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Bienestar, fronteras y feminismo

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Octubre 2018 / 62

Suecia: Cuando la población se aparta de los valores de la solidaridad, crece la derecha, se cierran las fronteras y se destruyen las bases del Estado de bienestar.

ILUSTRACIÓN: ELISA BIETE JOSA

En las elecciones que se acaban de celebrar en Suecia en 2018, el partido de la extrema derecha ha subido sustancialmente. Su tema estrella: la amenaza de la inmigración. Por su parte, el líder del Partido Socialdemócrata, Stefan Lofven, señaló que estas elecciones eran un referéndum sobre el estado del bienestar.  

En Suecia, los partidos de izquierda defienden el Estado del bienestar como pilar fundamental de un modelo social más equitativo, eficiente y sostenible. Esta ordenación de la sociedad en base al principio “a cada cual según sus necesidades y de cada cual según sus posibilidades” ha funcionado: los países nórdicos son los primeros en competitividad económica, en equidad social y de género, en estado de salud, en cohesión social e incluso en el índice de felicidad elaborado por la ONU. 

Los partidos de derecha, en cambio, siempre exigen recortes en prestaciones y servicios públicos, privatizaciones y bajadas de impuestos. Su orientación ultracapitalista (o neoliberal) se basa en dos dogmas: el primero, que el crecimiento económico resolverá los problemas de desempleo y pobreza, mejor cuanto menor sea la intervención pública. El segundo, que cada persona es responsable de atender a sus propios riesgos y necesidades. 

En resumen, para la derecha el Estado del bienestar siempre es excesivo. Pero, oh paradoja, esos mismos partidos se erigen en sus defensores cuando esto les sirve para agitar la inmigración como amenaza. En esos momentos se muestran preocupadísimos por el futuro del Estado del bienestar que ellos mismos están arruinando.

Sin embargo, las fronteras sí importan, aunque en un sentido muy diferente. Suecia ha sido víctima del conocido mito del “socialismo en un solo país”. Desde hace mucho tiempo, se ha mirado a sí misma y ha creído que era autosuficiente. Es cierto que su política exterior y de inmigración ha sido más progresista que la de otros países, pero ha cerrado los ojos al hecho de que su Estado de bienestar no podía sobrevivir aisladamente.

 

LA SOLUCIÓN, ABRIR FRONTERAS

Situar el debate en términos de si hay que cerrar las fronteras para proteger el Estado del bienestar es el mayor éxito de la derecha. Cuando la única solución, lo verdaderamente urgente, es abrir las fronteras para que el Estado del bienestar se extienda a todo el mundo. 

Cuando la población está desmovilizada, apartada de los valores de solidaridad, crece la derecha, se cierran las fronteras, se apoyan regímenes dictatoriales, se acentúa el militarismo, y se imponen programas de ajuste estructural que destruyen los incipientes estados del bienestar de los países. Como consecuencia, se estrangula el crecimiento económico de los países en desarrollo, se bloquea la posibilidad de frenar el cambio climático, crecen los conflictos armados y la represión, y aumenta el flujo migratorio. La derecha se beneficia y aprovecha para seguir alimentando este círculo vicioso.

Ahora bien, siendo estos extremos evidentes, se plantean varias preguntas. ¿Cómo es que la sociedad sueca ha perdido la iniciativa, se ha dejado recortar su sistema y ha abandonado al resto del mundo, para su propia desgracia? ¿Y cómo se explica que el éxito del modelo nórdico, aún incompleto, haya sido el secreto mejor guardado en el resto de los países?

Desde el mismísimo momento en el que cristalizaba el pacto social que dio origen al Estado del bienestar, los poderosos ya estaban organizándose para revertir esa singular correlación de fuerzas en su contra. Los lobbies de intereses financieros, aparte de manejar ejércitos y policías, fueron creando los llamados think tanks privados y públicos (incluyendo la OCDE, creada en 1961 “para promover la democracia y la economía de mercado”), invadiendo los organismos internacionales, comprando medios de comunicación, cooptando a exgobernantes para consejos de administración de las multinacionales, etc. 

