Riesgo moral

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  • Agosto 2017

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    Cuando, al sonar la duodécima campanada, Cenicienta vio cómo su lujoso traje de baile se transformaba en andrajos, sufrió un cambio completo de personalidad y, por tanto, de comportamiento. No es raro, en la vida económica francesa tenemos el caso de un famoso economista que ahora no cesa de proferir imprecaciones y de acusar de “negacionistas” con los que hay que acabar a todos los que no piensan igual que él (desde entonces no me siento muy tranquilo cuando salgo solo por la noche). También está el caso de un trader que se ha convertido en jesuita y un gran empresario que preside una federación de asociaciones de reinserción social.  Y no hay que olvidar (y es más frecuente) a los economistas que se embolsan los nada despreciables cachés de los consejos de administración de los bancos o las multinacionales mientras conservan su condición de funcionarios, lo que les procura un paracaídas en caso de que las cosas vayan mal. Los cambios de personalidad no son, pues, raros: la princesa se puede convertir en una pordiosera; el seminarista, en Stalin, y el médico más abnegado, en un verdugo sanguinario.


     

    ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

    CÁLCULO RACIONAL E INCITACIÓN AL DELITO

    Si esos cambios de comportamiento interesan a los economistas, y no sólo a los psicólogos, es porque, generalmente, no se deben ni al azar ni a una conversión. No tiene nada que ver con lo que le ocurrió a Paul Claudel, cuyo corazón fue tocado por la fe al pie de un pilar de la catedral de Notre-Dame de París, sino con el cálculo racional.

    El abuelete al volante se convierte en un piloto de Fórmula 1 desde el momento en que está bien asegurado. Y el trabajador concienzudo se transforma, de la noche a la mañana, en un holgazán porque le han garantizado el empleo. La gente es oportunista al máximo, está en su naturaleza, sostienen los economistas de moda. Cuanto más se les protege, más se arriesgan y más paga la sociedad por ello.

    Por eso hay que estimularles a que se porten bien: aumento de las primas de seguro de los conductores de riesgo, amenaza de despido a los trabajadores que se abandonen… Los economistas demuestran así que contribuyen a mejorar la naturaleza humana.

    El riesgo moral es una catástrofe cuando afecta a las instituciones 

    Si un banco sabe que en caso de dificultad será rescatado, se le incentiva al riesgo

    Salvo que el riesgo moral se convierte en una catástrofe cuando afecta no ya a las personas, sino a las instituciones. Si los dirigentes de un banco saben que en caso de que éste se halle en dificultades, será rescatado debido a los efectos devastadores que su quiebra ocasionaría sobre todo el sistema económico, se ven incentivados a adquirir riesgos: si sale cara, gano y, si sale cruz, el contribuyente pierde.        

    El riesgo moral se convierte entonces en una incitación al delito. Y solo puede neutralizarse mediante normas y controles, para disgusto de los mismos economistas de moda que creen a pies juntillas en el buen hacer de la mano invisible del mercado.

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