¿Hasta dónde ha llegado el progreso técnico?

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    Estimulado por las inversiones en investigación, animado por los poderes públicos, el progreso técnico constituye hoy el centro de la atención. Mejora la productividad pero trastoca los empleos.

    ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ

    01. Rasgos fundamentales del progreso técnico

    El concepto de progreso técnico, o el de innovación, muy próximo a él, tiene un sentido más amplio para los economistas que para los ingenieros. Los primeros incluyen en él todas las ideas nuevas que mejoran lo existente. Para ellos es el motor del crecimiento económico, pues amplía la eficacia de los factores de producción. Dicho en otras palabras, genera un crecimiento de la productividad*.  Ello es evidente en el caso de las nuevas técnicas de producción o de las nuevas formas de organización del trabajo que se establecen precisamente con ese objetivo. 

    Respecto a la invención de nuevos productos, el tema es más complejo. La empresa introduce un bien nuevo para reducir la presión de la competencia, aumentar su cuota de mercado y su margen. Para ella es, pues, una fuente de crecimiento de  la productividad. ¿Pero lo es también a escala macroeconómica? Es probable, pero no se puede afirmar con toda certeza. Los economistas han resuelto el problema formulándolo al revés: se define como progreso técnico todo lo que hace crecer la productividad, tomando como medida la productividad total de los  factores de producción* .

    La innovación así considerada no se reduce a las evoluciones tecnológicas, como por ejemplo las pantallas flexibles, sino que se extiende a los nuevos modos de organización del trabajo y de la producción, de comercialización o de financiación. Así, el modelo económico consistente en vender libros digitales o paquetes telefónicos únicamente por Internet, ahorrando de ese modo los costes de instalación de tiendas, puede ser considerado un progreso técnico. En opinión del economista austriaco Joseph Schumpeter (1883-1950), la reorganización de las estructuras de mercado, especialmente la variación del grado de competencia, puede constituir también una forma de innovación.

    Esta definición multiforme de progreso técnico explica por qué se cree que sus orígenes son diversos. Hoy se considera que la principal causa  es la investigación y desarrollo (I+D), inversión realizada sobre todo por las empresas para transformar los descubrimientos científicos en productos o métodos de producción nuevos. Pero los servicios encargados de las ventas y el marketing participan también en la innovación, y los poderes públicos contribuyen a financiar el desarrollo de pasarelas entre investigación científica e investigación aplicada. Factores más generales, como la globalización, contribuyen también al progreso técnico: al abrir nuevos mercados, beneficia las economías de escala; al permitir producir en cualquier país, mejora la utilización de los recursos; al acelerar la circulación de ideas, favorece nuevas combinaciones o nuevas aplicaciones.

    El progreso técnico trastoca las estructuras productivas: a medida que unos objetos sustituyen a otros (la llegada del teléfono móvil hizo que desaparecieran las cabinas telefónicas), aparecen nuevas actividades y nuevos empleos, y otros pasan a ser obsoletos y se suprimen. Aquel que posee una técnica superada está obligado a cambiar su cualificación o a reconvertir su capital.  Este movimiento de “destrucción creadora”* pone de manifiesto una dimensión esencial del progreso técnico: al obligar a los hombres a cambiar y adaptarse, es desestabilizador y provoca oposiciones. Dado que cuestiona los modos de producir y la jerarquía de las empresas o de los países, es un factor de inseguridad, susceptible de demorar o bloquear sus efectos positivos.  

    ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ

    02. Efectos ambiguos

    Un efecto positivo del crecimiento de la productividad es un aumento del poder adquisitivo como resultado de la disminución de precios o del incremento de las remuneraciones: una hora de trabajo nos permite producir más y, por tanto, consumir más. Pero el crecimiento de productividad también se utiliza para reducir la duración del trabajo, lo cual significa que no solo somos más ricos que nuestros antepasados, sino también que trabajamos menos (1). En Francia, la duración del trabajo se ha reducido a la mitad desde finales del siglo XIX, y no es un ejemplo aislado; el número total de las horas utilizadas en la economía ha disminuido, casi continuamente, durante más de un siglo. El reverso de la moneda es que el crecimiento de la productividad destruye empleo cuando el aumento de la producción de la empresa no compensa sus efectos. A nivel del conjunto de la economía, estas destrucciones se ven compensadas por creaciones, pues el aumento del poder adquisitivo favorece el del gasto, la producción y el empleo. La teoría económica no nos permite saber cuál de los dos efectos supera al otro.  Hasta ahora, el crecimiento de la producción ha bastado generalmente para evitar un desempleo tecnológico masivo.

