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La economía y la verdad

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Junio 2013 / 4
Foto artículo: La economía  y la verdad

Escritor

A pesar de que la crisis aconsejaba exactamente lo contrario, el núcleo de la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora dirige hoy la economía mundial.

Los economistas que se plegaron a la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora han venido repitiendo desde la quiebra de Lehman Brothers, en septiembre de 2008, que la profundidad de la crisis en la que se precipitó el mundo, así como la crisis misma, eran imprevisibles.

Puede que estén mintiendo, pero más grave aún que el hecho de que estuvieran mintiendo sería que lo hiciesen diciendo la verdad. En vísperas de la quiebra de Lehman Brothers, las agencias de evaluación de riesgos, los organismos económicos internacionales y los gobiernos de las grandes potencias seguían considerándolo un banco solvente, y ahí radicaba la mentira. La verdad mediante la que se expresaba esa mentira se encontraba, por su parte, en que los nuevos conceptos y la política económica que se hacía derivar de ellos contribuían a enmascarar la catástrofe que se estaba gestando, no a prevenirla ni menos aún a evitarla.

ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ

Una de las principales premisas de la ortodoxia económica impuesta por la revolución conservadora consistía en confundir desregulación con liberalización, y, amparándose en este equívoco, defender la necesidad de extender la desregulación al conjunto de la economía, cuando, dependiendo del mercado del que se tratase, se contentaba con una liberalización de las normas existentes. En la práctica, la ortodoxia económica impuesta por la revolución conservadora solo aplicó la desregulación al flujo internacional de capitales, que en el plazo de pocos años pasó de estar sometido a autorizaciones administrativas y de ser perseguido penalmente en determinadas circunstancias, a través del delito de evasión de divisas, a operar sin ningún género de normas. El comercio internacional, por su parte, nunca se desreguló ni tampoco fue objeto de ninguna iniciativa que lo propusiera: rondas de negociación como las de Doha buscaban pactar nuevas normas de comercio y no su abolición, como sucedió con el flujo internacional de capitales. Por lo que respecta al mercado laboral internacional, la ortodoxia económica impuesta por la revolución conservadora defendió abiertamente la intervención, fijando cuotas de extranjeros autorizados a cruzar las fronteras y a trabajar en países distintos del suyo, y discriminándolos por sectores de actividad e, incluso, en virtud de criterios como el origen, el credo, la raza o la lengua, que vulneraban los principios del Estado de derecho.

ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ


Disolver el riesgo

En vísperas de la quiebra de Lehman Brothers, la situación económica mundial era un creciente motivo de preocupación ante la extensión y la gravedad de los efectos generados un año antes por la crisis de las hipotecas basura en Estados Unidos. La ortodoxia impuesta por la revolución conservadora se limitó a enarbolar entonces otra de sus premisas, de la misma trascendencia que la deliberada confusión entre desregulación y liberalización: los cambios normativos que, inspirados por sus hipótesis, se habían introducido en el sistema económico internacional —desregulación del flujo de capitales, liberalización del comercio e intervención del mercado laboral internacional— no obedecían a ninguna voluntad política ni a ningún programa, sino a la inexorable determinación de los avances tecnológicos.

Desde esta interpretación de la realidad, no solo era inútil revisar las decisiones que habían llevado a la crisis de las hipotecas basura y que originaría la quiebra de Lehman Brothers; además, había que abstenerse de promover ninguna respuesta desde las instancias políticas, ya que, siempre según la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora, los mercados desregulados corregirían las desviaciones por sí solos y nada resultaría más perjudicial que interferir en sus procesos.

Disolver los riesgos ha llevado al absurdo de un mundo donde los actos no tienen consecuencias

Sólo se ha desregulado el flujo de capitales. Ni el comercio ni el mercado laboral

