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Fiebre minera en Groenlandia

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Enero 2018 / 54

Soberanía: La isla ártica busca en sus recursos minerales, entre ellos el uranio, una vía para financiar su eventual independencia de Dinamarca.

Viviendas en Narsaq (Groenlandia). FOTO:  Anders Peter Amsnæs

Durante todo el año, Narsaq, un pueblo del sur de Groenlandia, está rodeado de icebergs de diversas tonalidades de blanco y azul. Los que son arrastrados hacia sus costas, se acumulan en invierno, durante las auroras boreales, y se funden en verano, bajo un sol de justicia. Pero la atmósfera del pueblo ya no es como hace diez años. Las decenas de las casitas de madera pintadas de colores que dan carácter al pueblo tienen las puertas y ventanas clausuradas con planchas de madera.
 
Antaño floreciente gracias a su industria pesquera, Narsaq cambió de aspecto en 2010 cuando la empresa pública Royal Greenland cerró la fábrica de gambas local. Se suprimieron 100 puestos de trabajo y la “perla de Groenlandia”, octava ciudad del país, comenzó a perder población. Narsaq constituye uno de los casos más preocupantes de una isla en la que los índices de paro, violencia doméstica y suicidio superan todos los estándares internacionales. A Peter Lindberg, uno de los habitantes del pueblo, no le cabe la más mínima duda: “Nuestra comunidad se está muriendo. Necesitamos rápidamente nuevos empleos; si no, en menos de diez años aquí no quedará nada”.
 
La solución que ha propuesto el Gobierno local para acabar con esta perspectiva se ha convertido en uno de los asuntos más controvertidos de Groenlandia. Más candente aún que los vivos debates sobre una posible independencia de Dinamarca, en el seno de la cual Groenlandia disfruta de una autonomía reforzada. En 2013, el Parlamento local aprobó acabar con la tolerancia cero respecto a los minerales radioactivos, instituida en Groenlandia en la década de 1980. Esto ha abierto nuevos horizontes para Narsaq.
 
En efecto, no fue su imagen de tarjeta postal lo que llamó la atención del danés Niels Bohr, premio Nobel de Física, en 1957. Desde entonces es sabido que la montaña de Kvanefjeld, a los pies de la cual se halla Narsaq, rebosa de uranio. Hoy, son los inversores australianos y chinos los que se desplazan hasta allí, pues Kvanefjeld es el segundo mayor yacimiento de tierras raras del planeta.
 
 
REPRESENTANTES DEL POLO
 
“Desde hace dos décadas, Groenlandia intenta venderse como el nuevo Eldorado minero. Sus representantes viajan por todo el mundo para captar inversores”, explica Ib Laursen, director de operaciones de la plataforma de Kvanefjield de la Greenland Minerals and Energy (GME); “así fue como mis jefes australianos comenzaron a interesarse por la región”. En seguida, en la empresa entró un inversor chino, síntoma de lo preocupada que está China por conservar su monopolio mundial de hecho de tierras raras.

“Si no se crea empleo, en menos de diez años aquí no quedará nada”

La isla tiene uno de los yacimientos de uranio más grandes del mundo

China quiere conservar su monopolio mundial de tierras raras

Ib Laursen dedica gran parte de su tiempo a intentar convencer a los habitantes del pueblo de las ventajas de la mina. “En los primeros años de producción crearemos 800 empleos, de los cuales, unos 300 serán para mano de obra local. Cada nuevo puesto de trabajo en la mina ¡creará, 1,5 en el pueblo! Este discurso sólo provoca desdén a Marianne Paviasen, dirigente de la asociación Urani Naamik (‘No al uranio’) de Narsaq. “Si hay empleos para la gente de aquí serán de friegaplatos o de limpiadoras, como en la época colonial. La educación y la formación que tienen los groenlandeses no les permite acceder a puestos cualificados”. Esta opinión es compartida por Mikkel Myrrup, presidente de la ONG Avatak: “Lo único esperable es una mayor polarización de la sociedad, con unos groenlandeses pobres, en puestos subalternos, y una élite extranjera que se llevará los beneficios”.
 
El resto de Groenlandia se ha levantado en solidaridad con los habitantes de Narsaq y, en su defensa, tuvo lugar la mayor manifestación  celebrada en el país. La explotación del subsuelo se presenta como una condición sine qua non, para la independencia de la isla, que sigue viviendo del goteo de dinero público danés. Ahora, hechos a la idea de que la industria minera es necesaria para la economía del país, los habitantes están más divididos respecto al caso de Narsaq: “La mina estará abierta quizá cien años, pero la contaminación que causará durará centenares de miles de años”, se lamenta Kalistat Lund, ex alcalde del pueblo. “GME piensa almacenar los residuos tóxicos en un lago, aguas arriba de Narsaq, retenido por una presa. Los industriales se quedarán un tiempo y luego se irán y se llevarán el dinero. ¿Quién se ocupará entonces de la presa?”.
 
