El mantra del modelo sostenible

  • Si se trata de cambiar patrones de consumo, de sensibilidad, responsabilidad y gobernanza, el balance no es muy halagüeño.

    PERICO PASTOR

    Treinta y cinco años después de que el concepto de desarrollo sostenible se acuñara en el seno de la comisión Brutland de las Naciones Unidas, el balance de la Agenda 21 en España no resulta nada esperanzador. Menos de uno de cada dos municipios turísticos de costa afirma que la aplican (Mevaplaya, ESADE). Pero si nos referimos al conjunto de los municipios españoles, no llega a un tercio (Ecodyt). A pesar de esta baja utilización de la herramienta de la sostenibilidad por excelencia, la literatura oficial de cualquier destino turístico, sea de playa, urbano o de interior, invoca el calificativo sostenible como un mantra. Machaconamente, leemos que tal o cual ciudad o destino integra en un plan estratégico a largo plazo las políticas ambientales, la participación ciudadana y las decisiones consensuadas entre todos los actores. ¿Recuerdan aquello de festina lente (apresúrate lentamente) de César Augusto? Pues bien, si escriben el nombre de esa ciudad turística española y le añaden el calificativo de sostenible, se encontrarán con un oxímoron tan garrafal como este.

    El sector se depura estos días de los crecimientos desaforados de turistas de los últimos años como consecuencia de crisis endógenas de los competidores. Es bueno que los que viajaban tradicionalmente a Grecia, a Egipto, a Turquía, a Túnez, por dar ejemplos, regresen a sus lugares naturales de vacaciones. Porque estos turistas prestados han venido a la costa española a precios más bajos, a niveles de calidad más reducidos. El espejismo de que siempre aparecen nuevos turistas se ha producido nuevamente. Ocurrió en la década de 1990 con la guerra de los Balcanes. Y también en la de 2000, con los grandes atentados mundiales. Nuestro país se convirtió en destino refugio de casi todo. Esta ficción hizo que el cambio de modelo que se requería entonces y ahora como consecuencia del propio ciclo de vida del turismo masivo se fuera retrasando ad calendas grecas.

    Si entendemos el modelo sostenible como la transformación de los patrones de consumo, la sensibilidad y responsabilidad ante los recursos naturales y el cambio del modelo de gobernanza, el balance de los tres ejes —económico, social y medioambiental— no resulta nada halagüeño en el contexto actual. Primero, porque sigue reduciéndose la rentabilidad de los negocios turísticos. Segundo, porque, la convivencia no es efectiva entre nativos y turistas. Y tercero, porque los activos turísticos se gestionan de cara a la recreación y no desde una visión de preservación.


    BAJA RENTABILIDAD DEL NEGOCIO

    Se quejan los hoteleros de la baja rentabilidad de los negocios turísticos. Desde 2005 hasta 2015, la caída del margen ha sido de 20 puntos, como consecuencia de la evolución de los precios hoteleros, del incremento de los costes operacionales, y de la evolución alcista de los impuestos (Raúl González, CEO Barceló, 2015). Desde entonces hasta ahora, se ha recuperado levemente, pero si añadimos los costes de la inversión digital sigue cayendo.

    Sea cual sea el modelo que utilicemos para medir el impacto del turismo en España —el de input-output, cualquiera de los keynesianos, las cuentas satélite o los basados en la matriz de contabilidad social y de equilibrio general computable—, llegaremos a conclusiones parecidas: la rentabilidad del sector tiende a bajar. 

    Los beneficios se obtienen a través del inmobiliario más que de las operaciones. En estas condiciones, los salarios seguirán a la cola de todos y no van a crecer si no es a cuenta del volumen de turistas. Esto último significa, por ejemplo, que habrá que seguir manteniendo operaciones de tan dudosa rentabilidad como el Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO), que cambia alta propensión al viaje barato o muy barato por baja o bajísima rentabilidad para preservar la ocupación laboral.