Disolver el riesgo ha sido siempre una estrategia económica juiciosa, y a ella parecían haberse ajustado los gestores de Lehman Brothers aceptando participar en el carrusel de los denominados productos financieros complejos, una mezcla de activos bancarios sólidos y dudosos. Esta estrategia juiciosa dejaba de serlo, sin embargo, si se olvidaba que el riesgo no se puede disolver indefinidamente porque sostener lo contrario conduciría al absurdo de borrar las diferencias entre los efectos de una decisión correcta y los de una equivocada; conduciría al absurdo, por lo demás fatalmente atractivo, de un mundo donde las acciones no tienen consecuencias. Lamentablemente, ese fue el absurdo en el que incurrieron los gestores de Lehman Brothers, además de las agencias de evaluación de riesgos, los organismos económicos internacionales y los gobiernos de las grandes potencias. Convencidos de que lograrían disolver indefinidamente el riesgo mediante el carrusel de productos financieros complejos, actuaron como si estuvieran alcanzando el reino de la seguridad económica absoluta; en realidad, estaban construyendo un sistema de interdependencia cuya formidable dimensión, unida a la total ausencia de controles debida a la desregulación, multiplicaba las posibilidades de que la materialización de un riesgo limitado desencadenase en el conjunto efectos incontrolables.

El carrusel de los productos financieros complejos solo pudo ser viable en un entorno económico internacional como el que favoreció la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora: al carecer de normas el flujo internacional de capitales, la estrategia de disolver el riesgo en la que aceptó participar Lehman Brothers pudo desarrollarse a escala mundial, lo que concedía una equívoca verosimilitud a la idea de que era aplicable indefinidamente. Que la estrategia de disolver los riesgos mediante productos financieros complejos tuviera el mundo como escenario, no un país o un grupo de países, no significaba que su aplicación careciera de límite, sino que el límite, el punto de no retorno en el que la estrategia dejaba inevitablemente de funcionar, se encontraba a tanta distancia que concedía un amplio margen de maniobra. En contrapartida, alcanzado ese límite, ese punto de no retorno en el que la estrategia dejaba inevitablemente de funcionar, la crisis no se ceñiría a un país o a un grupo de países, sino que tendría efectos a escala mundial. A lo largo de 2009, la quiebra de Lehman Brothers arrastró la de otros bancos y entidades financieras que, dentro y fuera de Estados Unidos, habían aceptado participar en el carrusel de los productos financieros complejos. Súbitamente transformados en activos tóxicos, en activos sin valor o de un valor difícil de estimar por la cantidad de riesgo que incorporaban, los productos financieros complejos desestabilizaron el sistema bancario mundial, cuyas dificultades, aún no resueltas, se trasladaron de inmediato a la economía real causando paro masivo y recesión.  

Junto al problema de adoptar medidas para contrarrestar la crisis, que la ortodoxia económica impuesta por la revolución conservadora resolvió que no se interfiriese en los mercados desregulados —Lehman Brothers se declaró en quiebra el 17 de septiembre de 2008 ante la deliberada pasividad de la Administración norteamericana—, se perfilaba otro de no menor trascendencia: el problema de la depuración de responsabilidades. Fue en aquellas fechas cuando se conoció la cuantía de las retribuciones de los gestores de las entidades financieras y las grandes corporaciones, desproporcionadas en cualquier circunstancia pero, además, ofensivas y hasta inmorales en una situación de crisis en la que miles de personas estaban perdiendo sus ahorros, sus empleos y sus casas. El escándalo de las cifras contribuyó a ocultar la audacia maliciosa de los procedimientos para fijarlas, dirigidos a preservar una apariencia de objetividad técnica tras la cual amparar la arbitrariedad.

Todo consistía en establecer un juego de responsabilidades cruzadas en el que los gestores que ejecutaban las decisiones económicas no fuesen responsables de su diseño, que correspondía a expertos ubicados en consultoras y gabinetes externos y formalmente independientes, y los expertos que las diseñaran no estuvieran en relación directa con su ejecución, que era competencia de los gestores de las entidades financieras y las grandes corporaciones. Unos tomaban como referencia la teoría económica y los otros los resultados prácticos de la decisión, de manera que si los resultados prácticos eran insatisfactorios, los expertos que diseñaron la decisión no eran responsables, porque no la habían ejecutado, y tampoco los gestores que la habían ejecutado, porque no la diseñaron.

