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Cambios en la distribución del empleo

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Enero 2017 / 43

El modelo energético está ligado a asuntos tan importantes como la alimentación, el comercio y el empleo. Este artículo quiere llamar la atención sobre ello e invitar a una reflexión.

ILUSTRACIÓN: PEDRO STRUKELJ

Hasta hace un par de siglos las sociedades humanas usaban fuentes de energía renovables de origen solar: fuerza muscular humana y animal, leña, viento y corrientes de agua. Una gran parte de sus materiales eran biológicos (madera, fibras vegetales, pieles animales) y los de naturaleza mineral se usaban con parsimonia y se extraían de lugares próximos (piedra, barro, arena, minerales metálicos). En conjunto, estos elementos configuraban una economía local y circular, en la que los residuos eran recuperados para la producción humana como recursos o volvían al medio natural sin problemas graves, al no experimentar los materiales usados grandes transformaciones químicas.

Con el paso al modelo fosilista, que se inaugura poco antes de 1800, cambian muchas cosas. Veamos qué ocurre en la distribución del empleo por sectores de producción, empezando por dos países significativos (véase  el gráfico) . 

Es de señalar que en 1950 ambos países habían llegado a tener un 33% de empleo en la industria, antes del proceso de desindustrialización fomentado por la mundialización. Las cifras correspondientes a España —¡con un siglo de retraso!— están reflejadas en el gráfico número  2.

A estos cambios en la estructura productiva hay que añadir una importante reducción del aporte de trabajo humano. La extensión de la semana laboral en España entre 1870 y 2000 da una idea aproximada de ello (véase el gráfico número 3).

 

ANTIMALTHUSIANISMO Y ALIMENTACIÓN

En la evolución antimalthusiana en la producción de alimentos  hay un factor clave: el desplazamiento masivo de población activa desde  la agricultura a los demás sectores sólo es posible porque la productividad agrícola crece enormemente. Un estudio longitudinal efectuado en una finca experimental inglesa, en Wiltshire, ha permitido estudiar la evolución agraria durante 151 años consecutivos: de 1826 a 1977. Los resultados, en síntesis, son los siguientes: el rendimiento por hectárea se ha multiplicado por seis  y la productividad por hora de trabajo humano por 30. Este resultado no se puede considerar  generalizable en sus cifras concretas, pero sí representativo del orden de magnitudes del cambio experimentado. 

¿Cómo se explica este salto tan espectacular, que, en una primera aproximación, refuta claramente los pronósticos que hizo  Thomas Malthus? Se pueden mencionar al menos seis factores explicativos: (1) la mejora genética; (2) la utilización de fertilizantes químico-minerales que permiten superar las limitaciones de los abonos orgánicos tradicionales; (3) el uso de herbicidas; (4) el uso de fitosanitarios y plaguicidas químicos para combatir enfermedades y plagas; (5) la maquinaria, que  ahorra mano de obra y tiene más potencial mecánico que los animales de tiro, y (6) el aumento en la eficiencia de las técnicas de regadío (como los bombeos mecánico o eléctrico, por ejemplo). 

En esta lista se puede observar que, salvo la mejora genética, todos los factores suponen insumos materiales y energéticos ajenos al sistema agrario. En la agricultura tradicional el abono era orgánico (estiércol o abono verde), la tracción era animal, las semillas procedían de cosechas propias anteriores, el pienso y la paja procedían de la propia finca u otra semejante: se trataba de insumos internos. En la agricultura industrial moderna, en cambio, se emplean fertilizantes químico-minerales procedentes de industrias que consumen minerales (fosfatos, nitratos, potasa, etc.) y petróleo; tractores y otra maquinaria que se mueven con gasóleo fósil y se fabrican consumiendo metales y energía del petróleo; agroquímicos; semillas y piensos adquiridos fuera de la finca; energía eléctrica para el regadío, el secado, etc. Se ha dicho, no sin razón, que esa agricultura transforma las calorías no comestibles del petróleo en calorías comestibles de los alimentos.

En 1800, con el modelo fosilista, se inauguran muchas cosas

El sistema actual es dependiente de aportes agotables 

Será obligatorio cambiar el actual modelo por uno cien por cien renovable

En suma, la alta productividad agrícola que hace posible alimentar a tanta gente con el trabajo de tan poca tiene un elevado coste en materiales no renovables y en energía, que hoy por hoy es básicamente energía del petróleo. El modelo tradicional circular y autónomo, que reposa sobre recursos locales y preserva sin abonos sintéticos la fertilidad de los suelos, ha cedido su lugar a otro modelo sumamente dependiente de aportes exteriores, casi todos no renovables. Este modelo milagroso,  que, en efecto, puede alimentar a más personas con menos trabajo humano,  tiene, sin embargo, la vulnerabilidad que se desprende de su dependencia de aportes agotables. ¿Qué ocurrirá cuando la carestía o escasez de petróleo provoque problemas en la minería de fosfatos y nitratos, en la fabricación de abonos químicos, de plaguicidas y de maquinaria, y en el transporte de todos estos insumos? Para mayor complicación, durante el último medio siglo se ha extendido por todo el mundo —incluidos los países del Sur— este tipo de agricultura industrial, asociada a grandes explotaciones, en detrimento de la agricultura familiar y orgánica, menos vulnerable a la escasez de energía y de materiales no renovables.    

