Vuelco en la energía para el cambio social

  • Por ( Coordinador del Colectivo para un Nuevo Modelo Energético y Social Sostenible (CMES))
    Mayo 2017

    Disponemos de todas las herramientas para la transición a otra era, con un enorme potencial laboral y productivo

    ILUSTRACIÓN: PEDRO STRUKELJ

    Si tomamos perspectiva y analizamos las acciones y reacciones que van configurando el día a día de nuestra evolución, y de manera especial durante los últimos diez años, personalmente he llegado al convencimiento de que, más que vivir inmersos en una época de fuertes cambios y contrasentidos, en lo que en realidad nos hallamos inmersos es en un cambio de era. 

    Mi formación como ingeniero y mis trabajos profesionales, muchos de los cuales tienen una relación directa con la generación y el uso de la energía, me han ayudado a comprender que nos hemos adentrado en un final de ciclo en el que acaba la era de los combustibles fósiles y la fisión nuclear para abrir paso a una nueva era basada en el aprovechamiento de los inmensos recursos limpios y renovables que el sol pone a nuestra disposición de manera inacabable a escala humana. 

    Acabamos la “era del fuego”, como la denomina Pep Puig, y comenzamos la “era del sol”. 

    Necesitamos fijar atención y esfuerzos en iniciar la era del aprovechamiento directo del calor solar, del aprovechamiento sostenible de la biomasa, de la bomba de calor, del vehículo con tracción eléctrica, de la tecnología termosolar, la generación eléctrica de origen renovable y un vector energético limpio como el hidrógeno, que obtenido por electrolisis del agua a partir de las fuentes renovables, nos permita almacenar energía para atender la regulación de la red eléctrica, las altas temperaturas de los procesos industriales, la tracción de gran abasto y tonelaje y llamado a ocupar el papel de verdadero músculo de potencia del sistema. 

     

    MODELO INSOSTENIBLE

    El uso indiscriminado de la energía y de los recursos, especialmente por parte de sociedades que nos autocalificamos de “desarrolladas”, y los conflictos bélicos que origina su consecución, ha impulsado, de manera especial durante los últimos doscientos años, un modelo de desarrollo acelerado del conocimiento, de las tecnologías y también del bienestar. Pero paralelamente hemos construido un modelo perverso e insostenible de acaparamiento de las reservas de energía y depredador de los recursos, hasta el punto de amenazar el propio futuro de la vida. 

    Es un modelo que se muestra capaz por sí mismo de detectar los errores pero incapaz de corregirlos y evitar su repetición. El destrozo medioambiental, el agotamiento, no sólo de los combustibles, sino de los recursos en general, amenaza la continuidad de la vida, al menos tal como la conocemos hasta ahora. Así lo admitieron y consensuaron 145 Estados (prácticamente toda la humanidad) en la cumbre de Naciones Unidas en París de 2015. 

    Todo indica, pues, que nos encontramos en un momento de la historia en que confluyen dos grandes retos. Por un lado, la necesaria sustitución de un modelo energético que agota las reservas, envenena el medio natural y desequilibra los regímenes climáticos, y por otro lado, la necesidad de afrontar un nuevo modelo de desarrollo que permita la difusión del bienestar y los conocimientos de forma transversal a toda la humanidad y de manera compatible con la conservación de la biodiversidad, los recursos y en definitiva los valores naturales del planeta. 

    Unos valores que, conviene recordar, son el único almacén de recursos de que disponemos para continuar nuestro viaje evolutivo. 

    A primera vista, podemos tener la sensación de que son retos que conllevan afrontar un grado muy alto de dificultad —yo mismo la he experimentado y hasta pueden existir personas con la sensación de que no los podremos afrontar. Pero si analizamos detenidamente y por separado estos retos, podremos ver que el primero, es decir, el cambio energético, abre paso a la posibilidad de afrontar con mucha más facilidad el segundo, es decir, el cambio social. 

    Las fuentes renovables de acceso a la energía son por naturaleza distribuidas a lo largo y ancho de todos los territorios. Su aprovechamiento supone pasar de un modelo en el que los depósitos de energía se encuentran ubicados en determinados emplazamientos geográficos que es necesario conquistar, destrozar y mantener por la fuerza de las guerras, a un modelo que facilita la posibilidad de recuperar la soberanía energética, renovable y limpia, por parte de cada cultura que ocupamos el planeta. 