Para cerrar definitivamente el bucle de la arbitrariedad, el sistema de auditorías, también externas y también formalmente independientes, recorría el mismo camino que los expertos y los gestores solo que en sentido inverso, y traducía en lenguaje especializado una tautología: confirmaba que los resultados prácticos eran consecuencia de la decisión de los gestores; a continuación, comprobaba que la decisión de los gestores se ajustaba al dictamen de los expertos y, por último, ratificaba que el dictamen de los expertos se correspondía con la teoría económica. Si los resultados prácticos eran positivos, la auditoría se confundía con un intrascendente trámite burocrático; pero si eran insatisfactorios, la auditoría servía entonces para confirmar que las responsabilidades correspondían a la teoría económica y no a los gestores ni a los expertos, puesto que era la teoría económica la que había inspirado dictámenes equivocados sobre los que, a su vez, se habían adoptado decisiones igualmente equivocadas.
Esto significaba que, en el caso de la quiebra de Lehman Brothers, como también en el de las decisiones arbitrarias e irresponsables de las agencias de evaluación de riesgos, los organismos económicos internacionales y los gobiernos de las grandes potencias, era posible mentir diciendo la verdad y asegurar, sin traicionarla aparentemente, que la profundidad de la crisis, así como la crisis misma, eran imprevisibles.

“Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral —escribió Friedrich Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral—, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la ‘verdad’ dentro del recinto de la razón”. Bastaría sustituir el término razón por la expresión ortodoxia impuesta por la revolución conservadora, para comprender que los economistas que se plegaron a ella se condenaron a “traer a la luz una verdad nueva”, pero “de valor limitado”; una verdad que, siempre en palabras de Nietzsche, “no contiene un solo punto que sea ‘verdadero en sí’, real y universal”. Desde que el flujo internacional de capitales fue desregulado bajo el empuje de la revolución conservadora no dejaron de aparecer señales de que se estaba cebando una crisis de dimensiones formidables en la economía mundial, aunque fueron rigurosamente desatendidas. El volumen de las transacciones financieras multiplicaba por cifras inéditas el de las reales, síntoma inequívoco de que el sistema bancario internacional se adentraba en un episodio de especulación que tarde o temprano se desmoronaría. Los precios del sector inmobiliario se disparaban cuando la oferta de vivienda cubría sobradamente la demanda, un comportamiento anómalo que revelaba la existencia de una formidable burbuja en la que participaron tanto las entidades financieras como innumerables ciudadanos. Pero estos y otros signos eran verdades que los economistas que se plegaron a la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora, los economistas que habían escondido una cosa detrás de un matorral para ponerse a buscarla, no podían integrar en su análisis de la realidad porque se lo impedía el marco conceptual desde el que lo llevaban a cabo; se lo impedía el hecho de que, para ellos, solo la cosa que habían escondido detrás del matorral podía considerarse verdad.

La crisis económica que desencadenó la quiebra de Lehman Brothers debería haber llevado a abandonar la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora, puesto que fueron sus hipótesis y las políticas que se inspiraron en ellas las que la gestaron y las que contribuyeron a enmascararla antes que a prevenirla y menos aún a evitarla. Paradójicamente, el resultado ha sido el contrario: salvo medidas excepcionales adoptadas en el instante último antes de que la crisis se convierta en catástrofe, el núcleo de la ortodoxia impuesta por la revolución conservadora sigue dirigiendo la economía mundial.

Es posible mentir diciendo la verdad y asegurar que la crisis era imprevisible

La política económica ya no se considera al servicio del progreso y el bienestar del hombre

Puede que la causa no deba buscarse únicamente en el hecho de que los expertos, gestores y consultores que adoptaron las decisiones mediante un juego de responsabilidades cruzadas sigan haciéndolo, aunque hayan cambiado de lugar y hayan pasado en ocasiones de los consejos de administración a los de ministros. La política económica, toda la política económica, tanto la que originó la crisis como gran parte de la que busca ahora resolverla, ha dejado de considerarse como un simple instrumento al servicio del progreso y del bienestar material del hombre, y se ha convertido en la manifestación empírica de una ciencia que fija sus objetivos en función de su propio desarrollo. Recuperando la estructura del discurso utópico, la política económica no se propone combatir el sufrimiento, sino justificarlo como mal necesario; no se propone impedir el sacrificio de generaciones enteras, sino legitimarlo mediante la promesa de un porvenir radiante. El discurso utópico dejó detrás de sí un mundo en ruinas, falta por saber qué mundo dejará la política económica convertida en manifestación empírica de una ciencia.