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La economía atrapa a Erdogan

Por Yann Mens
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Marzo 2017 / 45

Nerviosismo: En medio de un clima interno e internacional muy inestable, la actividad muestra inquietantes síntomas de debilidad.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, durante una rueda de prensa en Praga. FOTO: 123RF

Recep Tayyip Erdogan está convencido: los enemigos de su querida Turquía acechan por doquier. Además de, por supuesto, los separatistas kurdos, están la cofradía musulmana dirigida por Fethullah Gülen, acusada de haber urdido el fracasado golpe militar del 15 de julio de 2016; el grupo Estado Islámico, sospechoso de haber ordenado una serie de sangrientos atentados, y, lo que es más inesperado, el “lobby de los tipos de interés”, un personaje que aparece recurrentemente en las filípicas del presidente turco. El 12 de enero, cuando la moneda nacional alcanzaba su cotización más baja de la historia, rozando el umbral psicológico de cuatro libras por dólar (véase el gráfico), declaraba a sus conciudadanos: “Como sabéis, la economía está siendo manipulada para atacar a Turquía. No hay ninguna diferencia entre el terrorista que lleva un arma en la mano y el terrorista que lleva un dólar o un euro en su bolsillo. Todos quieren desviar a Turquía de los objetivos que se ha fijado. Y se sirven de la moneda como de un arma”.

Esta visión complotista que el jefe de Estado intenta regularmente vender a la opinión pública traduce su nerviosismo: la economía del país, cuya vitalidad ha beneficiado durante mucho tiempo a las clases medias y populares, muestra inquietantes síntomas de lentificación. Y en un momento muy poco oportuno para el presidente. Gracias a una alianza con un partido ultranacionalista, consiguió que el Parlamento votara en enero un proyecto de reforma constitucional que le otorgará oficialmente plenos poderes frente al primer ministro, hasta ahora el jefe más poderoso del Ejecutivo, un cargo que Erdogan ocupó durante once años, pero que se vio obligado a abandonar en 2014 debido a una norma interna de su partido.

 

UN CRECIMIENTO QUE JADEA

Entonces, se presentó a la primera elección presidencial organizada por sufragio universal y fue elegido en la primera vuelta. A partir de ese momento no ha cejado en su empeño de reformar la Constitución para disponer de ella legalmente y acabar con cualquier traba a su autoritarismo. Para lograrlo sólo le falta superar una etapa: un referéndum que deberá celebrarse en primavera, y es necesario que para entonces la economía no se repliegue demasiado. Ahora bien, el índice de crecimiento del PIB fue negativo (-1,8%) en el tercer trimestre de 2016, lo que no ocurría desde 2009, pese a que había aumentado a una media del 5% entre 2002 y 2015 y el país había absorbido con bastante rapidez el choque de la crisis mundial de 2008. La inversión se lentificó el año pasado mientras el paro subía al 11,7% en octubre de 2016.

Las cifras definitivas de crecimiento para el conjunto del año no se conocerán hasta finales de marzo, pero todas las instituciones económicas internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, OCDE…) han revisado ya a la baja sus previsiones iniciales, y considerarn que el crecimiento rozará, como mucho, el 3% en 2016.

La caída espectacular del tercer trimestre de 2016 es consecuencia en parte del desorden originado por el fallido golpe de Estado del 15 de julio y la gran represión que el poder llevó a cabo sobre todos los golpistas, confesos o supuestos (policías, militares, profesores, periodistas…). Pero las dudas que pesan sobre la estabilidad del país, y por tanto sobre las decisiones de los actores económicos, nacionales o extranjeros, no se limitan al golpe fracasado. También están relacionadas con un contexto regional alterado, y, en primer lugar, con el conflicto sirio.

 

DEPENDENCIA

El país alberga hoy a 2,8 millones de refugiados, y la implicación de Ankara en el conflicto sirio ha comportado que sus relaciones con Moscú, aliado de Bachar al-Assad cuya destitución exigía Erdogan, hayan sido tensas durante un tiempo. Cuando el Ejército turco abatió en noviembre de 2015 un avión ruso acusado de haber penetrado en el espacio aéreo del país, Vladimir Putin decretó un embargo sobre una serie de productos y, especialmente, sobre el turismo (cerca del  5% del PIB turco). Los rusos constituyen el segundo contingente de turistas (después de los alemanes). Por el contrario, el embargo apenas ha afectado al sector de los hidrocarburos. Es cierto que Turquía es el segundo comprador de gas ruso (tras Alemania). Desde que en 2016 Erdogan pidio disculpas a Rusia por haber abatido el avión, los dos países han mejorado sus relaciones.

