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Nuevos horarios para un tiempo nuevo

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Octubre 2014 / 18

Doctora en Psicología Social y experta en políticas de igualdad
Miembro del grupo promotor de la Iniciativa para la Reforma Horaria

El binomio ‘trabajar más horas igual a más productividad’ es falso. Las dos horas de retraso que arrastramos en relación con Europa no es por latinos: nace del pluriempleo durante el franquismo.

ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ

Los seres humanos tendemos a considerar natural aquello que permanece invariable durante mucho tiempo. Es lo que ocurre con la organización horaria, generalmente atribuida a factores como el clima, el carácter o la idiosincrasia mediterránea, todos ellos difícilmente modificables. Sin embargo, una breve ojeada a la historia muestra que los horarios responden a unos valores y una cultura determinada y son, en consecuencia, susceptibles de cambiar a medida que lo hace la organización social.

La industrialización impuso en Europa largas y rígidas jornadas laborales. Las conquistas sindicales y de los partidos de izquierda, los avances científicos y tecnológicos, así como el cambio hacia una sociedad del conocimiento de la mano de las tecnologías de la comunicación, condujeron a una lenta pero imparable flexibilización horaria. Los países europeos más avanzados advirtieron rápidamente la ventaja competitiva de acortar los horarios laborales, compactar jornadas, incentivar el trabajo a distancia y mejorar las condiciones vitales de las personas trabajadoras. España, que por entonces estaba sometida a una dictadura, se sumó con mucho retraso a las medidas laborales de la Europa nórdica y central.

Durante el régimen del general Franco el pluriempleo masculino se multiplicó, dado el masivo (y durante largos períodos, obligado) desempleo femenino y el elevado nivel de pobreza y precariedad que sufrían las familias. Muchos hombres se vieron impelidos a realizar dos jornadas diarias: una hasta las tres de la tarde, pausa para el almuerzo, y acudir a otro trabajo extra hasta las ocho o las nueve de la noche. Este es el origen de las dos horas de retraso que vivimos en nuestro país en relación con toda Europa, incluidos países como Francia, Italia o Grecia, tan mediterráneos como nosotros. Esta circunstancia, aparentemente anodina, comporta en realidad consecuencias mucho más graves de lo que podemos imaginar y de las que una gran parte de la población apenas es consciente.

Pese a toda la propaganda negativa respecto al déficit de horas de trabajo en nuestro país que ha desatado la crisis económica, y que la propia Angela Merkel alentó con declaraciones poco afortunadas, los datos objetivos son incontestables. Los informes de la agencia estadística de la Comisión Europea Eurostat señalan que en España se trabaja 300 horas anuales más que en Alemania y Austria, y casi 200 más que en Dinamarca u Holanda. Este hecho debería colocar a nuestro país a la cabeza de la productividad europea y, sin embargo, una vez más, los datos indican lo contrario, ya que ocupamos las últimas plazas del ranking, junto a Grecia y Portugal. Un análisis desapasionado de las estadísticas permite afirmar que el binomio más horas de trabajo igual a mayor productividad es una falacia.

Por el contrario, las largas y rígidas jornadas laborales, acompañadas de una obligada presencialidad en el puesto de trabajo responden a un modelo laboral y social obsoleto, comportan un aumento de los riesgos físicos y psicosociales y una disminución del rendimiento que redunda en menor productividad, descenso de la competitividad empresarial y mayor desigualdad social y de género, como han puesto de manifiesto diversos estudios (1).

Por si la desventaja laboral y económica no fuera suficiente, se ha observado asimismo el impacto negativo de los horarios españoles sobre la salud de la población. Un alarmante estudio de la multinacional Nielsen sobre más de 6.500 mujeres en 2012 señaló que las españolas son las más estresadas de Europa, fundamentalmente debido a la presión por la falta de tiempo. Además, son las que menos duermen en comparación con el resto de europeas (especialmente si son madres, y madres solas responsables de familias monoparentales), seguidas de las búlgaras. Este hecho se debe a la sobrecarga de papel y dobles jornadas que sufren las mujeres españolas al ser todavía las principales responsables de las tareas domésticas y cuidado de personas dependientes en la familia y de la dificultad de conciliar la vida personal con la profesional.

En España se trabajan 300 horas anuales más que en Alemania y 200 más que en Dinamarca

Las largas jornadas laborales responden a un modelo obsoleto y perjudican la salud

Resulta evidente que la desigualdad entre hombres y mujeres requiere múltiples medidas (entre ellas, que los hombres se incorporen masivamente al trabajo doméstico y de cuidado y que se instaure una potente red pública de guarderías y residencias), pero no es menos cierto que uno de los factores que más influyen es la difícil organización horaria específica de nuestro país.

Las mujeres no son las únicas perjudicadas especialmente por nuestro horario. También se han observado problemas en la salud y en el rendimiento escolar en niños y adolescentes por la falta de sueño en comparación con otros países de nuestro entorno. Los datos científicos sobre la importancia del sueño en la infancia y la adolescencia son demoledores y destacan sus serios efectos sobre el nivel de aprendizaje, estado anímico y salud en general. Solo una semana de déficit de sueño (una hora menos diaria) en niños y adolescentes sobre su horario ideal causa síntomas significativos en la conducta, en el aprendizaje y en la salud (2). En nuestro país, la elevada hora de la cena y el prime time televisivo (dos horas más tarde que la media europea) comportan un déficit en las horas de sueño y reposo que repercuten en su calidad de vida.

 

MENOR PARTICIPACIÓN SOCIAL

Por último, querría destacar el déficit cultural y participativo que comporta nuestra actual organización horaria. Efectivamente, el escaso tiempo de libre disposición personal tiene consecuencias graves, tanto en la reducción de las prácticas culturales como en el ámbito de la participación social.

Nuestros horarios impiden que muchas personas, especialmente en determinadas franjas de edad y en general las mujeres, puedan implicarse en proyectos comunitarios o desarrollar actividades cívicas o políticas. La igualdad de oportunidades y el nivel cultural de la población son factores determinantes en la participación social, pero no lo es menos la falta de tiempo que revierte, en último extremo, en un déficit democrático que consideramos un deber corregir.

ILUSTRACIÓN: IDANA RODRÍGUEZ

Desde la sociedad civil catalana, un grupo de personas expertas y científicas pluridisciplinares en el ámbito del tiempo hemos creado una organización para la reforma horaria, liderada por Fabian Mohedano. Se pretende sensibilizar a la sociedad en la necesidad de un cambio horario y convencer al Gobierno catalán para que tome medidas que conduzcan a un adelanto de la hora del almuerzo y la hora de la cena, medida básica con la que creemos que podría irse ajustando todo el resto de hábitos. Conocemos las ventajas empresariales de la flexibilización horaria en reducción de absentismo, clima laboral y productividad; sabemos que combate la desigualdad de las mujeres; conocemos los beneficios sobre la salud y la calidad democrática… es, por tanto, el momento de implementar el cambio.

Los neurobiólogos dicen que solo mirar el reloj produce ansiedad en el cerebro humano. Nosotros desearíamos rebajar ese nivel de angustia al disponer de tiempo para nuestra profesión, para nuestros seres queridos, para la comunidad y para nosotros mismos. Podemos lograrlo, si conseguimos que sea un objetivo de toda la sociedad.

(1). André Sapir,(2006); Direcció General d’Igualtat d’Oportunitats en el Treball de la Generalitat de Catalunya (2009)

(2). Quien esté interesado puede acudir a los estudios de Meijer (2008) o Dewald et al. (2010)