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Fernández se enfrenta al FMI

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Diciembre 2019 / 75

Desde Buenos Aires

Desafío: El nuevo mandatario argentino debe levantar un país deprimido por la crisis en un contexto latinoamericano de convulsión.

Alberto Fernández y Mauricio Macri en la Casa Rosada tras las elecciones de octubre. FOTO: Casa Rosada

Se ha hecho costumbre en Argentina culpar de los males de la economía a “la herencia recibida”. El presidente que este 10 de diciembre deja el poder usó esa muletilla durante cuatro años y el que lo sucede, si bien reconoce que el país en 2015 estaba en situación crítica, ahora habla de dos herencias juntas. La que dejó Cristina Fernández, más el doble de inflación y la astronómica deuda externa de Mauricio Macri. Lo más grave es que su primera batalla será con un viejo contendiente del país, el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Ideologizado como pocos en la historia nacional, el mandatario saliente estaba convencido de que por sus antecedentes personales y su linaje -desciende de una familia acaudalada con intereses en la industria y el campo- su sola presencia garantizaba que las inversiones iban a fluir como un maná y Argentina, finalmente, hallaría su lugar en el mundo. 

Macri estaba convencido de que las inversiones fluirían

El ex presidente endeudó al país hasta el 100% de su PIB

Al final de su mandato, tuvo que restringir la compra de dólares

Por eso, ni bien el conservador -que también es ex alcalde de la ciudad de Buenos Aires- se puso la banda presidencial, tomó dos medidas que resultaron catastróficas: eliminó los controles de capitales y liberó la obligación de que los exportadores liquiden las divisas en el país. El planteo era que si los inversores pueden sacar su dinero con facilidad, acudirían en manada a hacer negocios en el país sudamericano. 

En 2015, el peso de la deuda externa representaba el 52% del PIB. Macri encontró prestamistas complacientes porque esa ratio daba para confiar en su solvencia. Pronto la deuda creció en más de 100.000 millones de dólares -ahora ronda el 100% del PIB- hasta que a principios de 2018 los inversores descubrieron que nada era como creían y huyeron espantados. “Pasaron cosas”, fue la respuesta infantil del inquilino de la Casa Rosada, que rompió su esquema de pensamiento aplicando finalmente una restricción a la compra de moneda extranjera y un plazo mínimo para ingresar el fruto de las ventas en el exterior del que había cuatro años antes.

 

CRÉDITOS ESCALONADOS

Lo terminaron de convencer los técnicos del FMI, al que Macri recurrió para un “salvataje”, en mayo del año pasado. El mismo consistió en créditos escalonados de 54.000 millones de dólares (todavía falta un desembolso de 13.000 millones) otorgados a la velocidad del rayo por la entonces directora del fondo, la francesa Christine Lagarde.

Fue tal rapidez para abrir la cartera que “olvidaron” algunos pasos legales tanto en Washington como en Buenos Aires. Lagarde entregó el 44% del dinero del FMI a la Argentina, pero así como entró, el 76% de ese monto salió por otra ventanilla en lo que nadie duda en caratular como “fuga de capitales”. Algo que el artículo VI del estatuto del FMI prohíbe expresamente.

A la vez, el Gobierno de Macri no envió al Congreso una ley para autorizar los créditos, como marca la constitución. En un país donde este tipo de ligerezas no tienen tanto impacto emocional, eso podría haber quedado para la anécdota. Pero a medida que los recortes exigidos por el FMI profundizaban la recesión, fue una excelente arma política para la oposición y un argumento fuerte a la hora de renegociar los pagos.

Las elecciones del 27 de octubre pasado pusieron sobre el tapete dos modelos de gestión. Uno, el de Macri, una Administración plagada de directivos empresarios y con una impronta neoliberal cada vez más fuerte desde que pidió auxilio al FMI. 

El otro, representado por Alberto Fernandez, quien fuera jefe de Gabinete de Néstor Kirchner y al principio de la gestión de Cristina Fernández, que se jacta de haber comandado la renegociación de la deuda del país desde 2003, y que se había ido del Gobierno en 2009 en desacuerdo con políticas que aplicó su ahora vicepresidenta. Cosas de la política vernácula.