El índice de crecimiento fue negativo en el tercer trimestre de 2016

El país alberga hoy a 2,8 millones de refugiados

Sin embargo, las amenazas que pesan sobre la economía turca no proceden únicamente de ese medio regional caótico, sino de sus propias debilidades y, sobre todo, de su dependencia de la financiación exterior. En efecto, la demanda interna es la que tira del crecimiento de la economía nacional. En 2016, el consumo de los hogares se vio incentivado por el aumento del salario mínimo en un 30% decretado por el Gobierno. Pero no es fácil repetir una medida de ese tipo, salvo que se quiera hipotecar la competitividad turca: las exportaciones significan el 20% del PIB y están dominadas por la industria del automóvil y la textil.

En un sentido general, estos últimos años el crecimiento ha estado financiado en gran medida por el endeudamiento de actores privados extranjeros. Ello gracias a la posibilidad de financiarse a bajos tipos de interés en los mercados internacionales tras la crisis de 2008. Al mismo tiempo, los inversores se replegaban en los mercados emergentes, como Turquía, entonces más prometedores que Estados Unidos o Europa.

 

LA MÁQUINA INFERNAL

Hoy, el viento ha cambiado de dirección. El crecimiento de los países emergentes se ha lentificado. El de los países occidentales da muestras de recuperación. El pasado 14 de diciembre, la Reserva Federal estadounidense elevó su tipo de referencia en un modesto 0,25%. Si ese movimiento continúa, los capitales se dirigirán a Estados Unidos. Esta amenaza afecta especialmente a Turquía, dado que la incertidumbre geopolítica que pesa sobre su estabilidad ha supuesto que la libra turca se hunda en los mercados de divisas (-28% en un año frente al dólar) y muchos actores privados del país están endeudados en divisas extranjeras.

Para defender el tipo de cambio, el Banco Central turco ha comprado libras vendiendo sus reservas de divisas. La próxima etapa consiste en elevar los tipos de interés, algo que el Banco Central comenzó a hacer el pasado noviembre a riesgo de asfixiar la demanda interna y el crecimiento. Es esa amenaza recurrente la que enfurece a Erdogan, crítico acérrimo del fantasmagórico lobby

El presidente dispone de algunos medios para intentar detener esa maquinaria infernal. El endeudamiento público de Turquía sigue siendo moderado (33% del PIB), lo mismo que su déficit presupuestario (1% del PIB en 2015). Las autoridades pueden, pues, utilizar ese margen de maniobra para estimular el crecimiento. Es lo que hicieron a finales de 2016: ¡el gasto público dio un salto del 25% en el tercer trimestre! Pero, incluso poniendo en marcha grandes obras a través de sociedades público-privadas a veces muy opacas, ese tipo de estrategia no es muy duradera.

 

UN PRESIDENTE CON PRISAS      

Para reequilibrar su economía, el país debe emprender reformas más estructurales. Una primera consiste en incentivar a los hogares a aumentar su índice de ahorro, hoy muy escaso, para poner a disposición de los inversores turcos recursos internos y evitar una dependencia demasiado grande de la financiación exterior. Según la idea habitual del Fondo Monetario Internacional, ello supone sobre todo aumentar la dosis de capitalización en el sistema de pensiones, una estrategia que no carece de riesgo en un contexto de mercados de capitales volátiles con un telón de fondo de inestabilidad política.

Para aumentar la productividad de las empresas turcas, sería necesario inversiones en alta tecnología y, a la vez, un aumento del nivel de formación de los asalariados. Hoy, el país no dedica más que 3.500 dólares por año y por alumno en los gastos educativos, frente a los 10.000 dólares de media de la OCDE. También, y a pesar de los avances realizados en este terreno, Turquía tiene aún mucho camino que recorrer en lo que al trabajo de la mujer se refiere: el 60% de ellas no terminan los estudios secundarios. 

Pero esas reformas sólo producirán sus eventuales efectos a largo plazo, y Erdogan tiene prisa. Con su habitual sentido dramático, el 12 de enero lanzó un último llamamiento solemne a los medios empresariales de su país: “Es el momento de invertir, de producir y de crear empleos, Si hoy no os arriesgáis, es posible que mañana no tengáis nada que arriesgar”. Pero el presidente es quien tiene más que perder. 

 

DATO

3.500 dólares

Únicamente se emplean, por año y alumno, al gasto educativo. Es una suma muy insuficiente para aumentar el nivel de formación de la mano de obra.