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Tragedia y milagro del euro

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Abril 2013 / 2
Foto artículo: Tragedia y  milagro del euro

Pese a la creciente desafección social y al euroescepticismo, ningún país ni mayoría social postula seriamente dejar Europa. Juntos no nos gustamos, pero no queremos escaparnos.

La milagrosa supervivencia del euro se está logrando al precio de una desbocada factura social que se ha pagado de forma innecesaria

ILUSTRACIÓN: DARÍO ADANTI

Todo ha conspirado en contra del euro. Europa y su moneda sufren desde hace cinco años largos la peor crisis económica y social desde la Gran Depresión y la Segunda Gran Guerra: la tragedia. Muchos presuntos sabios profetizaron su desaparición, troceamiento o decadencia. Y sin embargo, sobrevive: el milagro.

La crisis está siendo brutal, múltiple y desarrollada en fases que se solapan: bancaria; del crédito y la economía real; de las finanzas públicas; de la deuda soberana periférica; de la zona euro; de los gobiernos; de las sociedades… Su dureza y persistencia se debe a la carencia de instrumentos suficientes en la Unión Europea (UE) para combatirla. Desde el Tratado de Maastricht, que abrió en 1992 el camino a la unión monetaria, hasta el de Lisboa (2007), los instrumentos de la política económica europea fueron escasos, precarios. Y no se incrementaron. Hablar de política económica europea constituía una exageración. La Unión contaba apenas con una política monetaria unificada, a través del Banco Central Europeo (BCE), centrado en la lucha contra la inflación y de ninguna manera modelado para convertirse en un prestamista de última instancia, función que se les supone a esas entidades y al Fondo Monetario Internacional (FMI) en el ámbito transnacional. Contaba además con una política de control de los excesos presupuestarios (déficit y deuda públicos) considerados peligrosos para la estabilidad, que se concretaba en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (1997), incumplido reiteradamente por sus más ardientes defensores (Alemania, pero también Francia). Y con un tenue esbozo de coordinación de las políticas económicas nacionales instrumentado a través de un no vinculante “método abierto de coordinación” consagrado en la Agenda de Lisboa (2000), que de tan abierto, poco llegó a coordinar.

Ello contrastaba con el repertorio de mecanismos institucionales de que disponía EE UU: un banco central, la Reserva Federal, pertrechado de las más amplias competencias y orientado hacia el crecimiento; un Tesoro con una política unificada de deuda pública, y un presupuesto federal bien dotado (entre el 20% y el 30% del PIB) para afrontar políticas anticíclicas y envites de urgencia.

Además de la falta de instrumentos, se evidenció la insuficiencia y, en buena medida, la inconveniencia de la política económica adoptada, limitada a la austeridad presupuestaria de los países más vulnerables (y de los otros). Esa discutible receta derivaba de un diagnóstico falso, o al menos incompleto, deletreado por el Bundesbank. Según este, los culpables de la crisis de la deuda soberana eran los países del Sur que habían utilizado los bajos tipos de interés generados por la estabilidad monetaria asociada al primer decenio del euro para sobreendeudarse, generar una burbuja inmobiliario-financiera y gastar y vivir por encima de sus posibilidades. En realidad, ese exceso de gasto también ocurrió porque lo financió alguien: el próspero Norte y su banca. Por ello, la responsabilidad de la salida de la crisis debía ser mancomunada, como lo habían sido los beneficios, los riesgos y los errores a ella asociados.

Sobre ese error de base se levantaron los demás. Uno, la exigencia de unos sacrificios excesivos como condición para los programas de rescate de los países vulnerables, que se demostrarían desorbitados en la medida en que las primeras versiones de los rescates enseguida debieron suavizarse (en la cuantía de los tipos de interés; en el plazo de devolución de los préstamos oficiales). 