    El progreso técnico tiene también efectos cualitativos: los nuevos puestos de trabajo no piden obligatoriamente la misma cualificación ni están situados en la misma región que los viejos. Si sumamos las contrataciones, los traslados en comisión de servicio a otras empresas y las movilidades internas, cerca de 30.000 personas cambian de empleo cada día en Francia.  Se trata de una presión muy fuerte que exige unos mercados de trabajo sofisticados y un acompañamiento por parte del Estado sin los cuales las adaptaciones son lentas y dolorosas.

    Otro efecto del progreso técnico es el de favorecer la inversión.  Esta es esencial para el crecimiento, pues multiplica la eficacia del trabajo humano. Pero se ve limitada por la ley de los rendimientos decrecientes: cuantos más equipamientos se añaden, más se debilita el aporte de cada máquina hasta llegar a un momento en que invertir en máquinas suplementarias no sirve. No obstante, al innovar el equipamiento, la empresa no se beneficia de más herramientas sino de herramientas diferentes que permiten hacer cosas nuevas o aumentar la eficacia. Las razones para invertir se renuevan, de este modo, permanentemente. 

    En sentido contrario, estas inversiones materiales son la principal vía de la innovación en la empresa. La otra es la inversión en formación o en “compra de ideas” (patentes, etc.). Así se explica el aumento a largo plazo del nivel de vida, que puede proseguir siempre y cuando la extracción de recursos naturales sea soportable y el progreso técnico, suficiente. Pero ¿qué pasará si la propia innovación sufriera rendimientos decrecientes? La idea de crecimiento sin límite se pondría en entredicho y asomaría la amenaza del estancamiento. 

    03.¿Está ralentizándose el progreso técnico?

    ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ
    Los economistas han avanzado ya la idea de que el progreso técnico está ralentizándose. El primer argumento explica que a medida que una economía se desarrolla, los frutos más fáciles de alcanzar ya han sido recogidos, por lo que innovar es cada vez más difícil. Así, en la industria farmacéutica el coste del descubrimiento de una molécula interesante ha ido en constante aumento hasta alcanzar hoy cerca de 1.000 millones de euros.

    Si bien no se pueden excluir las rupturas radicales, algunos economistas constatan que la última revolución industrial ha cambiado mucho menos las cosas que las precedentes. Paul Krugman explica que los sistemas informáticos de reserva de billetes de avión son fantásticos, pero representan una mejora muy escasa respecto a la que significó el propio avión. En el mismo sentido, el economista estadounidense Robert Gordon considera que “la innovación desde el año 2000 se centra en el ocio y la comunicación, pero no cambia fundamentalmente la productividad del trabajo o el modo de vida como lo hizo la luz eléctrica, el automóvil o el agua corriente”(2).

    La segunda causa posible del agotamiento de la innovación es la denominada “enfermedad de los costes” descrita por William Baumol. Según este economista estadounidense, el crecimiento de productividad es claramente más lento en el sector servicios, donde la producción consiste en gran parte en trabajo humano: las artes escénicas, los servicios que implican una relación personal con el cliente y también la investigación. Como la productividad aumenta rápidamente en sectores como la industria, el empleo se refugia principalmente en los servicios estancados, de suerte que los aumentos de productividad del conjunto de la economía, que son la media de los aumentos realizados en los diferentes sectores ponderados por su peso, se ralentizan inexorablemente.

    Sin embargo, Baumol  suaviza esta idea en su último libro (3). a su juicio, ese razonamiento subestima los efectos de los progresos técnicos recientes sobre la eficacia de la economía. Tomemos por ejemplo la creación de software. Se trata de una actividad intelectual que utiliza fundamentalmente el trabajo y en la que el crecimiento de la productividad es escaso. Pero el software mejora la producción, por lo que el aumento para el conjunto de la economía ligada a este sector debe contarse dos veces: en su producción y en su utilización por la industria. El trabajo ligado al software pasa a ser mucho más productivo que lo que nos haría pensar una medida directa. Los beneficios de la tercera revolución industrial deberían ser, pues, evaluados de nuevo, ya que el ordenador, Internet y los smartphones cambian radicalmente ,la transmisión de la información y la comunicación.

