Accede sin límites desde 55 €/año

Suscríbete  o  Inicia sesión

Los brasileños sacan la tarjeta roja a la FIFA

Comparte
Pertenece a la revista
Julio 2014 / 16

Copa del Mundo: A los ciudadanos de Brasil les gusta el fútbol, pero el Mundial ha enfurecido a muchos por su coste exorbitante en un país donde persiste la desigualdad, mal equipado y hoy de crecimiento frágil.

El nuevo Estadio Amazonia Arena en Brasil. FOTO: GOBIERNO DE BRASIL

“¡Brasil, cálmate!” El pasado 25 de abril, a un mes y medio de la inauguración de la Copa del Mundo de fútbol, Michel Platini no se anduvo con rodeos en plena conferencia de prensa de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA), que preside. “Los brasileños”, prosiguió, “deben meterse en la cabeza la idea de que van a recibir a turistas del mundo entero y de que deben establecer una tregua durante un mes”. Los brasileños no lo ven igual. Es evidente que a los brasileños les encanta el fútbol, pero no esta Copa del Mundo. Una gran parte de ellos cree que el Mundial es caro, muy caro, y que ese dinero hubiera estado mejor empleado en escuelas o en políticas de ayuda a los más desfavorecidos.

Siempre que se celebra un acontecimiento como el Mundial de fútbol o los Juegos Olímpicos, se plantea la duda de si el país organizador se beneficia realmente de las inversiones realizadas para esa ocasión. Cuando se trata de un país emergente como Suráfrica o frágil como Grecia, la experiencia no muestra en absoluto que así sea.

 

Pantallas gigantes en las favelas

Los últimos meses se han avivado los movimientos sociales. Las principales reivindicaciones se refieren a la política de transportes locales —insuficientes y muy caros—, a la corrupción de los políticos y al descenso del poder adquisitivo. La economía brasileña, que experimentó un gran crecimiento en la primera década del siglo, ha sufrido después una fuerte lentificación. Este año se espera un crecimiento de solo el 2,3%, muy por debajo del chino, lo cual inquieta a las jóvenes generaciones.

La FIFA se inclina por países organizadores en desarrollo económico

Los aspirantes a acoger eventos sobrepujan y no rentabilizan la inversión

El presupuesto inicial de organización del Mundial se estimaba en algo más de 1.000 millones de dólares, que corrían a cargo de las empresas privadas. Ese gasto estaba dedicado, sobre todo, a la renovación de los estadios, pues el país, en tanto que destino turístico, tiene ya carreteras, hoteles o aeropuertos. Pero, conforme trascurre el tiempo, el presupuesto inicial no ha dejado de aumentar: en mayo de 2011 alcanzaba los 4.000 millones de dólares y hoy se habla ya de un paquete de 10.000 a 15.000 millones, que en gran parte asume el contribuyente.

El presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), Joseph Blatter, proclama que “el fútbol está para tender puentes, llevar esperanza, generar alegría”, mientras que corresponde al Gobierno “ocuparse de las manifestaciones”. Blatter propuso: “¡Pantallas gigantes en las favelas para que sus habitantes puedan ver los partidos!”. La presidenta Dilma Roussef, que pretende ser reelegida el próximo octubre, ha anunciado que va a dar ayudas para los servicios públicos y reforzar la lucha contra la corrupción. Para calmar la fiebre, las autoridades tuvieron que congelar el precio de la cerveza y de los refrescos mientras durara el Mundial...

Desde 2000, la FIFA se está inclinando por elegir como organizadores a países que se encuentran en pleno desarrollo económico frente a naciones ya desarrolladas: Suráfrica en 2010, Brasil en 2014, Rusia en 2018 y Qatar en 2022. Esta última elección ha sido muy criticada, sobre todo por las espantosas condiciones climáticas estivales, y el propio Blatter ha reconocido que esa elección ha sido un error.

 

“La Fifa es el presidente”

Los países organizadores esperan que las grandes obras de los estadios y otras instalaciones generen empleo, que el acontecimiento atraiga más turismo, que la imagen del país en el mundo mejore, y por mucho tiempo. Y también que sirva de impulso para la economía. Un enfoque cercano a la idea de crecimiento desequilibrado teorizado por el economista estadounidense Albert Hirchman en los años cincuenta.