En las ganancias, riesgos y errores de la crisis participó el próspero Norte 

Hasta ahora, en la UE la política económica común se ha limitado a la austeridad

En esta crisis, la UE lo ha hecho todo un poco más tarde de lo debido y en cuantías inferiores a las necesarias

Dos, la estrategia de una reacción lenta en decidir los rescates, como forma de pudrir las coyunturas e inducir así a los países beneficiados a asumir sacrificios sociales en forma de recorte del gasto y esfuerzos económicos en modo de alzas de impuestos en parte excesivos y casi siempre perjudiciales para la recuperación económica en coyunturas recesivas. 

Tres, la timidez y tardanza en arbitrar los mecanismos necesarios para producir los rescates: todo parecía hacerse siempre un poco más tarde de lo debido y en cantidades inferiores a las necesarias para disolver los embates de los mercados, siempre bajo el acícate interesado de las agencias de calificación crediticia, que hicieron su agosto exagerando su papel de casandras. Fue así, al menos, hasta diciembre de 2011-febrero de 2012, cuando el BCE abrió considerables barras de liquidez por un importe total de un billón de euros y salvó a la moneda única. 

Cuatro: provocaciones al pánico como la “quita griega” o el esotérico tratamiento del caso chipriota.

Pese a esos avatares, la UE ha logrado poner en pie un esquema de mecanismos de la unión económica y monetaria tendentes a imposibilitar una nueva crisis de similar gravedad a la aún existente. De hecho, se trata de una auténtica refundación de la Europa comunitaria, que no se quiso esbozar hasta que fue indispensable hacerlo para evitar la catástrofe. Ahí figuran las tres (aún débiles) autoridades reguladoras (banca, seguros, valores); los dos fondos de rescate, el segundo más flexible en cuanto a funciones (rescate directo a la banca, posibilidad de compra de bonos públicos de un Estado miembro) y sistema de votación (por mayoría cualificada y ya no por unanimidad), y mejor dotado de recursos que el primero; nuevas funciones para el BCE, como el énfasis en la estabilidad monetaria y financiera y no solo en el control de la inflación, que abrió vía a las trascendentales barras de liquidez; el lanzamiento de un proyecto de unión bancaria, con su supervisión, sistema de fondo de garantías y de resolución; el Tratado Fiscal; un Plan de Crecimiento por 120.000 millones de euros; un plan aún etéreo de eurobonos y de Tesoro único; una amplia regulación financiera (sueldos de los ejecutivos, agencias de calificación, ratios de solvencia…); un esbozo de Tasa Tobin sobre las transacciones financieras, y el retorno de la idea de la unión política, inevitable si se quiere mantener algún control democrático sobre las competencias económicas nacionales que se traspasan a la Unión.

ILUSTRACIÓN: DARÍO ADANTI

Si ha podido emprender todas esas reformas es porque, pese a la creciente desafección social y al aumento exponencial de las corrientes eurocríticas, ningún país ni ninguna mayoría social han postulado seriamente el abandono del euro y de Europa. Juntos no nos gustamos, pero no queremos escaparnos.

Estamos ante una auténtica refundación de la Europa comunitaria

El 20% del PIB de Grecia ha caído, y en Portugal e Irlanda ha disminuido de forma exagerada

El gravísimo lastre que exhibe el milagro de la supervivencia del euro mediante esa refundación europea es la desbocada factura social que innecesariamente se ha pagado, mediante programas de ajuste súbitos y poco equilibrados. Grecia, Portugal e Irlanda —aunque no solo ellas— han visto en el último lustro disminuir su producto interior en cifras exageradas (el 20% en el primer caso), han registrado continuos aumentos del desempleo, han recortado sin cuento no solo la grasa, sino también el hueso de sus sistemas de bienestar; han dejado sin empleo ni esperanza a buena parte de las nuevas generaciones. Cierto que algunos buenos frutos ya empiezan a recogerse: Irlanda acaba de reanudar sus emisiones de deuda y los mercados, comprárselas a tipos más moderados que los que exigen a España o Italia. Pero son aún demasiado pocos y demasiado caros. Todo podía haberse de otra manera. Con rigor, sí, pero sin necesidad de crueldad.

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