DSK o la democracia sin límite

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  • 2 Junio, 2014

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    Periodista

    El poder tiene pies de barro. Así puede resumirse el film de Abel Ferrara Welcome to New York, inspirado en el célebre affaire de Dominique Strauss-Kahn (DSK), la supuesta violación de una empleada de Sofitel por el entonces director del FMI. DSK ya ha amenazado con llevar a Ferrara a los tribunales.

    Fotograma de Welcome to New York.

    La idea de convertir la controvertida agresión sexual de un todopoderoso en película tiene morbo porque DSK tuvo que dejar el FMI y, a continuación, renunciar a sus aspiraciones a la presidencia de la República Francesa para que el outsider François Hollande se llevase la elección. Para Ferrara –y para su actor protagonista, Gérard Depardieu—, la historia de una caída, de un hombre que lo es o puede serlo todo y se va a quedar en nada, tiene una atracción suplementaria: ambos han conocido la gloria, pero sus adicciones les han embarcado en un camino autodestructivo y a rodar películas de atractivo y calidad dudosa.

    DSK sufre de priapismo o de adicción al sexo. Eso es al menos lo que dicen quienes no se explican su incontinencia. Si el film solo trata de eso, entonces deja de lado lo más interesante. Hace años un periodista me explicó que Nicolas Sarkozy disponía de fotos de DSK tomadas mientras practicaba el fornicio con unos travestidos brasileños en pleno Bois de Boulogne. Esas fotos estaban destinadas a ser filtradas cuando DSK, previsible ganador de las primarias socialistas, ya estuviese en campaña frente al presidente saliente. Era la bomba con la que Sarkozy se aseguraba la reelección.

    La información se ha visto confirmada por el tiempo. Pero el tiempo es lo que destruyó la estrategia sarkozysta. En el Sofitel neoyorquino fueron dos militantes de la UMP, el partido de Sarkozy, los que se apresuraron a denunciar a DSK. Fueron ellos, con sus maniobras, quienes forzaron la denuncia y la intervención policial, que desembocó en la detención del jefe del FMI en el avión que debía llevarle a París.

    Los dos militantes creían haber hecho el favor de su vida a su líder. En realidad, se precipitaron. Y de su precipitación nació el candidato Hollande, que le pudo a un presidente quemado y que confiaba en poder destruir a su rival en el instante adecuado.

    La política, el éxito en política, depende de la gestión de la información y de saber inscribirla en el tiempo, de hacer algo que tenga que ver con lo que los electores esperan de ti, claro. Pero respecto a la información y al tiempo hay algo que tampoco tratan ni Ferrara ni Depardieu. Los problemas de DSK con el sexo eran un secreto a voces. Su esposa, la muy influyente Anne Sinclair, lo sabía. Pero ella y un círculo de amigos del Partido Socialista empujaban a DSK a optar a la presidencia. ¿Lo deseaba él? ¿Quería renunciar a tener una vida privada? Es cierto que los presidentes galos, tradicionalmente, no debían preocuparse por ello. Si a Giscard d’Estaing los servicios secretos le pusieron en evidencia –le lanzaron un camión lechero contra su coche al volver de una cita galante— fue porque creaba problemas de seguridad. La moralidad sexual de François Mitterrand o Jacques Chirac nunca preocupó al electorado, y la de Sarkozy molestaba porque buscaba el referendo popular para sentirse realizado. DSK llevaba una vida de libertino no compatible con secretos de Estado y botón nuclear.

    El film no se interroga sobre las ambiciones de DSK ni sobre la ceguera de los poderosos. Sarkozy también creyó poder convertir a su hijo Jean en diputado y administrador de una entidad pública antes de que acabase la carrera de Derecho. José María Aznar creyó que su esposa podía ser alcaldesa de Madrid. Jordi Pujol dejó que sus hijos mezclaran negocios y política. ¿Por qué no? Los Bush heredan presidencias, como los Kennedy millones y asesinatos o Kim Il Sung funda dinastías comunistas. La democracia no tiene límites y, si los tiene, basta con transgredirlos. A nadie le importa, dice Silvio Berlusconi. Y quizá también lo pensaba —¿o no?— DSK. Esa duda, ese ¿o no?, era lo que hubiese podido hacer interesante Welcome to New York. 

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