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La conquista del tiempo

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Julio 2016 / 38

El tiempo es irreversible, una idea que es una obsesión casi desde el nacimiento de la literatura y del arte: el tiempo somos nosotros

ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

De los muchos acontecimientos que cubrió Henri Cartier-Bresson (1908-2004) resultan especialmente emocionantes sus imágenes de las primeras vacaciones pagadas, realizadas en el verano de 1936. El Frente Popular acababa de llegar al poder en Francia y Léon Blum tomó una serie de medidas sociales que hoy nos parecen obvias, pero que entonces no lo eran en absoluto: subida de salarios, semana laboral de 40 horas y primeras vacaciones pagadas. La fotografía más famosa de la serie, con cuya composición Cartier-Bresson homenajea al cineasta Jean Renoir, muestra a una pareja en primer plano tumbada en la hierba junto al río Marne mientras, al fondo, dos mujeres se bañan. Además de la lección de que los avances sociales se pueden impulsar, incluso cuando parece imposible, las fotos muestran un cambio esencial: a partir de ahí, el verano significa otra cosa, ha cambiado de sentido; el tiempo, al menos durante un mes, se ha transformado. 

El tiempo es maleable, social, cambiante, circunstancial —ya lo dijo Einstein en su famosa frase sobre la relatividad y Marilyn Monroe—; pero sobre todo es irreversible, un concepto que se convirtió en una obsesión casi desde el nacimiento de la literatura, empezando por Homero.

 

EL MISMO RÍO

No está claro ni cuándo ni cómo se escribió la Ilíada, la obra sobre la que crece nuestra cultura. Ni siquiera estamos seguros del papel que tuvo la escritura: muchos traductores prefieren hablar de “composición”, porque es muy probable que fuese un relato oral. A diferencia de lo que se pensó durante muchos años, la mayoría de los estudiosos creen ahora que sí existió Homero, un autor único que vivió en torno al siglo VIII (a. C.). Muchos hechos que identificamos con este relato —el talón de Aquiles, el caballo de Troya— no aparecen en sus páginas: este poema épico narra en 15.693 versos un episodio de apenas dos semanas del largo asedio de Troya, que enfrenta a diferentes caudillos guerreros griegos con los troyanos. Se trata del enfrentamiento entre dos héroes, el griego Aquiles y el troyano Héctor. Tanto esta obra como la Odisea vuelven una y otra vez a una serie de temas que, desde entonces, no han abandonado nuestra literatura: uno de ellos, tal vez el principal, es el paso del tiempo.

El viaje de Ulises es una constante lucha contra el tiempo perdido en la guerra. De hecho, en la Ilíada, Homero nunca oculta que lo que quieren los guerreros por encima de todo es regresar. “Vino al cabo, al rodar de los años, aquel héroe que habían decretado los dioses que volviese a casa”, dice uno de los primeros versos de la Odisea (en traducción de Manuel Fernández-Galiana para la edición de Gredos): ahí empieza el viaje interminable que todavía retrasa más un regreso que parece imposible. La Ilíada acaba con uno de los grandes momentos de la literatura, cuando Príamo, el padre de Héctor, viaja hasta el campamento griego para convencer a Aquiles de que le entregue el cadáver de su hijo, que el héroe ha arrastrado con su carro y mancillado. El anciano logra que el heleno se apiade con un discurso emocionante sobre el paso del tiempo, inexorable: “¡Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene mi misma edad y está en el funesto umbral de la vejez!”.

El viaje de Ulises es una lucha contra el tiempo perdido en la guerra

Nada refleja mejor la obsesión por el paso del tiempo que viajar por él

Esa obsesión de los griegos con el tiempo está todavía más clara en uno de los primeros fragmentos de filosofía que se conservan, el famoso pasaje de Heráclito, filósofo presocrático que vivió entre los siglos VI y V antes de nuestra era, que reza: “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos” (que Platón convirtió en una frase citada hasta la saciedad: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”). 