En 2006 el Gobierno de Kirchner pagó al contado 9.800 millones de dólares adeudados al FMI y se liberó de las políticas restrictivas que plantea ese organismo. Al mismo tiempo logró quitas de hasta el 70% a las deudas con entes privados.

El 76% del dinero del FMI no se sabe dónde fue a parar

El préstamo se llevó a cabo sin cumplir las vías legales

Brasil podría traer problemas al cerrar vías comerciales

Alberto Fernández, profesor de Derecho Penal y hábil polemista, no dudó en decirles a los representantes del FMI,  que en septiembre se acercaron a sus oficinas, que el organismo es corresponsable del desastre por haber otorgado préstamos para la fuga sin respetar el Acta Constitutiva del organismo ni las normativas locales.

El principal socio del organismo de crédito internacional es Estados Unidos. La obsesión de Donald Trump y de los halcones que lo secundan es el cambio de régimen en Venezuela, Nicaragua y Cuba. Macri fue un aliado imprescindible para armar un bloque antichavista. Hay pocas dudas de que los créditos del FMI fueron un toma y daca geopolítico que ahora le queda, como regalo envenenado, a su sucesor. 

 

DESAFÍOS DE LA REGIÓN

Es que no solo de economía se trata. El entorno regional que encuentra Alberto Fernández plantea desafíos que no vió esta parte del mundo en décadas. La rebelión popular en Chile y el golpe en Bolivia, más el posible cambio de gobierno en Uruguay (al cierre de esta edición había un empate técnico), sumado a un Jair Bolsonaro que se propone romper con el Mercosur (mercado común de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, con Venezuela suspendida tras la destitución de Dilma Rousseff) amenaza la estabilidad y las políticas económicas heterodoxas que se comprometió a desplegar el nuevo presidente argentino. De allí que el primer viaje de Alberto Fernández como presidente electo fuera a México, donde desde hace un año gobierna Andrés Manuel López Obrador, en aras de tejer una alianza progresista.

Bolsonaro, un fanático ultraderechista, apostó rotundamente por Macri. Fernández había visitado al ex presidente de Brasil, el líder metalúrgico Lula da Silva, que se encontraba aun en la cárcel. Había pedido por su libertad el día del triunfo electoral y había celebrado su salida de prisión el viernes previo al golpe en Bolivia. 

 

TENSIÓN

El enfrentamiento Bolsonaro-Fernández llegó hasta un ataque directo en las redes sociales  por parte de uno de los hijos del líder brasileño. Eduardo Bolsonaro se mostró en pose de Rambo en una foto con un fusil en las manos, burlándose de Estanislao Fernández, hijo del nuevo presidente argentino, y un reconocido drag queen del que su padre siente orgullo: “Es el mejor pibe que conocí en mi vida.” 

Pero el problema no pasa por la virilidad mal entendida. Brasil es el principal socio comercial de Argentina y la tensión diplomática puede arrastrar una complicación extra para un país que lleva cuatro trimestres de recesión. Romper con el Mercosur, un organismo que alguna vez se soñó como plataforma para una comunidad calcada a la Unión Europea, puede profundizar el hundimiento de la Argentina, que con Alberto Fernández apostaba a una recuperación industrial. Bajar los aranceles externos comunes puede ser el tiro de gracia para esa ilusión.

Fernández ya habló con Trump y con la nueva titular del FMI, Kirstalina Georgieva. Les dijo que está dispuesto a honrar las deudas, pero sin más ajustes. Que lo urgente es hacerse cargo del 40% de pobreza que dejó Macri. Que su propuesta es de una economía sustentable, un reparto más justo de la riqueza y que para pagar se necesita crecer. Apela a una frase de Néstor Kirchner en una circunstancia similar: “Los muertos no pagan deudas”.

Pero ruega no tener que recurrir al histórico lamento del ministro de Economía del ex presidente argentino Raúl Alfonsín en 1989, Juan Carlos Pugliese, que dijo a las puertas de la hiperinflación:“Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”.