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01. Economía colaborativa // Disrupción, ¿para qué?

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Abril 2018 / 57

Los expertos auguran un ‘tsunami’ por el impacto de las nuevas plataformas digitales, pero la misma etiqueta engloba modelos antagónicos, desde Wall Street hasta cooperativas.

ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

La economía colaborativa no solo está de moda, con nuevas experiencias que surgen a diario, sino que todos la señalan como el gran motor de transformación económica y social, con una capacidad disruptiva equiparable a las distintas olas de la Revolución Industrial: todo puede quedar patas arriba. Para bien (porque tiene el potencial de cambiar las dinámicas actuales y definir otras, nuevas, más democráticas y sostenibles) o quizá para mal, porque también puede llevarse por delante los derechos laborales y los sistemas de bienestar si se impone la uberización de la economía, en referencia a Uber, la aplicación del taxi que mejor simboliza una parte de esta nueva economía basada en plataformas digitales.

Lo que nadie discute ya es la importancia de este tsunami. La consultora PwC prevé que los ingresos vinculados a experiencias de economía colaborativa se multiplicarán por 20 en una década y la Comisión Europea la ha identificado como uno de los cuatro pilares de crecimiento citados en el Plan Juncker. Pero además del volumen cuantitativo, lo más importante es el componente disruptivo: todos los modelos de negocio hoy existentes pueden verse sacudidos.

“Las plataformas digitales tienen el potencial de imponerse al modelo industrial clásico en prácticamente todos los sectores porque son mucho más eficientes”, subraya Albert Cañigueral, consultor de OuiSahare, la plataforma que monitoriza el desarrollo de este nuevo mundo y sus implicaciones. Y añade: “La tecnología en sí es neutra y dependerá del uso que se haga de ella. Es como un cuchillo, que puede servir para cortar los ingredientes de una buena comida, pero también para matar. No está escrito en ningún lado que el nuevo mundo digital deba ser necesariamente hipercapitalista”.

La etiqueta de economía colaborativa lo engloba todo, desde la alianza entre Silicon Valley y Wall Street, que empuja hacia un neoliberalismo extremo que autores como Trebor Scholz equiparan al “feudalismo digital”, hasta experiencias de transformación social en la era digital que habrían podido entusiasmar al mismo Lenin. Pese a agrupar experiencias tan antagónicas, hay algunas características comunes que ayudan a entender por qué la etiqueta vale para todas: tienen como eje una plataforma digital que pone en contacto oferta y demanda y, además, en todos los casos la oferta depende de la participación de la gente: ni Uber ni Airbnb ni Deliveroo, por ejemplo, serían nada sin las decenas de miles de personas que participan, formalmente como externos a la empresa, desde el lado de la oferta, aportando coches, habitaciones o bicicletas.

Tanta diversidad hace que en la práctica la etiqueta “economía colaborativa” no sirva ya para explicar casi nada y en los últimos años se han ido definiendo matices que ayudan a distinguir entre al menos cuatro variantes: el fenómeno más capitalista, impulsado por Wall Street y orientado a la generación de valor para el capital, suele agruparse como “capitalismo de plataforma” o “economía bajo demanda”, en España bajo el paraguas patronal de  Adigital. La que tiene estructura jurídica mercantil pero se propone también como prioridad tener un impacto social positivo es “economía colaborativa responsable”. La que conecta con los movimientos más políticos que aspiran a cambiar de raíz el sistema económico para hacerlo más democrático y equitativo se identifica como “economía colaborativa del procomún”, como una rama más de la economía de los comunes, que aspira a la gestión colectiva de equipamientos, terrenos o infraestructuras que afectan a todos, ya sean recursos naturales (agua, bosques, etc.) o instalaciones, físicas o digitales. Finalmente, la que tiene como eje la fórmula cooperativa se conoce como “cooperativismo de plataforma”.

En realidad, los valores cooperativos tienen buen encaje en todos los subgrupos, excepto obviamente en el primero, que tiene dinámicas clásicas de Wall Street y representa, por tanto, la antítesis: un modelo en el que la inversión se dirige al desarrollo de la plataforma y del software y que prescinde del trabajo, que se ve como una cuestión ajena. Todo lo contrario, por tanto, del cooperativismo, que gira alrededor del eje del trabajo. Con la “economía colaborativa responsable” los contactos no solo pueden ser fluidos sino que, como recalca Cañigueral, “el cooperativismo puede ayudar a impregnar sus dinámicas para tener un terreno de juego compartido que ayude a influir en la economía global”. Y la relación con la “economía colaborativa del procomún” es simétrica a la que la economía social pueda tener con la economía solidaria: hay mucho terreno compartido, sin que la fórmula jurídica sea determinante.

