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21%, ¿tocado y hundido?

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Noviembre 2013 / 8

Periodista

El actual Gobierno de España parece ocuparse de la cultura como el niño rico rabioso.

Cristóbal Montoro, en un acto electoral en 2011. FOTO: PPVC

Es decir, aprovecha un momento favorable –jugar en casa, tener un grupo de amiguitos dispuestos a ir contra un solitario invitado, ser el propietario de la pelota, etc.– para arremeter contra el compañero de clase que ante el profesor, en igualdad de condiciones y ante un juez imparcial, le ha hecho quedar en ridículo.

El no a la guerra en el momento de la ceremonia de los Goya cuando la decisión aznariana de invadir Irak –detrás del grandullón Estados Unidos, eso sí–, evidenció el desacuerdo del mundo de la cultura con la derecha de siempre. Esta que, antes de llegar al poder de la mano de José María Aznar, se reunió con intelectuales y artistas en privado para decirles que todo había cambiado y que estaba a favor de la libertad de opinión y de conciencia, aunque quizá por eso le dio por nombrar a plagiarios al frente de instituciones y organismos. Sin embargo, cuando tuvo la mayoría absoluta, volvió a las antiguas maneras y a considerar toda crítica como un ataque injustificado y antipatriótico.

Subir el IVA de la cultura al 21% –excepto para los toros, ¡que esa sí es cultura, la de la sangre!– ha sido el arma con la que acabar con la disidencia. ¡Que cierren los cines, que cierren los teatros, que bajen el telón las óperas, que emigren coreógrafos y bailarines! Un sector poblado de rojos, extranjeros y homosexuales no merece mejor trato por parte del melifluo Cristóbal Montoro o del desacomplejado José Ignacio Wert, uno convencido de que todo el cine español es un horror, el otro dispuesto a españolizar a quien convenga tal como lo hicieron los conquistadores, a punta de espada o de ley, de ordeno y mando, en definitiva.

En dos años de presidencia de Mariano Rajoy –el presidente de Gobierno que con mayor celeridad ha enterrado las promesas de campaña– hemos perdido la cuenta del número de salas de cine que han cerrado. Los espectadores, con el sueldo disminuido cuando no están en paro, se han ido rarificando ante un precio de entrada mucho más caro.

La celebración del Día del Cine, con las localidades a 2,90 euros en vez de los ocho o nueve habituales, ha disparado la frecuentación un 550%. ¿Las películas son malas? ¿El cine, un pasatiempo obsoleto? ¿La piratería, un problema irresoluble? De pronto, todo el mundo ha visto que los espectadores siguen existiendo, pero que son unos precios disuasorios los que hunden al sector.

Como el escorpión que pica la rana en la que anda montado, como el tonto que sierra la rama en la que está sentado, Montoro se ríe. Como se ríe cuando presenta los Presupuestos del Estado y arruina a las comunidades que más contribuyen pero que más endeudadas se encuentran.

Obviamente, la solución de los problemas de la cultura no pasa solo por un IVA cultural al 5%, como en Francia. Esa es condición necesaria, pero no suficiente. Editores, cineastas, actores, etc., también han de poner de su parte.

La vieja lógica de la subvención y de trabajar al margen de los deseos y las necesidades de lectores y espectadores tiene que desaparecer. Que la cultura no ha de ser una mercancía como las otras no significa que los profesionales del sector puedan desentenderse del sentido común.
Pero claro, si hablamos de sentido común, entonces, ¿cómo nos explicamos que Montoro siga siendo ministro? Sencillamente, porque lo suyo es un horror pero no un error; sencillamente, porque cumple con lo que ese Gobierno había planeado para la cultura –convertirla en un navío, tocado y hundido– y, además, se da una satisfacción al cuerpo.