 
CUESTIÓN DE TAMAÑO
 
Varias ONG informan de que sólo la apertura de la mina causaría un aumento del 60% de las emisiones de CO2. También hablaban de la inevitable contaminación de las zonas cercanas, con riesgo directo para la salud de los habitantes y de la industria. “Da igual lo que hagan para demostrar que nuestros pescados, patatas o ganado lanar no se van a contaminar”, insiste Mikkel Myrrup; “el miedo originará que los consumidores eviten comprar los productos del sur de Groenlandia. Toda una economía puede hundirse”.
 
Esos temores se han hecho patentes desde que, bajo presión de GME y saltándose la ley que rige las actividades mineras, el Gobierno prohibió que el público tuviera acceso al primer informe de impacto medioambiental. “Es inquietante que una empresa tan joven pueda conseguir lo que quiera de nuestro Gobierno”, añade Mikkel Myrrup; “¿qué pasará  cuando haya que llegar a acuerdos con grandes multinacionales? ¿El Gobierno hará lo que ellas le pidan a cambio de un puñado de empleos o ingresos fiscales?”.
 
“En todos los niveles, nuestro sistema político debe adquirir experiencia”, prosigue, “tenemos todo por aprender sobre cómo trabajar con las compañías mineras; por eso debemos empezar con proyectos de pequeña envergadura antes de lanzarnos a minas gigantescas”. Y cita como ejemplo la pequeña mina de rubíes de Aappaluttoq, en la actualidad la única que tiene actividad comercial en el país. Emplea a unas 40 personas, de las que siete proceden de Qeqertarsuatsiaat, un pueblecito pesquero vecino. La mina de anortosita de Naajat, cuya construcción empezará en 2018, será de un tamaño similar.
 
A otra escala y en el otro extremo del país, en pleno corazón del parque nacional, podría abrirse la mayor mina de cinc del mundo por otra asociación de australianos y chinos. Y en Isua, cerca de la capital, Nuuk, un gran proyecto de mina de hierro —comprado por una compañía con base en Hong Kong— prevé contratar 3.000 asalariados extranjeros.
 
Por el momento, “ninguno de los grandes proyectos parece terminar de arrancar”, admite  Mikkel Myrrup. “Los precios  de las materias primas son aún bastante bajos, lo que nos deja algo de tiempo para debatir. Lo más importante es que parece que el precio del hierro no subirá enseguida, eso nos tranquiliza respecto a Isua”.
 
Ha habido muchos proyectos que han abortado o cuya apertura se ha pospuesto por  problemas financieros o técnicos. En la lista de países más atractivos para los inversores mineros, realizada por el Fraser Institute en 2017, Groenlandia había descendido 29 puestos, pasando del 26 al 55.
 
En Narsaq la situación parece bloqueada. Las últimas elecciones al Parlamento groenlandés supusieron la llegada al poder de una coalición de los dos partidos: Siumut, a favor del uranio, e Inuit Ataqztigiit, opuesto al proyecto. Para poder trabajar juntos, los adversarios han llegado al acuerdo de no abordar el asunto en todo el mandato. “Se han puesto de acuerdo en no estar de acuerdo, signifique lo que signifique eso”, suspira Marianne Paviasen.
 
 
“EXTRACTIVISMO SIN EXTRACCIÓN”
 
En un momento en que al mundo  le preocupan las consecuencias del deshielo de los glaciares de Groenlandia, los groenlandeses se preguntan cómo capitalizar las riquezas que hacen posible el calentamiento global sin tener que sufrir las crisis políticas y medioambientales que han devastado a otros países en desarrollo. Mientras que la mayoría de los proyectos tienen problemas para arrancar, la proximidad entre políticos e industriales y la tendencia a ocultar los debates hacen entrever una situación inédita, la de un “extractivismo sin extracción”.
 
Si el Siumut ganara las elecciones de 2018, podrían dar luz verde al proyecto de Kvanefjeld, dando paso a la gran era minera esperada desde los años 2000. El riesgo consistirá en que Groenlandia sustituya la tutela de Dinamarca por una sumisión a los intereses privados de las multinacionales mineras en detrimento de sus pueblos, de la cultura inuit, de un territorio que permanece en gran parte virgen, pasando definitivamente una de las últimas páginas blancas del planeta.