 

“TEMPUS FUGIT”

Naturalmente, los romanos heredaron ese mismo sentido de que el tiempo pasa, el río nunca es el mismo porque nunca somos los mismos. Virgilio lo resumió en un verso: “Tempus fugit”, ‘el tiempo se escapa’. El lugar más extraño en el que puede leerse esa frase es una mezquita del este de Londres, que encarna en sí misma el paso del tiempo, los cambios que experimentan las ciudades y los pueblos. El templo musulmán se encuentra en la calle Brick Lane, hoy famosa por los restaurantes bangladesíes. En el pasado fue una Iglesia protestante, fundada por los hugonotes (calvinistas franceses) que huían de las persecuciones de la monarquía católica, y posteriormente una sinagoga, construida por judíos polacos y rusos que escapaban de los progromos. Ya en el siglo XX, durante la descolonización, fueron los bangladesíes que buscaban refugio ante las masacres en Bengala los que ocuparon esas calles, que siempre acogían a los inmigrantes nuevos en su miseria. Rachel Lichtenstein describe en On Brick Lane, un evocador ensayo sobre ese rincón de Londres, los palimpsestos, las sutiles huellas que ha ido dejando toda esta historia formada por capas y migraciones. Una de ellas es que la mezquita conservó el reloj de sol del templo protestante original y la frase que lo acompañaba: “Tempus fugit”. En realidad, se trata de un viaje en el tiempo del que quedan huellas visibles. Todo el pasado está contenido en el mismo espacio, como si alguna marca hubiese quedado de nuestras idas y venidas entre el pasado y el futuro .

 

EL TIEMPO ES ORO

Esa inscripción en una mezquita nos demuestra que el tiempo no es oro, el tiempo somos nosotros mismos, porque siempre quedan en nosotros las huellas de su paso, diga lo que diga Cecil Sheridan Fox, el excéntrico millonario interpretado por Rex Harrison en la obra maestra de Joseph L. Mankiewicz Mujeres en Venecia. Fox reúne a todas las mujeres de su vida en su palacio veneciano en una recreación de Volpone, la obra de Ben Johnson, y las engaña diciendo que se encuentra a punto de morir. El tiempo es una obsesión constante del protagonista y de la película, sobre todo la imposibilidad para frenarlo —como ocurre en Cero K, la nueva novela de Don DeLillo, en la que un magnate trata de vencer a la muerte—. “No hay nada como el oro para pasar el tiempo”, explica Fox en una de las grandes escenas del filme, mientras suena la Danza de las horas de Ponchielli. “Hay tiempo bueno y tiempo malo, pero a los relojes no les importa nada lo que miden. A nosotros sí, a los que somos especiales. Lo paladeamos sorbo a sorbo como un gran vino”. El millonario vive obsesionado con otra época, con el siglo XVII de Ben Johnson, como si allí el tiempo fuese diferente. 

No hay nada que refleje con tanta fuerza nuestra obsesión por el paso de las horas como el sueño de los viajes en el tiempo, la posibilidad de cambiar aquello que creemos que no se puede alterar. La idea de visitar aquello que ya fuimos ha obsesionado a multitud de creadores, desde H.G. Welles hasta Jack Finney, autor de la novela sobre Nueva York Ahora y siempre, que Stephen King considera la mejor obra de viajes en el tiempo. 

 

EL VERANO DE NUESTRA VIDA

El novelista de Maine ensalza la obra de Finney en 22/11/63, su propia novela sobre viajes en el tiempo, que relata el intento de un profesor por evitar el asesinato de Kennedy gracias a un túnel a 1963 que descubre en un restaurante de comida rápida —no llega a cruzarse con la patrulla de El ministerio del tiempo, aunque tampoco sabe calcular las imprevisibles consecuencias de alterar la frágil estructura sobre la que se construye el presente desde el pasado.

Sin embargo, la novela de King que mejor describe el tiempo es Stand by me, el relato de unas vacaciones de verano de su infancia contadas desde el presente por un escritor famoso que recuerda lo que ocurrió con sus viejos amigos del colegio. Es un relato emocionante, llevado al cine por Rob Reiner, sobre la posibilidad de vencer a nuestro destino y, a la vez, sobre los inmensos espacios que nos separan de los veranos de nuestra infancia.

El tiempo es precisamente eso: lo que fuimos, lo que no volveremos a ser, pero también lo que hemos conseguido vencer y cambiar, desde la instauración de las vacaciones hasta el refugio de los pueblos que huyen. El tiempo se escapa, sin duda, pero esto no siempre es malo.