sacar al país de la UE en cinco años (el llamado dexit). Aunque el presumible líder del partido en las elecciones de mayo, Jörg Mentheu, estima prematuro el plan, no lo descarta de forma explícita y así da alas a la facción más radical, aquella que considera que "Bruselas es una dictadura" y que Europa va camino de convertirse en "un continente para los residuos de África", una referencia abyecta a los flujos migratorios. De hecho, AfD ve en la campaña de las europeas la gran ocasión para romper el cordón sanitario respetado por los otros partidos alemanes en el Bundestag para que sus proclamas no sean la voz más escuchada contra la alianza de Gobierno de democristianos y socialdemócratas.

 

NACIONALISMO IRREDENTO

El griterío de AfD era la pieza que faltaba en el puzle ultraderechista europeo. Después de Marine Le Pen, Matteo Salvini, Geert Wilders, Viktor Orbán, la previsible incursión del nacionalismo español irredento (Vox) y alguna otra formación con posibilidades, el factor alemán refuerza las expectativas futuras de cuantos aspiran a colonizar el Parlamento para disparar a la línea de flotación de la Europa política, con dos grandes referencias inspiradoras: Donald Trump y su nacionalismo-proteccionismo destemplado, y los promotores del Brexit, suministradores de una larga lista de descalificaciones dedicadas a la UE.

Alternativa para Alemania se propone sacar el país de la UE

Vox y su nacionalismo irredento puede entrar en el Parlamento europeo

"Siempre ha habido fuerzas oscuras en Europa (como las hay en Estados Unidos)", ha escrito en The New York Times el economista Paul Krugman, que achaca la crisis de identidad política en curso al desprestigio de las élites, antaño "comprometidas con los valores democráticos", que despilfarraron su influencia social "con malos manejos, y el daño creció por una falta de disposición a afrontar lo que ocurría" (la crisis económica y la descapitalización de la clase media a causa de la austeridad a rajatabla). La opinión de Krugman no difiere demasiado de la del filósofo alemán Jürgen Habermas: estamos ante una "descomposición de estilo trumpiano" en la que "el egoísmo de la nación-Estado sigue vivo, e incluso más consolidado, gracias a las engañosas reflexiones de la nueva internacional populista de extrema derecha".

Detrás de las reflexiones de Krugman y Habermas, alienta la sensación de que el distanciamiento de las élites de tradición liberal de los padecimientos del ciudadano medio ha propiciado una fractura social creciente, terreno abonado para las soluciones extremas de todo tipo, para la simplificación de los problemas y los planteamientos binarios. No fue otra cosa el referéndum del Reino Unido (23 de junio de 2016) ni lo es la obcecación en atenerse a los resultados de aquel día, según insiste Theresa May, mientras se agudiza la división entre sus conciudadanos, zozobra la unidad de conservadores y laboristas y se tilda casi de herejes a los partidarios de convocar otro referéndum que aclare el sentir de los británicos tras comprobar que el divorcio es caro, dibuja un futuro borrascoso y acaso sea el camino directo a la decadencia.

Surge una nueva clase media al tiempo que aumenta la pobreza

El Estado de bienestar vive inmerso en una crisis existencial

"¿Qué diablos está pasando en Europa?", se pregunta Krugman. "Se trata de una crisis de las civilizaciones tradicionales, también de la civilización occidental. El desarrollo destruye las solidaridades, las estructuras políticas", surge una nueva clase media y, al tiempo, aumenta la pobreza, responde el pensador francés Edgar Morin. Puede decirse, quizá, que el legado liberal, en el sentido menos económico del término, se va por el desagüe de unos programas políticos sometidos a las exigencias de las finanzas globales, los grandes imperios tecnológicos y el auge del modelo chino de producción y expansión de la economía. Dicho de otra forma: el modelo europeo de crecimiento (riqueza, redistribución y programas sociales), el Estado de bienestar, vive inmerso en una crisis existencial en la que se mueven como pez en el agua los proyectos ultras, encaminados a anteponer la nación a cualquier otra idea y la brega contra la Europa política a cualquier otro combate.

 

OBSTÁCULOS EN EL CAMINO

Si se repasa la historia europea desde la última gran ampliación de la UE (entre 2004 y 2007) hasta hoy, es fácil comprobar que los obstáculos en la consolidación política de la institución se han visto acrecentados desde los países del Este, cuyo ingreso obedeció a la necesidad de acelerar la modernización de su economía, pero poco tuvo que ver con otras inquietudes. Para los gobernantes de Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia, por citar los casos más relevantes, sería una buena noticia el entierro de la Unión Europea para resucitar la Comunidad Europea, una posibilidad que la corriente central de AfD ve con buenos ojos. Es suficiente con una zona de libre cambio, con un Parlamento de naturaleza consultiva y poco más, dicen los profetas de esa tercera vía entre dinamitar la UE y fijar nuevos objetivos políticos.

Marine Le Pen y Matteo Salvini, en una foto de archivo. FOTO:PARLAMENTO EUROPEO

 

POLÍTICA EN RETROCESO

En el fondo, tal planteamiento (una UE de mínimos) refuerza en sus más íntimas convicciones a los euroescépticos de toda condición y pelaje cuando pasan del programa máximo a la Realpolitik: si no es posible la profusión de exits, que el andamiaje político sea lo menos visible posible y todo se reduzca al ámbito de los intercambios económicos. Y desde luego, aspiran a que esa versión rediviva de la Comunidad Europea excluya la entrada de inmigrantes, "estigmatizados como lo fueron en el pasado los judíos" (Sami Naïr, en El País). Se trata de un disparate conceptual que contradice todos los modelos matemáticos –según la socióloga del CSIC Amparo González, solo España necesita 12 millones de migrantes de ahora a 2050 para financiar las pensiones– y violenta la moral –¿importa la moral?, se pregunta el profesor Joseph S. Nye para responder –, pero la identificación de culpables es indispensable para los ultras a fin de reconstruir una versión ad hoc de solidaridad colectiva (otra vez Sami Naïr).

Hay en el brexit una pulsión exclusivista, xenófoba, muy atractiva para esa internacional ultra, pero tanto o más preocupante que eso lo es, una vez más, su capacidad de contaminar, en este caso más allá de su territorio natural, a muchas fuerzas conservadoras democráticas, que han tenido un papel esencial en la construcción de la UE y hoy se sienten tentadas a adoptar párrafos de los programas de la extrema derecha para neutralizarla. Sin embargo, pocas veces en política logran las imitaciones sustituir el original; demasiado a menudo, en cambio, sufren grandes descalabros. La historia europea del siglo XX está llena de ejemplos. 