De hecho, toda la economía de los comunes, que tiene como gran referente intelectual a Elinor Ostrom (1933-2012), premio Nobel de Economía en 2009, “entronca muy bien con la lógica cooperativa”, como subraya Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política y uno de los impulsores en España de las ideas en torno a los comunes, que reivindica un espacio público gestionado por la comunidad más que por el sector público tradicional: “Es la comunidad gestionando los bienes comunes y decidiendo qué se hace”, explica Subirats. En su opinión, “el cooperativismo puede ser más idóneo y resilente para proporcionar un servicio público que el mismo sector público porque tiene capacidad para autoorganizarse y evitar el clientelismo”.


CRITERIOS PARA DISTINGUIR

La diferenciación entre la economía colaborativa impulsada por Wall Street y la que se propone tener un impacto social postivo ha estimulado la búsqueda de unos requisitos mínimos para identificarlas con criterios objetivos. No existen estándares ni sellos, pero el equipo de Dimmons (Digital Commons) de IN3, el instituto de investigación de la UOC fundado por Manuel Castells que dirige Mayo Fuster, ha desarrollado un modelo con cinco criterios, que encajan bien con los valores cooperativos: gobernanza democrática, modelo económico y de negocio, uso de la tecnología (licencias, tratamiento de datos, etc.), responsabilidad social e impacto.

La experiencia más exitosa de este modelo es Wikipedia, que pese a ser una fundación sin ánimo de lucro mueve más de 150 millones al año y se ha impuesto como referente indiscutible de las enciclopedias. Pero hay otros casos exitosos, como Stockly (fotografía), FairMondo (mercado de compraventa ética) y la española Goteo (micromecenazgo). Pese a ello, sí que ha habido cierto estancamiento en la medida que algunos proyectos que apuntaban en esta dirección han acabado siguiendo el camino de Wall Street, como Juno (concebida como alternativa a Uber) y Etsy (alternativa a E-Bay, de artesanía) o no han conseguido consolidarse como alternativa real a los gigantes corporativos (FairBnb).

Las propuestas más capitalistas consideran al trabajo como ajeno

Marià Moreno, consultor que ha asesorado a Som Mobilitat, que intenta consolidar un modelo de cooperativismo de plataforma para el uso de vehículos, considera que este tipo de empresas suelen requerir una fuerte inversión inicial para desarrollar la tecnología, cosa que coloca en desventaja el cooperativismo al no poder contar con business angels o capital riesgo convencional, que arriesgan con la expectativa de un fuerte beneficio futuro. “Sería bueno abrir un debate sin tabús para crear nuevos mecanismos de capital arriesgado dentro de los valores cooperativos pero aumentando la rentabilidad”, opina.

En cambio, Fuster está convencida de que el potencial está ahí y que los procumunes digitales pueden ir incluso por delante, como muestra el ejemplo de Wikipedia, si consiguen implicar a comunidades entusiastas. “Ahora hay una ola de capitalismo extractivo, pero también otras dinámicas”, asegura. Barcelona es precisamente un ejemplo de ello, con varias iniciativas ambiciosas, casi siempre con Dimmons y Free Knoledge Institut involucrados, y apoyo del Ayuntamiento: BarCola y La Tejedora, que mapean las experiencias; la Comunificadora (el programa de impulso de proyectos empresariales de economía colaborativa de Barcelona Activa), y la gran apuesta para albergar, en noviembre, la próxima edición del encuentro internacional de este tipo de economía impulsada por ciudades como Nueva York y Ámsterdan (sharingcitiesalliance.com), que será una gran oportunidad para un salto aquí.

Fuster considera que uno de los grandes retos del cooperativismo para no dejar escapar este tren es “perder el miedo al mestizaje y a los modelos híbridos”. “El entorno digital favorece una lógica que conecta bien con la democracia y, por tanto, con el cooperativismo, siempre y cuando este no vaya con voluntad de conquista”, concluye. 

 

PARA SABER MÁS

Cooperativismo de plataforma. ‘Desafiando la economía colaborativa corporativa’, de Trebor Scholz. Dimmons, 2016

OuiShare: ouishare.net/es 

Dimmons: dimmons.net

Free Knowledge Institute: freeknowledge.eu