    La generación de energía en proximidad facilita la posibilidad de un cambio de paradigma; tanto en lo que respecta al potencial energético de los territorios, como en la posibilidad de internalización del coste económico que enviamos al exterior por la compra de combustibles y el mantenimiento de los conflictos, como de la necesaria sustitución de los comportamientos de abuso por el uso sostenible de los recursos. 

    Posiblemente, este necesario cambio de paradigma sea uno de los retos más importantes, a la hora que ineludibles, que habremos tenido que afrontar en nuestro camino evolutivo como especie humana. 

    Pasar de comportamientos totalmente depredadores a comportamientos netamente conservadores en el más amplio sentido de la sostenibilidad .

    Como es de esperar, el cambio no será del todo fácil y a buen seguro se verá entorpecido por todo tipo de intereses creados alrededor del modelo actual. También los intereses de personas y grupos que han ido acumulando poder de influencia en las decisiones políticas y que les permiten conservar determinados estatus personales. Pero el actual sistema se mantiene a través de unos modelos que agotan los recursos. Son por tanto insostenibles, niegan el futuro y ya no son capaces de proporcionar el más mínimo interés general. 

    De hecho, lo vemos en la incapacidad para aportar soluciones a los problemas crecientes de la pobreza, del paro laboral, del inicio de migraciones masivas, de más guerras y conflictos, de oscilaciones enormes y erráticas de los mercados económicos y financieros, de intentos desesperados de construir muros de aislamiento y de intentos de retorno al pasado como es el caso del actual cambio en la presidencia de Estados Unidos y algunos otros países más cercanos. 

    El camino del cambio, por tanto, no será del todo llano y posiblemente resultará más bien convulso especialmente durante el necesario punto de inflexión, pero sin duda el cambio se producirá y desde mi modesta atalaya tengo la percepción de que ya se está comenzando a producir. En la medida en la que cada vez más sociedades seamos capaces de adelantarnos y comprender bien la necesidad y los mecanismos de este cambio, la transición a un modelo de futuro se podrá realizar de forma mucho más ordenada y, por tanto, con un menor sufrimiento social y en general de todo el biotejido natural del planeta. 

    El actual modelo de desarrollo, basado en una espiral acelerada de extracción, uso y conversión en residuo de los recursos, nos ha conducido a un final de recorrido en el que el modelo ya no es capaz de facilitar nuevos horizontes de futuro, salvo continuar girando sobre su propia espiral de agotamiento de recursos, degradación del medio, precariedad laboral e incremento de la pobreza. 

    De aquí radica la necesidad de plantear-nos una transición hacia un nuevo modelo de civilización, que los científicos identifican como de Nivel1. Es decir, aquella que aprende a aprovechar de forma sostenible los recursos de su planeta, impulsada por el uso de la inmensa cantidad de energía que recibe de su sol. 

    ¿A qué esperamos, si todo está por hacer y podemos hacerlo todo?

    Afrontar este cambio a futuro no sólo es necesario, sino que disponemos de todas las herramientas del conocimiento para hacerlo posible. Y una de ellas es sin duda trasladar las operaciones financieras del casino de juego al dinero vida para impulsar el inmenso potencial laboral y productivo que supone: 

    - Aprovechar las fuentes renovables de la energía. 

    - Establecer ciclos cerrados de uso de materias primas. 

    - Gestionar de forma aprovechable los residuos. 

    - Depurar las masas de agua. 

    - Ahorrar haciendo lo mismo con menos energía y recursos. 

    - Poner en cultivo ecológico los inmensos potenciales agrícolas de cada territorio. 
     

    - Desarrollar el inmenso potencial biomédico de la naturaleza. 

    - Trabajar en proyectos globales de cultura y bienestar social. 

    - Investigar el espacio exterior cercano y el universo lejano. 

    Una lista inmensa e inacabable de trabajo pendiente y realizable desde ahora mismo con los conocimientos actuales adquiridos. Ninguna excusa es válida para retrasar este cambio y mucho menos las de tipo económico. El sistema económico y financiero actual consiste en apuntes contables basados en la confianza a futuro y, por tanto, qué mejor garantía que dejar de invertir en un modelo agotado que amenaza a corto plazo la continuidad de la vida, para invertir en un nuevo modelo que proyecta horizontes de progreso a los próximos tres mil millones de años que como mínimo le quedan de vida a nuestro planeta. 

    ¿A qué estamos esperando, si todo está por hacer y todo lo podemos hacer? 

    De nosotros depende y nuestras voluntades y escalas de valores nos harán ser determinantes sobre nuestro presente y el de las generaciones futuras. Sin duda, una gran responsabilidad, pero que, también sin duda, tenemos que afrontarla a la mayor brevedad posible.

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