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Nuclear: el naufragio de Areva

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Enero 2015 / 21

Energía: El fabricante del reactor nuclear EPR sufre pérdidas monumentales. La obstinación por invertir en un sector sin futuro cuesta ya muy cara a Francia.

Llegada de un reactor ERP a la localidad francesa de Flamanville. FOTO:GP CHERBOURG

Tiempos negros para Areva: el grupo francés especializado en energía nuclear, que tiene presencia en todos los niveles de la cadena, desde la extracción del uranio hasta la gestión del combustible usado, pasando por la construcción y el mantenimiento de los reactores, lo está pasando mal. A mediados de noviembre, Areva anunció que no podría cumplir sus objetivos previstos para 2015 y 2016 y originó una caída de las acciones hasta llegar al nivel alcanzado por la catástrofe de Fukushima en 2011. El grupo, que ya ha perdido 694 millones de euros durante el primer semestre del año, podría registrar más de 1.000 millones de números rojos durante todo el ejercicio. Standard & Poor’s ha bajado la nota de su deuda a BB+ (la categoría de las junk bonds, las obligaciones especulativas) y corren rumores de recapitalización.

Las causas de las dificultades por las que pasa Areva son múltiples. En primer lugar, están los repetidos retrasos y sobrecostes en la construcción de los dos reactores EPR. La obra de Olkiluoto, en Finlandia, lleva nueve años de retraso y ha costado (hasta el momento) la friolera de 3.º900 millones de euros a Areva, que asume todo el sobrecoste. La puesta en funcionamiento del ERP de Flamanville, en la región de La Manche, acaba de ser pospuesta a 2017 (frente a la fecha inicial de 2011) y su factura, que ya ha subido de 3.300 millones de euros a 8.500 millones, seguirá incrementándose. Estos fallos hacen que nos preguntemos si, tras varias décadas sin construir ninguna central, el sector nuclear francés no habrá perdido su tradicional saber hacer.

Como herencia de la presidencia de Anne Lauvergeon, Areva también se ve lastrada por sus aventuras en las minas de uranio, especialmente por la compra de Uramin, en 2007, por 1.800 millones de euros. La empresa adquirida tuvo luego que valorarse a cero.

La estrategia de diversificación en las energías renovables también ha resultado ser un fracaso. Además, como es evidente, Areva sufre aún las consecuencias de Fukushima: no tiene pedidos y su actividad de servicios (suministro y reciclaje de combustible) padece a la espera de que el medio centenar de reactores japoneses vuelvan a ponerse en marcha.

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En el fondo, el auténtico problema de Areva es de oferta. A comienzos de 2000, y de común acuerdo con Électricité de France (EDF), apostó por un renacimiento de la energía nuclear e invirtió de forma masiva. Pero esas previsiones demostraron no ser realistas antes incluso de Fukushima . Prisionera de su cultura de riesgo, también creó un producto, el EPR, demasiado caro y sobredimensionado respecto a la demanda mundial. Esto ha generado grandes decepciones como cuando Francia perdió la licitación de los Emiratos Árabes Unidos en 2011.

El naufragio de Areva no es sino el enésimo avatar del colbertismo high-tech, la política de grandes programas dirigidos por el Estado que se puso en marcha en la posguerra: si bien produjo algunos éxitos, también se saldó con numerosos y rotundos fracasos comerciales, como fue el del Concorde. 

 

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