El Salvador: más que una historia triste

  • Noviembre 2016

    Violencia: El país se debate entre la justicia y el perdón y solucionar la violencia actual, hija de una guerra civil que duró doce años.

    Beatificacion de monseñor Romero en El Salvador en abril de 2015. FOTO:  Presidencia de El Salvador

    Cuando se conmemora el 27.º aniversario del asesinato de seis jesuitas (la mayoría españoles) junto a una empleada y su hija, en la Universidad Centroamericana (UCA)  de San Salvador, se sigue atendiendo a decenas de casos de violación contra los derechos humanos. Se trata de una herida sobre otra en un país pequeño y hermoso que no deja de sangrar.

    El Salvador, con seis millones de personas y casi tres millones de migrantes, la mayor parte en Estados Unidos, es mucho más que una historia triste. Roque Dalton, el gran poeta nacional, alabó su creatividad (“los mejores artesanos del mundo”), pero sacó a relucir la historia oscura del llamado Pulgarcito de América.

    “Quizá fue una barbarie…, pero era una guerra”, me dice Mauro (no es su nombre real). Se trata de un transportista que me acompañó el pasado 12 de noviembre a la vigilia por el 27.º aniversario de la matanza de aquellas ocho personas en la UCA. Cinco de aquellos jesuitas eran españoles. El objetivo de la masacre era eliminar al entonces rector, Ignacio Ellacuría, por su implicación en los contactos entre la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el Gobierno salvadoreño para conseguir la paz. El juez de la Audiencia Nacional española Eloy Velasco ha solicitado la extradición de los militares que participaron en el plan y ejecución de aquella barbarie. 

    Mauro dice, para mi sorpresa, que seguramente el batallón de fuerzas especiales que llevó a cabo el plan “tenía información de que ese cura estaba vinculado a la guerrilla urbana”. 
    —Pero trabajaba para la paz, ¿no? —le digo.

    —Yo no sé —contesta Mauro agudizando la voz y rascándose la frente— si la información estaba equivocada…, tal vez.

    El objetivo de la masacre de la UCA era eliminar a Ellacuría

    El juez español Velasco pide la extradición de los militares implicados

    Mauro perteneció también a un batallón especial del ejército que emboscaba guerrilleros. Él estaba a cargo de una ametralladora de grandes dimensiones y vio caer muy de cerca a decenas de jóvenes. Asegura que no participó en masacres. “Todos eran guerrilleros”. Hablamos también del asesinato de monseñor Romero (san Romero de América), el famoso arzobispo de San Salvador, al que mataron en 1980 mientras oficiaba misa. “También lo mataron los guerrilleros e hicieron creer que era el ejército”, me dice Mauro tantos años después.

    Por haber investigado sobre el caso de los jesuitas para su libro de reciente aparición, titulado Noviembre, y editado por Tusquets, el escritor Jorge Galán, de cuarenta y dos años, vive ahora exiliado en España por haber recibido amenazas de muerte. En el libro destaca las conclusiones de algunos entrevistados sobre el porqué de aquella masacre, incluido el ex presidente Alfredo Cristiani. Había quienes se lucraban con la guerra y no les gustaba que terminara.

     

    RESTOS DE LA MASACRE

    El ejército salvadoreño no está para demasiadas bromas. Por un lado, en España el juez Velasco solicita la extradición de los autores intelectuales de la matanza de la UCA; en El Salvador, un equipo de forenses argentinos ha reanudado el trabajo de desenterrar la verdad de aquellas masacres, restos de niños y mujeres, población civil que contradice las viejas afirmaciones de que se mataban guerrilleros, vestidos de civiles. Para colmo, este año se ha decretado la inconstitucionalidad de la ley de amnistía con la que se concluyeron las conversaciones de paz en 1993, tras una guerra de doce años, 75.000 muertos y más de 7.000 desaparecidos. La amnistía no podía amparar los crímenes de guerra y de lesa humanidad.