Pero no es así. La FIFA se aprovecha del atractivo irracional que ejerce la organización de esta clase de acontecimientos para terminar imponiendo su ley. La vieja gloria del fútbol brasileño Romario, que hoy es diputado federal, ha llegado a decir que “el presidente de Brasil es la FIFA”. En efecto, en este tipo de eventos se observa de forma sistemática la “maldición del ganador de la subasta” o “the winner’s curse”, según la fórmula del economista del deporte Wladimir Andreff.

Valga recordar que para conseguir ser el anfitrión, los países sobrepujan. El organismo seleccionador elige entonces la mejor oferta, pensando en sus propios beneficios, mientras que el país designado se deja engañar sistemáticamente: Brasil, como los demás, se ha visto obligado a prometer unas inversiones que posiblemente jamás rentabilizará. Porque, a través del control de los derechos de retransmisión televisivos y del patrocinio, es la FIFA la que se lleva la parte del león de los beneficios inmediatos de la celebración del acontecimiento y no el país organizador. Y la misma lógica opera cuando se organizan otras importantes competiciones mundiales como los Juegos Olímpicos o la Copa de Europa de fútbol.

 

COSTE

Estimación del gasto de la organización del Mundial, en miles de millones de dólares. Principales partidas.

Construcción y renovación de 12 estadios 3,5
+Movilidad urbana 4,3
+Aeropuertos 3,4
+Seguridad 1,0
+Puertos 0,4
+Telecomonucaciones 0,2

 

Un pozo sin fondo

Aunque Grecia sufría ya de muchos males, la organización de los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004 los agravó. El déficit presupuestario del país, que en 2010 fue el primero de la lista europea en ser rescatado, llegó ese año al 7,4% del PIB y la afluencia de turistas que se esperaba para 2005 no tuvo lugar.

La mayoría de las 20 instalaciones construidas para los Juegos han permanecido cerradas después. La ciudad de Montreal, que organizó las Olimpiadas de 1976, terminó de devolver las deudas contraídas con ese motivo... en 2006. En Suráfrica, el Mundial de 2010 no ha contribuido a disminuir establemente el paro ni a aliviar las tensiones sociales en el país. Y varios estadios que fueron construidos con motivo de ese evento permanecen hoy abandonados en medio de la nada.

En 2012, la organización de la Eurocopa en Ucrania y en Polonia provocó numerosas críticas. La UEFA, potencia organizadora, exigió, sin pararse a considerar la situación económica de ambos países, tener a su disposición hoteles de cinco estrellas a menos de 45 minutos en coche de cada estadio, y que se instalasen cámaras de vigilancia tanto en los alrededores de los estadios como en las ciudades. Según las estimaciones efectuadas por el banco austríaco Erste Group, la renovación completa de las infraestructuras deportivas y hoteleras habría costado ¡30.000 millones de euros a los dos países!

Lo mismo ocurrirá, con toda probabilidad, en Brasil. Al menos se han construido seis estadios en distintas ciudades que no tienen equipos de fútbol suficientemente buenos para continuar llenándolos tras la Copa del Mundo.

La proyección mediática es igualmente absurda: el país es ya muy conocido y resulta que Río es la capital más visitada del hemisferio sur. Es cierto que se esperaban 600.000 visitantes durante las cinco semanas de competición, y que el Gobierno ha calculado que Brasil obtendrá 11.000 millones de dólares de ingresos ligados al turismo. Pero las imágemes reiteradas de enfrentamientos con la policía durante el Mundial podría tener un efecto boomerang: provocar que la imagen del país se empañara y que el año próximo viajen a Brasil menos turistas.

La disminución del poder adquisitivo, ligada al aumento de los precios que se ha derivado de la competición, era previsible: favorecer las grandes obras en un país cuyo índice de paro es ya bajo no puede llevar más que a subidas de los salarios que alimentan la inflación. Mientras tanto, las autoridades, temerosas de los levantamientos populares producidos, han tenido que movilizar a 170.000 policías y militares para hacer frente a las protestas que han pretendido empañar la que se considera “gran fiesta del fútbol”. En realidad... ¡Es otra nueva partida de gastos que añadir a la factura del Mundial!

 1. “The Global Long Term Interest Rate, Financial Risks and Policy Choices in EMEs”, BIS, Working Paper .° 441, febrero de 2014.

 

PARA SABER MÁS

Mondialisation économique du sport, por Wladimir Andreff.

Soccernomics, por Simon Kuper y Stefan Szymanski