La mujer en un mundo masculino

  • Por (Ex presidente de CEPES y ex miembro de Mondragón Corporación Cooperativa)
    Junio 2018

    El hombre debe despertar de su sueño de buscador de éxitos externos y regresar a la realidad del hogar.

    ILUSTRACIÓN: PEDRO STRUKELJ

    Zygmunt Bauman, en un librito titulado Trabajo, consumismo y nuevos pobres (Gedisa, 2017), dice, citando a otros autores: “La crisis del mundo occidental reside en el hecho de que dejó de cuestionarse a sí mismo”, cuando cuestionarse a sí mismo fue el secreto de su búsqueda para perfeccionarse. He de confesar que me gustó este análisis, pues ayuda a comprender qué pasa en un mundo donde unos, los menos, concentran mucho capital, y otros, los más, se rodean de considerable pobreza. La incapacidad para que la sociedad actual se cuestione qué esta ocurriendo ayuda a entender por qué se nos mueren las personas en el Mediterráneo huyendo del hambre, o de la muerte, que en sus territorios les rodea, sin que el llamado mundo desarrollado se entere, o no mire lo que ocurre. El Roto lo describía en una ilustración en la que uno estaba viendo las noticias en la tele y pensaba si acaso le daban las noticias con anestesia porque al verlas no sentía nada. 

    Bien, pues este abandono de la capacidad de “cuestionarse a sí mismo” puede explicar muchas de las situaciones que abandonan a la mujer a sus circunstancias en este mundo masculinizado que vivimos. Bauman, en este libro, también lo analiza. Y lo hace describiendo algunas desviaciones en el concepto del trabajo, pensando que cuando se habla de trabajo se piensa solo en el remunerado (lo no remunerado no es trabajo), asociando trabajo solo con el mercado de trabajo, que contrata y paga la fuerza de trabajo convenida. Bauman dice que esa asociación debería romperse, pues contamina la concepción política. Los políticos (también las mujeres que se dedican a la política) siempre hablan del trabajo remunerado. La política sigue siendo, en gran medida, cosa de hombres, aunque muchas mujeres actúen en ella. Lo cierto es la que la identidad del trabajo con el trabajo remunerado fue una conquista de los varones que, como señaló Max Weber hace tiempo, montaron sus negocios fuera del hogar, donde dejaban a sus mujeres para que desempeñaran las otras actividades necesarias para vivir. Desde entonces, esas actividades dejaron de ser consideradas trabajo y, en consecuencia, se transformaron en económicamente invisibles porque “el trabajo quedó restringido a las actividades que figuran en los libros de negocios”. “Quedó fuera del trabajo, prácticamente, todo lo perteneciente al mundo de las mujeres”.

    Es aquí donde aparece la dificultad de visibilizar el trabajo de la mujer como imprescindible para la vida. Paradójicamente, se delegan en la mujer las actividades necesarias para vivir, pero esas actividades no tenían valor al no ser consideradas trabajo, ya que este solo era el remunerado. La mujer asumió lo no remunerado, pero imprescindible para vivir. Cuando la mujer decide salir del hogar para incorporarse al trabajo remunerado se desatan innumerables problemas, especialmente en el hombre por ver amenazado su condición, problemas que tienen repercusión en la vida familiar y, especialmente, en la relación de pareja. Ulrich Beck lo analiza muy bien en un libro, que escribió con su esposa, Elisabeth, titulado El normal caos del amor (Paidós).

    Cuando se incorpora al mercado de trabajo, la mujer pasa de lo invisible, considerado no trabajo, al visible trabajo asalariado. En pleno siglo XXI, su reconocimiento aún no está solucionado, y la brecha salarial entre hombre y mujer, realizando las mismas actividades, no se sabe explicar políticamente, pero sigue existiendo. La incapacidad de nuestra sociedad de autorrevisarse para renovar comportamientos y mejorarse hace difícil que los esquemas sociales cambien y se readapten a las circunstancias nuevas que exigen cambios de conceptos, especialmente en el tema de la mujer. Quienes han de provocar el cambio son mayoritariamente hombres y no siempre tienen capacidad para ver los errores del sistema, precisamente por ser herederos de ese mismo sistema. 

