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Los ‘green bonds’, entre el verde y el gris

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Marzo 2019 / 67

Inversión: Los ‘bonos verdes’, destinados a financiar proyectos bajos en carbono, tienen el viento a su favor. ¿Pero qué certifican esos títulos?

La ciudad china de Wuhan ha captado 8.500 millones de dólares en green bonds. FOTO: GETTY IMAGES

Situada en la China central, la ciudad de Wuhan no carece de ambición ecológica. Ha decidido multiplicar por seis su red de metro y ampliarla de 180 a 1.200 kilómetros. La alcaldía prevé también dotarse de autobuses eléctricos y de una flota de bicicletas de uso libre. Para financiar este ambicioso programa, Wuhan ha captado no menos de 8.500 millones de dólares en forma de green bonds: bonos verdes.

Se trata de empréstitos emitidos en los mercados financieros para financiar proyectos que contribuyan a la lucha contra el cambio climático del planeta. Desde que se firmó el acuerdo de París sobre el clima en 2015, estos títulos de deuda están teniendo un auténtico éxito: su volumen prácticamente se duplicó entre 2016 y 2017, hasta alcanzar los 162.000 millones de dólares. A pesar de un estancamiento en 2018, según su última estimación, la Organización Internacional Climate Bonds (CBI) cree que en 2019 se alcanzarán los 300.000 millones. ¿Son los green bonds una martingala para reorientar las inversiones hacia actividades bajas en carbono? La respuesta no es tan sencilla. No hay duda de la existencia de numerosos ejemplos que muestran que esos bonos contribuyen a la puesta en marcha de los compromisos adquiridos con el fin de controlar el cambio climático. Como Wuhan, muchas ciudades, de Nueva York a París, pasando por Ciudad del Cabo en Suráfrica, han emitido empréstitos con la etiqueta green bonds para financiar infraestructuras de transporte público. No solo Estados como Francia, Nigeria y China, sino también instituciones supranacionales como el Banco Mundial financian por ese medio su política climática. Por parte del sector privado, tanto bancos (BNP Paribas, Bank of America) como empresas privadas (el operador gasista Engie y Neoen, un productor francés de energías renovables) han emitido recientemente green bonds.

 

ANTE TODO, BONOS

Los aguafiestas observan, sin embargo, que esas operaciones financieras habrían tenido lugar aunque no existieran los green bonds y subrayan que la gran mayoría de las inversiones verdes están financiadas por bonos más convencionales. Según CBI, en 2017, de los cerca 900.000 millones de dólares en préstamos destinados a financiar inversiones verdes, menos de una cuarta parte eran green bonds. Son, pues, los bonos en cuanto a tal —y no su etiqueta verde— los pertinentes para la financiación de algunos proyectos verdes, es decir, los que ofrecen cierto rendimiento y un riesgo limitado.

¿Son los ‘green bonds’ una salida para reorientar inversiones?

El Banco Mundial financia por este medio  su política climática

Como subraya un reciente estudio del ICE (Institute for Climate Economics), esta modalidad de financiación es muy adecuada para proyectos de urbanismo (como infraestructuras de transporte) o energéticos (parques eólicos y fotovoltaicos) porque generalmente los emiten grandes actores (ciudades, grandes empresas) y son inversiones en principio seguras. Por el contrario, penalizan a ámbitos tan cruciales como la eficacia energética de las viviendas, que, debido a lo largo del tiempo de retorno sobre la inversión, están fundamentalmente financiadas por los particulares y el crédito bancario. Otros penalizados son también los proyectos considerados de riesgo, por ser de pymes o porque movilizan tecnologías aún no maduras.