    Una tercera causa posible de ralentización es la orientación de la economía hacia las finanzas. Un estudio del Banco de Pagos Internacionales (BIS en sus siglas en inglés) señala que  el desarrollo del sector finanzas  va acompañado de una lentificación del crecimiento de la productividad (4). Una posible explicación es que las finanzas compiten con los otros sectores (la investigación o la industria, por ejemplo)  para atraer recursos escasos como los matemáticos, y en esta competición dispone de una baza fundamental: unas remuneraciones muy superiores a las de los otros sectores. El desarrollo del sector finanzas reduciría, pues, las competencias disponibles para otros sectores y contribuiría así a explicar por qué el progreso técnico, tal como lo miden los economistas, tendría cada vez menos efecto sobre nuestras economías.

    LÉXICO

    Crecimiento de la productividad: incremento de la cantidad de riqueza producida en un tiempo de trabajo determinado.

    Productividad total de los factores: productividad calculada como las medias ponderadas de la productividad del trabajo y del capital.

    Destrucción creadora: con este término, acuñado por Schumpeter, se define el movimiento de destrucción y de creación de actividades que genera el progreso técnico. La creación de nuevas actividades es consecuencia de la desvalorización del capital originada por el agotamiento de los beneficios ligados a las técnicas precedentes. A la inversa, la innovación genera la obsolescencia de lo existente y su destrucción.

    (1). Esta afirmación debe, sin embargo, limitarse a las sociedades asalariadas. Algunos estudios permiten, en efecto,  pensar que el tiempo dedicado a buscar alimento o a fabricar objetos era de unas pocas horas diarias en las sociedades primitivas. Véase al respecto el libro clásico de Marshall Sahlins,  Economía de la Edad de piedra (Akal, 1977).
     
    (2). Véase  Robert Gordon, “Is US Economic Growth Over? Faltering Innovation Confronts Six Headwinds”, NBER Working Paper  n.º 18315, agosto de 2012. 
     
    (3). Véase William Beaumol, The Cost Disease. Why Computers Get Cheaper and Health Care Doesn’t?’, Yale University Press, 2012.
     
    (4). Véase Stephen G. Cecchetti y Enisse Kharoubi “Reassessing the Impact of Finance on Growth”. BIS Working Papers n.º 381, julio de 2012. (www.bis.org/publ/work381.pdf).

     

      

    Una variable incómoda para los economistas

    A la teoría económica estándar le cuesta incorporar el progreso técnico, pues está concentrada en el equilibrio económico, y la innovación rompe dicho equilibrio. Fueron dos economistas heterodoxos, Karl Marx y Joseph Schumpeter, los primeros en pensar en esa cuestión, pero hubo que esperar hasta la década de 1950 para que Robert Solow desarrollara  un modelo matemático de crecimiento que incluía el progreso técnico en el seno del marco neoclásico. 

    El modelo Solow proporciona estimaciones cuantificadas de las contribuciones de los diferentes factores de producción al crecimiento, aunque incluye la innovación de modo poco satisfactorio pues supone que es independiente de la evolución económica. Comparando el progreso técnico a un maná caído del cielo, Frank Hanh y Robert Matthews consideran que “si la abundancia de ese maná es una función de las fuerzas socioculturales, puede ser correcto tratarlo como una variable exógena; no lo es cuando está en función de la inversión, del índice de beneficio o de otra variable económica”.

    Edmund Phelps propuso en 1966 otro modelo en el que integraba el progreso técnico como una variable dependiente de lo que acontece en la economía. Pero no tuvo seguidores y hubo que esperar a los estudios desarrollados por Paul Romer en 1986  y 1990 para encontrar unos modelos de crecimiento que integraban el progreso técnico como una variable ligada a la actividad económica.  Numerosos autores han propuesto después presentaciones alternativas, pero ninguna se ha impuesto. 

    Desde hace diez años,  la investigación en este asunto parece agotada. La principal dificultad que hay que superar es que la economía neoclásica, en la que se basan la mayoría de los autores, describe un mundo carente de dinámica... ¡y de progreso técnico!

     

    PARA SABER MÁS

    Engogenous Growth Theory, por Philippe Aghion y Peter Howitt, MIT Press, 1998. Manual moderno y preciso pero cuya lectura exige cierta cultura matemática.

    Economie de l’innovation, por Dominique Guellec, colección Repères, La Découverte, 2009. Un librito pedagógico y muy completo sobre este tema. 

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