Así, la comunidad científica se olvidó de todos los principios de la economía pública vigentes durante las décadas precedentes para volver a los viejos conceptos sin ningún reparo. Dando interesadamente la espalda a la experiencia acumulada, los dogmas neoliberales fueron avalados por los centros de investigación más prestigiosos a nivel mundial y gozaron de la necesaria colaboración de gran parte de los economistas mejor situados.

 

SOLIDARIDAD

Una teoría muy extendida es la de que los gobiernos no abordan problemas importantes porque perderían votos. Según esta teoría, la población estaría más preocupada por las cuestiones coyunturales que por aquellas que no tienen un efecto inmediato vistoso, como las políticas ecologistas o la inversión en infraestructuras sociales. 

Pero la historia demuestra que esto es falso. Los triunfos electorales más espectaculares han sido cosechados por partidos que han dado golpes de timón a favor de la solidaridad, como los laboristas en el Reino Unido en 1945, Olof Palme o Zapatero.  Por otro lado, la ciudadanía va por delante de los Gobiernos. Por ejemplo en el uso de energías renovables o en el cambio a una dieta vegetariana, a pesar de las trabas de los Gobiernos que deberían favorecer estos comportamientos en lugar de dificultarlos. El problema es que el poder ha sabido cooptar a una capa importante de la población. Una minoría está directamente pagada. Otra parte está embotada por la desinformación, el miedo y los cantos de sirena que le prometen mantener el confort contra los de más abajo. 

Para la derecha, el Estado de bienestar siempre es excesivo 

Suecia ha sido víctima del mito del “socialismo en un solo país”

En todos los países las mujeres apoyan más las políticas sociales

Por ejemplo: ¿es necesario, y posible, universalizar el derecho a la atención a la dependencia, suficiente y de calidad, por parte de los servicios públicos? Una minoría con corbata repite que sería insostenible. Estos y muchos otros creen que no necesitarán la solidaridad y que siempre habrá mujeres a las que recurrir para que les cuiden gratis o por un módico precio. 

En Suecia, al contrario que en nuestro país, los temas centrales en las campañas electorales son los relacionados con el Estado del bienestar. Otra espiral perversa: cuanto más débil es el Estado del bienestar de un país, menos se ocupa del tema la comunidad científica, periodística y política. Los hombres progresistas (sobre todo en los países familiaristas) son fans de los temas financieros, por ejemplo, pero están alejados de estos problemas tan determinantes en la vida de la mayoría. 

No así las mujeres. En estas elecciones suecas se ha vuelto a evidenciar el llamado gender gap.  El partido de extrema derecha ha obtenido el 24% de los votos entre los hombres y el 14% entre las mujeres. La brecha en el caso de los votos a Trump en 2016 fue similar (53% de los hombres y 42% de las mujeres). En todos los países, las encuestas revelan sistemáticamente que las mujeres son mucho más favorables a las políticas sociales. También están más preocupadas por el cambio climático y tienen comportamientos más ecológicos.

Pero el poder es masculino. Así, el capitalismo neoliberal encuentra una excelente muleta en esa capa de hombres que, en lugar de comprender que este sistema es insostenible y de trabajar por la ampliación de derechos a toda la población, se muestran insensibles ante los problemas reales de las personas. 

Cuestión de confluencia de intereses: el poder económico está interesado en mantener un sistema patriarcal en el que las mujeres resuelvan los cuidados (de paso se ahorran impuestos) y sirvan de mano de obra barata, mientras los hombres están 100% disponibles para la empresa. 

No es casualidad que, precisamente en esta situación de crisis extremas, se alce el movimiento feminista como el único articulado a escala mundial. Esta es la esperanza de la humanidad.