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Pecado 4 // Los beneficios, antes que la salud

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Octubre 2019 / 73

Desde la alimentación a los medicamentos, las multinacionales dictan las reglas del juego, en detrimento de nuestra salud.

ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

En el maravilloso mundo del capitalismo, la salud es un mercado como otro cualquiera, incluso con frecuencia, especialmente cautivo: es difícil cambiar el aire que respiramos o no hacer caso de las prescripciones de los médicos cuando estamos enfermos. En el siglo XX las enfermedades infecciosas disminuyeron en los países industrializados. No es ese el caso de las enfermedades crónicas (Alzheimer, Parkinson, diabetes, patologías cardiovasculares, etc.) que cada vez afectan a un número creciente de personas y no únicamente debido al envejecimiento de la población. El medioambiente desempeña un papel fundamental. Y en ello están involucradas las industrias químicas y agroalimentarias que configuran cada vez más nuestro modo de vida. En la otra punta del espectro se halla el sector farmacéutico con un peso cada vez mayor. Su volumen de negocios superó el billón de dólares en 2017.

 

EFECTO CÓCTEL

La industria química (Bayer, Dupont, etc.) no para de inventar moléculas –más de 100.000 desde 1945– que nos encontramos en los cosméticos, el plástico y… en nuestra comida a través de los pesticidas. Según el INRA (Instituto Nacional para la Investigación Agronómica en sus siglas en francés), una manzana que no proceda de la agricultura ecológica sufre de media 36 tratamientos químicos. El problema es que, aunque las ingiramos en pequeñas dosis, las moléculas se combinan entre ellas. Ese efecto cóctel debilita el sistema inmunitario y contribuye al desarrollo de ciertas patologías crónicas y a la infertilidad. Muchos son alteradores endocrinos.

El ‘efecto cóctel’ debilita el sistema inmunitario

La industria alimentaria vende productos llenos de azúcar, sal y grasas

La Unión Europea se dotó en 2007 del Reglamento Reach que ha permitido restringir el uso de 200 moléculas consideradas peligrosas para la salud humana, tanto en los productos de limpieza como en las pinturas. Pero sigue siendo insuficiente. Aunque es más eficaz que el procedimiento de prohibición administrativa estadounidense, que desde 1976 solo ha afectado a cuatro sustancias, Reach se basa en un principio de autorización derogatoria que, de hecho, limita las prohibiciones . El sector no escatima, además, en el lobbying creando controversia científica y ha logrado que disminuya la aplicación del principio de precaución, como ha demostrado la periodista Stéphane Horel respecto a los alteradores endocrinos. El ejemplo del glifosato lo ilustra también: aunque el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC) consideró en 2015 que esta sustancia era un “cancerígeno probable”, la mayoría de las agencias de regulación no hicieron caso. En 2017, La Unión Europea lo autorizó de nuevo durante cinco años. Solo Austria ha decidido este verano prohibirlo.

 

DIABETES Y OBESIDAD

Por su parte, la industria agroalimentaria vende productos transformados atestados de azúcar, de sal y de grasa. Es un modo de producir más barato y de hacernos adictos. Bien dosificados, el azúcar y la grasa activan los circuitos cerebrales de recompensa y pueden crear una dependencia. Las consecuencias de esta dependencia sobre nuestra salud son devastadoras. En todo el mundo, la obesidad afecta hoy en día a un adulto de cada ocho. En la actualidad en China, cerca del 10% de la población sufre de diabetes del tipo 2, una enfermedad que en 1980 era prácticamente inexistente.

Frente a ello, los poderes públicos no paran de emitir recomendaciones a la población. Pero “el partido entre el eslogan ‘comer cinco frutas y verduras al día’ y las eficaces campañas publicitarias de los productos menos dietéticos (…) es muy desigual si tenemos, además, en cuenta que el precio de los productos es inversamente proporcional a su interés nutricional”, recuerda el especialista Didier Tabuteau.

 

SANIDAD Y NEGOCIO

Finalmente, la industria farmacéutica se ha convertido en una maestra en el arte de hacer de la salud un negocio. Aunque su modelo económico de blockbuster, un medicamento protegido por una patente y vendido masivamente, está decayendo con la llegada de las biotecnologías, que han hecho más compleja y larga la fase de investigación. Por ello, las grandes firmas trabajan crecientemente en joint-venture o compran empresas emergentes que han llevado a cabo las primeras fases de I + D de determinado producto.

La obesidad afecta hoy a un individuo de cada ocho

Ahora desarrollan medicamentos dedicados a una categoría específica de pacientes que sufren enfermedades crónicas y que venden a un coste exorbitante para la Seguridad Social. Ese precio desmesurado no sirve, sin embargo, para pagar una investigación autónoma porque los laboratorios de investigación pública están con frecuencia en el origen de las nuevas moléculas. 

La organización holandesa independiente y sin ánimo de lucro Centre for Research on Multinational Corporations (SOMO), que investiga sobre multinacionales, subraya que los pacientes pagan con frecuencia tres veces por cada nuevo medicamento: la primera al  financiar la investigación pública, la segunda al  subvencionar a la empresa emergente y la tercera al comprarlo. De hecho, entre mediados de la década de 1990 y hoy, el tipo de dividendo, es decir, el porcentaje de los beneficios que se reparte entre  los accionistas, se escalona entre el 40% y más del 100% en las mayores empresas del sector farmacéutico, según el think tank belga Mirador.

En otras palabras, cerca de la mitad de los beneficios del sector se va, al menos, en dividendos. Capitalismo y salud solo forman una buena pareja para el beneficio de algunos.