Consideremos ahora el impacto extractivo de una economía moderna en lo que respecta a los materiales. Se trata del reflejo  del consumo de materiales (incluyendo los combustibles fósiles) y su evolución durante medio siglo en la economía española:

 

ECONOMÍA EXTRACTIVA Y DIVISIÓN DEL TRABAJO 

Para el consumo total, las cifras son 267 millones de Tm en 1955 y 1.509 millones de Tm en 2000. El incremento ha sido galopante en estos cuarenta y cinco años: se ha multiplicado por cinco. La rapidez y magnitud del cambio tiene mucho que ver, como en el caso de la productividad agrícola, con la abundancia y bajo coste de la energía fósil, que han abaratado la minería y la metalurgia y otros procesos industriales de tratamiento de materiales. Es también significativo que la parte de los recursos no renovables haya crecido mucho en comparación con la biomasa. Este dato apunta también a una mayor vulnerabilidad de la economía, en la medida en que usa proporcionalmente cada vez más recursos que no se pueden reponer.

La vulnerabilidad aumenta también si se considera la extrema subdivisión del trabajo a escala mundial. La búsqueda obsesiva de bajos costes laborales y ambientales hace que las distintas fases de la producción de numerosos productos (obtención de materias primas, productos semielaborados, ensamblaje) se dispersen por los cuatro puntos cardinales. El resultado es que la economía a escala mundial depende de un complejo entramado de interdependencias unido por un transporte incesante que quema en torno a la mitad de toda la energía consumida por la humanidad.

 

INTERROGANTES GRAVES DE CARA AL FUTURO

Los datos anteriores en su conjunto abren muchos interrogantes de cara al futuro. Se observa, ante todo, una gran dependencia respecto del petróleo y demás energías fósiles en tres aspectos básicos: (1) en la provisión de alimentos, (2) en la buena marcha de una economía mundial basada en una división internacional del trabajo muy avanzada que crea una interdependencia extrema, y por tanto una extrema necesidad de transporte, y (3) en la extracción masiva de recursos minerales del subsuelo. En los tres casos es vital disponer de energía abundante y barata, como ocurre hoy gracias a las fuentes fósiles de energía. El agotamiento de éstas  creará dificultades, antes incluso de llegar a su estación final, porque la escasez y los precios prohibitivos se manifestarán antes. Será obligado, quiérase o no, reemplazar el actual sistema energético por otro cien por cien renovable (pues el uranio, además de su peligrosidad, también se agotará por las mismas fechas). 

Si fuera posible efectuar a tiempo esta transición energética, las perspectivas en materia de alimentación, transporte y recursos minerales podrían tal vez adaptarse con relativa facilidad a la nueva situación. En el curso del proceso de abandono de las energías fósiles y de creación de nuevos aparatos y nuevas infraestructuras adaptados al nuevo esquema energético se podrían, con las adaptaciones precisas, evitar — en la provisión de los alimentos y los recursos necesarios— discontinuidades y sobresaltos graves para la economía mundial. 

Entra dentro de lo posible que no tenga lugar a tiempo una transición energética ordenada, sino procesos descoordinados y convulsos, con grandes diferencias de evolución entre los distintos Estados. En los países ricos hay fuertes resistencias por parte del poder económico a una transición acelerada y ordenada, y en los países pobres, además, no hay ni infraestructuras industriales ni recursos financieros para poder emprenderla. 

No podemos permitirnos cometer el error de que la transición energética no llegue a tiempo. No obstante, esta eventualidad genera incertidumbre, la cual aconseja, en mi opinión, plantearse, a la vez que la transición energética, una serie de adaptaciones a la era poscarbono que hagan posible (1) un suministro suficiente de alimentos para todo el mundo, (2) una división del trabajo y una organización territorial más resilientes — y concretamente menos vulnerables a colapsos en el transporte mundial— y (3) un consumo mucho más moderado de recursos no renovables, sobre todo minerales metálicos. Se trataría de pasar a una agricultura ecológica, a una producción de proximidad que confíe más en los recursos locales y a una industria con productos menos obsolescentes, con más reutilización, reparación y reciclaje de los mismos. Este tipo de medidas van en la línea de conseguir una transición ecológica. Las incertidumbres asociadas a la ineluctable escasez de energías convencionales (las fósiles y la nuclear) a la vuelta de pocos años aconsejan, por tanto,  que se acometa a la vez que la transición energética una transición ecológica general. Estos riesgos son otro argumento de  peso para dar prioridad y urgencia a la transición energética hacia un sistema cien por cien renovable.

Sería un error que la transición ecológica no se produjera a tiempo

Una última observación. A la vista de lo dicho, parece verosímil que crezca la demanda de mano de obra para una agricultura menos química y mecanizada, para una industria con menos recursos naturales vírgenes, y, en general, para un contexto de escasez de energía, lo cual podría tener efectos positivos en la absorción del paro. ¿Es razonable el discurso, tan difundido, sobre “el final del trabajo” en el próximo futuro y los pronósticos de una jornada laboral cada vez más reducida? Lo dudo mucho. En todo caso, la polémica está servida…

 

1. Las referencias a la población activa y por sectores en España proceden de A. Carreras y X. Tafurell, coords., Estadísticas históricas de España, siglos XIX-XX, Fundación BBVA, 2005 (consultas en www.fbbva.es). Las de la evolución de una finca inglesa entre 1826 y 1977, de Bayliss-Smith, The ecology of agricultural systems, 1982. Las de requerimiento de materiales, de O. Carpintero, El metabolismo de la economía española, 2005, anexo estadístico, tablas 1 y 2, pp. 597-600.

2. Carles Riba (Recursos energètics i crisi. La fi de 200 anys irrepetibles, Barcelona, UPC, 2011) lo sitúa hacia el año 2060.