     

    LA 'DISCAPACIDAD' DEL HOMBRE

    Esta dificultad que tiene la sociedad para “cuestionarse a sí misma” redunda en consecuencias negativas para el desarrollo de las habilidades masculinas. Habiendo dejado a la mujer las actividades invisibles desde el punto de vista económico, pero necesarias para la vida, el hombre olvida la necesidad de adquirir destrezas que le permitan realizarlas, lo que le incapacita para asumir actividades que le posibilitarían vivir mejor, en caso de soledad o de que la mujer deje de asumir su rol invisible. Uno de los capítulos importantes de esta discapacidad masculina es la atención a los cuidados, pues, cuando se presenta su necesidad, son inaplazables y no siempre contratables para delegar en otra persona. El hombre no sabe cuidar, salvo excepciones, porque siempre se pensó que esa tarea correspondía a la mujer, que, por otra parte, lo asumía con calidez y con calidad, haciendo un trabajo no remunerado. 

    María Ángeles Durán , investigadora del CSIC, dice: “Vivimos en una sociedad en la que el mercado es una entidad muy poderosa y hemos pasado de ser sociedades patrimoniales a una de rentas: en las primeras el patrimonio era de todo el grupo; en las segundas, las rentas son de cada uno y si uno se emancipa, se divorcia o enferma se las lleva. Y el cuidado consume un tiempo que es incompatible con la generación de rentas. Las mujeres primero hemos accedido masivamente a la educación, después al empleo, pero el hueco que hemos dejado en los cuidados no lo han ocupado los varones, hay un vacío muy fuerte”.

    Este vacío, no existente cuando la mujer estaba full time dedicada a las tareas del hogar, asumiendo los cuidados de hijos, de padres y de familiares dependientes (todo a la vez), tiene como consecuencia un desequilibrio social no fácil de solucionar. Los cuidados no siempre suelen ser compatibles con la dedicación al trabajo remunerado ni con la subcontratación de otras personas que lo realicen, pues, a veces, necesitan dedicación de 24 horas y esto, para niveles económicos de renta media-baja no suele ser admisible. La incapacidad del hombre para asumir el cuidado y la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, precisamente por desear dejar de ser invisible económicamente, abandonan un espacio de trabajo imprescindible para vivir. 

    María Ángeles Durán sigue diciendo: “El problema está en que el interés por el cuidado es relativamente reciente y deriva sobre todo de la escasez. Me gusta distinguir entre una definición mínima de cuidados y una máxima. En la máxima el cuidado equivale a todo el tiempo dedicado en el hogar a la familia, incluso a uno mismo, el autocuidado. Si no se cocina, no se limpia, no se compra, las personas no van a tener bienestar. La definición mínima es la que ofrece servicios necesarios para la supervivencia de personas que no pueden proporcionárselos por sí mismas ni pagarlos, es decir, niños, enfermos y ancianos”. 

    Se delegan en la mujer las tareas necesarias para vivir, pero no se consideran trabajo

    El hombre no sabe cuidar, porque siempre  se pensó que esa tarea correspondía a la mujer

    Se puede subcontratar el cuidado calificado en el párrafo anterior de “máximo”: alguien puede venir a limpiar la casa, a lavar la ropa… pero no será fácil hacer lo mismo con el cuidado especializado para las personas dependientes, sobre todo si es preciso dedicarle 24 horas. Serán tres o cuatro turnos difíciles de pagar para quien no posea capacidad económica. De nuevo surge la invisibilidad de quien siempre lo hizo (la mujer) y la incapacidad de quien se ha de incorporar a esta tarea (el hombre). No se trata, por tanto, solamente de reivindicar la visibilidad del trabajo que está fuera del mercado laboral y no es remunerado, como se analizaba al comienzo; es la constatación de que, en esta tarea, y en otras tantas, el hombre se ha alejado (atrasado) para desarrollar habilidades necesarias que le permitan realizar trabajos imprescindibles para vivir. 

    El problema está en el hombre, que vivió de sus éxitos en el reconocimiento social y olvidó lo concreto de la vida cotidiana, esas cosas que se realizan necesariamente para que la familia pueda vivir en paz y feliz. El hombre está ausente. Es cierto que las generaciones jóvenes son más sensibles a estas tareas, lo que es un avance. Potenciémoslo, hagamos de ello un eje formativo en los mecanismos educativos, forcemos para que el sistema político reconozca estas nuevas perspectivas, para que el hombre se dé cuenta y cambie.

    Según este análisis, queda una cosa clara: el hombre debe despertarse de su sueño de buscador de éxitos externos y volver a la realidad del hogar. O mejor, con palabras de Gioconda Belli, entresacadas de una bella poseía titulada Reglas de juego para los hombres que quieran amar a las mujeres:

    “El amor de mi hombre
    no le huirá a las cocinas,
    ni a los pañales del hijo,
    será como viento fresco,
    llevándose entre nubes de sueño y de pasado
    las debilidades que, por siglos,
    nos mantuvieron separados
    como seres de distinta estatura"

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