    José María Tojeira es jesuita y, entonces, cuando la matanza de sus compañeros, era el provincial (el coordinador) de toda Centroamérica. Dormía a escasos metros de donde ocurrió todo. Tojeira es de origen gallego. Viste camisa de manga corta, a cuadros, y unos vaqueros que se compra en los supermercados de Alcampo, en España, cuando va de vacaciones cada tres años. Tojeira habla con una sonrisa, responde con una sonrisa, sobre todo cuando le digo que compra igual que Pablo Iglesias. Es alto, delgado, de ojos claros. Sobrevivió de milagro. 

    Tojeira avanza, grabadora en mano, desde la casa donde dormía hacia el patio ajardinado donde encontró los cuerpos de sus compañeros. Al primero que reconoció fue a Ellacuría, un jesuita admirado internacionalmente por sus dotes intelectuales y de gestión. “Oí los disparos durante unos veinte minutos. Me acurruqué —sonríe de nuevo— sobre la cama, pensando que no me iban a llegar las balas. Luego, me quedé dormido. Al amanecer, me avisó Obdulio, el jardinero. Su mujer y su hija habían perecido también en la masacre”.

    En el jardín, Obdulio plantó dos rosales blancos por su esposa e hija y seis rojos por los jesuitas. “No se trata sólo de hacer justicia por los compañeros muertos, sino de honrar la memoria de tantas víctimas ignoradas”, dice Tojeira tras asegurarme que se está estudiando reabrir el caso en El Salvador, ahora que la ley de amnistía se ha declarado inconstitucional. 

    Moisés (que sí me deja poner su nombre verdadero) perdió a dos de sus hermanos durante la guerra. Ahora es médico y reconoce que entonces estuvo vinculado como estudiante a los grupos urbanos de apoyo a la guerrilla. Cree saber sin muchas dudas quién hizo desaparecer a sus hermanos. No vive lejos. “¿Pero qué saco yo con ir y denunciarlo o acusarle? Ya no me los devolverán”. 

    La amnistía no podía amparar crímenes de lesa humanidad

    La guerra civil se saldó con 75.000 muertos 

    El país se enfrenta al grave problema de la violencia de las maras

    Mauro, el viejo soldado, comenta algo similar. “Si seguimos abriéndonos las heridas para echarles limón, si seguimos quitándonos los ojos, vamos a quedar ciegos”.

    Sin embargo, Belén, una promotora cultural, que fue torturada durante varios días sin haber tenido vínculos guerrilleros, me dice que si al menos hubiera alguien que pidiese perdón, eso ayudaría. Precisamente, durante la procesión de los farolitos en la UCA, se exigía al ejército pedir perdón. 

    Hoy, con los jesuitas convertidos ya en mártires, con Romero de santo y con el FMLN en el poder, los ex guerrilleros y El Salvador entero se enfrentan a un problema de dimensiones incomprensibles. La violencia entre pandillas, principalmente la MS-13 y la 18 (nombres de las calles de Los Ángeles, donde nacieron), y la violencia perpetrada por la policía. 

     

    DERECHOS HUMANOS

    Arnau Baulenas, abogado formado en ESADE, en Barcelona, trabaja con Tojeira en el gabinete jurídico de Idhuca. Por su despacho pasan cientos de víctimas de abusos y posibles violaciones de derechos humanos. Durante estos últimos años, Baulenas afirma que el Estado salvadoreño “ha practicado el asesinato” como medio de afrontar la violencia de las pandillas. “La mayoría de las veces, las víctimas suelen ser de escasos recursos y, en muchos casos, inocentes. Esto es algo inaceptable. Es como si los métodos de la guerra no hubieran dejado de existir”. 

    El Salvador, según el Centro de Investigación del Crimen Organizado, cerró 2015 con 103 homicidios por cada 100.000 habitantes: el país más violento del mundo. Hoy, los líderes locales de las maras mantienen relaciones con el país del norte y otros de la región en un entramado de crimen organizado que se disputa territorios, intereses en el narcotráfico, etc. 

    El Salvador, como muchos otros países en posconflicto, se debate entre la justicia, el perdón y solucionar la violencia actual, que es hija de la de entonces. Moisés recuerda a sus dos hermanos muertos y piensa que el perdón quizá le serviría a su padre. “No sé. Desde luego, a mi madre no le serviría que alguien viniese a pedir perdón. Ya nadie le devolverá a sus hijos. Además, ya ha perdido la memoria”.  

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