Los primeros seguros éticos

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  • Andrea Bosch

    El mutualismo, que ya fue clave para mejorar la calidad de vida de las clases populares en el siglo XIX, inspira ahora las nuevas iniciativas solidarias de protección.

    Podemos definir el seguro como un sistema mediante el cual una persona que está expuesta a un riesgo transfiere a un grupo o entidad las consecuencias económicas negativas que se derivarían del hecho de que, efectivamente, este tuviera lugar. Hoy en día, hay seguros de todo tipo: automóviles, multirriesgo de hogar, de edificios y de tiendas, de salud, de accidentes, de responsabilidad civil, de riesgos industriales, de vida, de defunción...

    La Ley de Ordenación del Seguro Privado de 1984 considera entidades aseguradoras las compañías de seguros privadas, las mutuas de seguros sin ánimo de lucro, las mutualidades de previsión social y las mutuas de accidentes del trabajo y enfermedades profesionales. Hoy en día el sector asegurador forma parte del sistema financiero, igual que los bancos; es más, a menudo los agentes empresariales implicados en ambas entidades son los mismos.

    Los trabajadores se organizaban ante el abandono de los poderes públicos

    La idea de protegerse contra eventuales pérdidas o necesidades, transfiriendo el riesgo individual a un grupo, es muy antigua; babilonios, egipcios, fenicios y griegos ya encontraron múltiples formas de ponerla en práctica. Sin embargo, la mayoría de historiadores sitúa el origen de los seguros en la Edad Media. Por una parte, el seguro con ánimo de lucro se originó en la Italia del siglo XIV, fruto del desarrollo comercial. Por otra, por esta misma época empezaron a proliferar hermandades, fundaciones de beneficencia, cofradías, hospitales y montepíos como entidades que auxiliaban a enfermos, viudas y huérfanos. Más adelante, durante la Edad Moderna, en Italia, en Inglaterra y en la península ibérica aquellas hermandades fueron convirtiéndose en sociedades de socorros mutuos, constituidas por trabajadores de un mismo gremio o incluso de gremios distintos, que se asociaban para afrontar colectivamente infortunios, tales como el accidente y la enfermedad. 

    El mutualismo obrero

    El mutualismo intentó ofrecer un seguro elemental contra la enfermedad y el paro para los miembros de las clases populares ante el abandono de los poderes públicos. Sus valores básicos fueron la libre adhesión, el apoyo mutuo, la democracia y la solidaridad.

    La mutualidad de previsión, o sociedad de socorros mutuos, fue una adaptación de las guildas de comerciantes y mercaderes, las cofradías y los montepíos religiosos, que se desarrolló cuando los gobiernos liberales del siglo XIX desmantelaron el viejo sistema de caridad religiosa del Antiguo Régimen sin reemplazarlo por prácticamente ningún otro sistema de protección social, salvo una mísera beneficencia pública, concebida como instrumento de control de los pobres y de prevención del conflicto social. Podemos considerar las mutualidades como una innovación social del siglo XIX, igual que las cooperativas, con las que en muchas ocasiones se emparentaron.

    En algunos países, las sociedades de socorros mutuos obtuvieron un pronto reconocimiento legal. En Inglaterra, una ley de 1793 permitió su rápida expansión; en Bélgica, recibieron un primer reconocimiento legal en 1831. Sin embargo, en España toparon con muchísimas dificultades hasta la Segunda República. Vivieron periodos de legalidad, es cierto, pero siempre estuvieron bajo la lupa de los gobiernos de turno, temerosos de que las mutualidades desbordasen el ámbito de lo asistencial para derivar hacia sociedades obreras de resistencia. 

    1840: Los obreros de la industria algodonera de Barcelona crean la primera sociedad de socorros de España

    Pese a que su tipología fue amplísima, se suele distinguir tres tipos de mutualidades: las mutualidades católicas, de carácter paternalista, más benéfico y asistencial que previsor y con un gran peso de socios protectores; las mutualidades populares, que no exigían requisitos de carácter profesional y que en la Península fueron las más numerosas, y las mutualidades obreras, que por sus características democráticas y solidarias entrarían de lleno en lo que hoy denominamos economía social y solidaria.

    Durante todo el siglo XIX y primer tercio del XX, en el Estado español, dichas sociedades gozaron de una implantación significativa en Cataluña y, en menor grado, en el País Vasco y Madrid; en el resto de la península su presencia fue escasa. 

    Parece que la primera sociedad de socorros mutuos fue creada en Barcelona en 1840 por los obreros de la industria algodonera, fue y disuelta gubernamentalmente al año siguiente tras publicar un manifiesto pidiendo la implantación del seguro de enfermedad y contra el paro forzoso. 

    A lo largo de todo ese siglo, se constituyeron centenares de mutualidades, muchas veces vinculadas a cooperativas agrarias o de consumo. Por ejemplo, una de las cooperativas de consumo catalanas más emblemáticas, La Flor de Maig, surgida en 1890, pronto creó también unos fondos para socorrer la vejez y la imposibilidad de trabajar de sus socios. En fin, la cooperativa tal vez más conocida de todos los tiempos, la Sociedad Cooperativa de los Pioneros de Rochdale, en Inglaterra, fundó en 1864, 20 años después de su creación, una sociedad de socorros para proteger a sus socios en caso de enfermedades y ayudarlos en los entierros.

    Podemos afirmar que el asociacionismo mutualista, junto con el cooperativista, representa una de las principales formas de autoorganización y sociabilidad de las clases populares de la época. En torno a las sociedades de socorros mutuos se celebraron conferencias y cursos, pero también banquetes y entierros, que eran de obligada asistencia para los socios. El sujeto histórico de estas formas asociativas fue, sobre todo, el trabajador de oficio, agrupado en redes sociales y habituado a organizarse autónomamente, quien, recreando viejas fórmulas gremiales, intentó resistir el avance del capitalismo. 

    Las mutualidades solían ir de la mano con el cooperativismo

    Sin embargo, durante el primer tercio del siglo XX las mutualidades obreras empezaron a decaer, debido a las dificultades de gestión, la insuficiencia de capital para cubrir riesgos como la invalidez permanente y la vejez, la intervención del Estado en materia de previsión y la aparición de las aseguradoras privadas.

    Algunas sociedades trataron de contrarrestar dichos factores, aumentando su tamaño y diversificando la procedencia social y geográfica de los socios. Sin embargo, estos cambios erosionaron los lazos de reciprocidad y burocratizaron su gestión, con lo que se distanciaron progresivamente de su base social, una involución que en la mayoría de casos ha llegado hasta nuestros días. 

    Más adelante, la puesta en marcha en 1967 del sistema nacional de la Seguridad Social todavía debilitaría más las mutualidades. La importancia del mutualismo se diluiría y las pocas mutualidades de previsión que sobrevivan, especialmente en Cataluña y el País Vasco, pasarán a ser concebidas como un servicio complementario a la Seguridad Social. De algún modo, podemos decir que la mutualidad murió de éxito, en el sentido de que constituyó la matriz de los entes nacionales de previsión a costa de quedar relegada a un segundo plano. 

    Como balance, es innegable que las mutualidades, sobre todo de base obrera, mejoraron la calidad de vida de amplios sectores populares y fueron, en general, ejemplo de equidad, honestidad, transparencia, solidaridad, democracia e igualdad. La mayoría desaparecieron o perdieron sus valores, salvo honrosas excepciones. En cualquier caso, son el antecedentes de las nuevas iniciativas de seguros éticos y solidarios. 

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