 

MECANISMOS FINANCIEROS CLÁSICOS

¿Pueden los green bonds paliar estas limitaciones? La comparación de los proyectos financiados por los dos tipos de bonos incitaría a pensar que sí. Mientras que, en 2017, los transportes y la energía ocupaban cuatro quintas partes de los proyectos verdes financiados por bonos clásicos (el 61% y un 19%, respectivamente), los financiados por green bonds estaban más diversificados: la eficiencia energética de edificios (29%), seguían cerca de las energías renovables (33%), el transporte ocupaba solo la tercera posición (15%). Estas diferencias se deben en parte al auge, en el seno del abanico de los green bonds, de auténticos productos derivados verdes. El organismo de crédito estadounidense Fannie Mae emitió 27.600 millones de dólares de ABS (Asset Backed Securities), es decir, títulos respaldados por créditos inmobiliarios seleccionados por la eficacia energética de los edificios. Con esa operación masiva (el 15% de todas las emisiones), los ABS se pusieron a la cabeza de las emisiones de green bonds en 2017.

El caso de ABS confirma que los green bonds operan según los mecanismos financieros clásicos. Del mismo modo que los ABS verdes  recurren a la conocida práctica de la titulización (transformar una cesta de créditos en títulos de deuda), los inversores esperan de los green bonds el mismo rendimiento, a nivel de riesgo y duración equivalentes, que el de los otros bonos. 

 

RIESGO DE ‘GREENWASHING’

¿Qué aporta, pues, la introducción de una etiqueta verde? No es seguro que por sí sola cause un incremento de financiaciones. Según los investigadores de I4CE, si bien las emisiones de green bonds van a desarrollarse rápidamente en el futuro —desmintiendo la pausa que se ha observado en 2018—, podrían, sobre todo, sustituir a las clásicas emisiones de bonos en la financiación de proyectos verdes. El error consistiría, entonces, en interpretar el auge de los bonos verdes como un auge de las inversiones verdes, cuando se trataría fundamentalmente de un juego de suma cero, con el telón de fondo de unas políticas públicas demasiado timoratas como para iniciar el advenimiento de una economía baja en carbono.

Esta modalidad  opera según los mecanismos clásicos financieros

En definitiva, la virtud de la etiqueta verde es comunicar una información. Al emitir un green bond una empresa indica al mercado que emprende acciones a favor del clima. Y al acumular green bonds en su balance, un inversor señala que contribuye a financiar la transición hacia una economía baja en carbono.

El peligro radica en que esas operaciones financieras se limiten únicamente a mejorar la imagen de los actores sin que se traduzcan en un cambio de rumbo real. Este riesgo de greenwashing solo podrá ser conjurado armonizando y profundizando en los mecanismos actuales de certificación de green bonds, que aún se hallan en mantillas (véase recuadro 'Certificado aún en marcha'). Si esta condición se cumpliera, los green bonds podrían desempeñar plenamente su papel informativo distinguiendo en la cartera de los inversores los activos verdes, de los activos marrones y midiendo con precisión el giro de los actores, y de la economía en su conjunto, hacia una economía baja en emisiones de carbono. 

 

ARMONIZACIÓN

Certificado aún en marcha

Hoy no existe una única etiqueta green bond, sino varias, y no siempre coherentes entre sí. Aunque los green bond principles promulgados por la International Capital Market Association (ICMA) han sido generalmente aceptados, solo se aplican a los dos tercios de los green bonds emitidos por China. La etiqueta de este país, la China Green Bond Catalogue, promociona la reducción de las emisiones, pero sin excluir la posibilidad de recurrir a las energías fósiles, como las controvertidas centrales de carbón limpio. Sin embargo, hay en marcha una iniciativa para armonizar los criterios de elegibilidad chinos y europeos en lo referente a los green bonds. Otro problema es que las etiquetas existentes no prevén, generalmente, ningún mecanismo para garantizar que los emisores aplican realmente esos criterios, ni para medir el impacto efectivo de los proyectos financiados en el seno de la lucha contra el cambio climático. La única instancia que prevé este tipo de seguimientos es la Climate Bonds Initiative, hoy en día el certificado más exigente, y que afecta al 15% de las emisiones de green bonds.