    Peor si observamos la rentabilidad social del turismo. Si en la primera etapa, se dio por buena porque las divisas turísticas aportaban un tercio al desarrollismo español, los costes inherentes a la actividad tremendamente estacional del turismo no se acompasaron con los ingresos. De hecho, España observa uno de los gastos promedio más bajos por turista de Occidente, que además tiende a la baja. El mantenimiento de la estructura, el avanzado ciclo de vida, los costes laborales y el resto lo convierten crónicamente en un sector de baja rentabilidad. 


    MASIFICACIÓN DE LA OFERTA

    A medida que persiste y madura este modelo insostenible, condena a la masificación de la oferta, a la gentrificación de los barrios de las ciudades atractivas, porque se producen aumentos de precios anormales cuando los turistas se asientan. Los nativos son desplazados de su comunidad, de su cultura, de su lengua, en el bien entendido de que cuando los turistas encuentren otro lugar se irán del anterior.

    Y mucho peor todavía si analizamos la rentabilidad medioambiental. Disminuye la biodiversidad; se achica la capa de ozono; se erosionan las playas; aumenta la deforestación ante la presión de la urbanización recuperada tras la crisis, y se sigue degradando la calidad de las aguas y del aire.

    España ha ejercido de ‘destino refugio’ de turistas ‘prestados’

    La mayoría de pymes turísticas son ajenas a la cultura digital

    España registra uno de los gastos por turista más bajos de Occidente

    Todos hablan de sostenibilidad. Pero no aparece un camino común, una hoja de ruta consensuada. Basta observar cómo se pudren los conflictos entre las plataformas, por una parte, y los hoteleros y taxistas, por otra, sin una legislación a tiempo. Basta observar las promesas eternas de regeneración integral de municipios de playa proclamada por los distintos gobiernos. Basta observar la parvedad de la mayoría de estructuras de gobernanza de los municipios de playa. Basta observar como nunca aparecen soportes efectivos en favor de los pequeños negocios que democratizan la oferta comercial, y se prefiere actuar a golpe de moratoria que acaba favoreciendo a los más grandes. Mucha producción, pero reducidos márgenes. Ese es el modelo tradicional de sol y playa en el litoral, que se mimetiza en el urbano y en el interior. 


    TRANSFORMACIÓN DIGITAL PENDIENTE

    Y del tránsito a lo digital, ¿qué? Desde los orígenes del turismo masivo, el sector ha vivido la revolución posindustrial, la tecnológica y debe afrontar ahora la digital. Formaba parte de las dos primeras. Su función básica, la recreación y el ocio, fueron sus comadronas. 

    Ahora ante la digital, es otro cantar porque es exógeno a él. En el último congreso de la Confederación Española de Hoteles y Alojamientos Turísticos (CEHAT) celebrado en Málaga se percibía un ambiente de desasosiego cuando los ponentes se referían a la transformación digital como algo urgente. No es cuestión de técnicas y herramientas, sino de estrategias empresariales. Los grandes grupos han trazado su vía rápidamente y se han alineado hacia la gestión de los Big Data y los customer journey en relación directa con el cliente; el uso de la robótica, la inteligencia artificial y el internet de las cosas; los avances de la economía colaborativa, y el uso masivo de las tecnologías. Pero la mayoría de las pequeñas y medianas empresas (pymes) que componen el panorama empresarial siguen alejadas de esa cultura. 
    Solo aparece una forma de mantener la democratización del viaje y rentabilizar el turismo. Se trata de buscar la dimensión del negocio que lo haga sostenible. Y eso quiere decir aprovechar el nuevo entorno digital para reducir costes, que permita mejorar sustancialmente los salarios, dada la extrema importancia de las personas en la producción del servicio; ofrecer productos y servicios que provoquen experiencias para grupos más o menos amplios, pero que les generen valores concretos lejos de la masificación; usar recursos naturales en economía circular, el más rentable de los sistemas, y perder la obsesión por el número de turistas sustituyéndola por la del gasto que ejerce a cambio del valor ofrecido. 

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