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Transformación // Por una transición ecosocial con democracia económica

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Julio 2021 / 93

La transición ecológica como nuevo marco mental.

La irrupción de la pandemia ha acelerado un proceso —que ya estaba operando con anterioridad a la llegada del virus— de reestructuración global del capitalismo. Es un proceso que, fruto de las sucesivas crisis económicas, ha ido ahondando en los procesos de acumulación por desposesión de cuerpos y territorios, agudizando las problemáticas sociales y ambientales causadas por el mismo.  

A raíz de la parálisis causada por el virus, se ha generado un nuevo marco —al menos desde un punto de vista narrativo— para la construcción de la nueva normalidad pospandemia. En el caso de la Unión Europea, esta narrativa se está expresando principalmente a través de los llamados fondos Next Generation y del conjunto de propuestas que se están presentando, desde los distintos países, para acceder a los mismos. Este paquete de ayudas es, sin duda, el principal campo de batalla —tanto material como simbólico— entre los distintos proyectos de transición ecológica que están sobre la mesa. No hay más que ver el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia elaborado por La Moncloa, en el que una de las cuatro líneas directrices lleva por nombre, precisamente, transición ecológica. 

Capa de pintura verde

La necesidad de llevar a cabo una transición ecológica es difícilmente cuestionable. La consecuencias del calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y la inevitabilidad del agotamiento de los recursos no renovables —especialmente, los combustibles fósiles y los metales preciosos— son hoy tres hechos irrefutables. Por lo tanto, existe cada vez un mayor consenso en que debemos transitar por un proceso de adaptación como especie que reestructure todo nuestro entramado socioeconómico, cultural y tecnológico, para minimizar los impactos del cambio climático y adaptarnos a una mayor escasez energética y material. Así pues, la pregunta que debemos afrontar como sociedad es qué transición queremos. 

El debate público abierto en torno a los fondos europeos brinda la oportunidad de confrontar distintas propuestas. Por un lado, tenemos a los de siempre, proponiendo lo de siempre, pero con una nueva capa de pintura, de un verde más chillón, pero igualmente superficial. Sería lo que podríamos llamar transición ecológica tecnocapitalista, que basa el grueso de sus propuestas en un cambio tecnológico de gran escala —electrificación del transporte, renovables de gran escala, digitalización— llevado a cabo por las grandes corporaciones en alianza con el Estado y que no cuestiona, para nada, las causas de fondo de la crisis ecosocial. Por tanto, como “lo social” no existe, no se contemplan mecanismos de redistribución, protección y garantía de necesidades básicas para todas las personas a quienes afectará, a bien seguro, una reestructuración socioeconómica de tal magnitud. Y es que, precisamente, la clave para definir qué proceso adaptativo recorremos está en esto: en si la transición se convierte en la última gran operación del capitalismo antes del colapso, o si, fruto del empoderamiento colectivo, empujamos una transición que cambie las reglas del juego y no deje a nadie atrás; una transición con criterios de justicia social y democracia económica. En definitiva, una transición ecosocial.

Desde la Xarxa d’Economia Solidària, en diálogo con distintos colectivos en lucha —vivienda, antirracismo, feminismo, ecologismo social, etc.— hemos elaborado un conjunto de propuestas para definir los cambios necesarios, a nuestro entender, para llevar a cabo una transición ecosocial3. 

Más recursos

En cuanto a los cambios económicos, hace falta forzar un decrecimiento de la producción y el consumo, relocalizar y simplificar la cadena de satisfacción de necesidades. Esto implica reconvertir los sectores socialmente y/o ambientalmente nocivos y potenciar las actividades esenciales para la vida, como, por ejemplo, la agricultura ecológica, la salud y los cuidados. Además, esta reestructuración a gran escala debe llevarse a cabo protegiendo a las personas trabajadoras —tanto del Norte como del Sur Global— afectadas por la reconversión, para evitar que los costes de la misma recaigan sobre las clases populares. 

En este marco, es esencial otorgar a la economía social y solidaria (ESS) más recursos y posibilidades para que tenga un papel central en esta reconversión de la matriz productiva, a fin de garantizar que la transición se realiza bajo lógicas de democracia económica, solidaridad y cooperación. Asimismo, hay que situar los cuidados en el centro de la actividad económica y dar la centralidad que merece a la economía reproductiva. Resulta también clave reforzar y democratizar el sector público en ámbitos como la sanidad, los servicios sociales y la educación, así como dotar a las instituciones de capacidad para planificar, de manera participada, la economía.  

Debemos transitar por un proceso de adaptación como especie que reestructure todo nuestro entramado social y económico

Un cambio de esta magnitud solo será posible gracias a una gran alianza

En lo social, hay que mejorar la distribución de la riqueza mediante un sistema fiscal progresivo fuerte —y con perspectiva ecológica—, la instauración de una renta básica universal y la reducción de la jornada laboral. Además, la transición ha de venir acompañada de una regeneración democrática basada en el empoderamiento de la ciudadanía, y hacerlo sin dejar a nadie atrás.

En tercer lugar, es importante remarcar que el proceso adaptativo que debemos transitar requiere un cambio rápido y masivo de las formas de vida y, por tanto, del sustrato cultural que sostiene y reproduce nuestros hábitos y rutinas. Hay que acompañar el cambio económico y social de un cambio cultural que nos haga transitar de la sociedad de consumo hacia una sociedad con conciencia de especie. 

Finalmente, necesitamos un cambio masivo y acelerado de las infraestructuras que sostienen nuestras formas de vida, especialmente las relacionadas con los sistemas de transporte de personas y mercancías, con la generación y distribución de energía, con los sistemas productivos industriales y con la digitalización. 

Uno de los elementos centrales de este cambio tiene que ver con la manera en que ocupamos el espacio y la insostenibilidad de la hiperurbanización. En consecuencia, hay que impulsar procesos de desurbanización y de reequilibrio territorial que refuercen los recursos y las capacidades de las comunidades, generando oportunidades de desarrollo local y minimizando las dependencias de los grandes polos urbanos.

Un cambio de esta magnitud solo será posible gracias a una gran alianza de actores sociales y económicos que, al mismo tiempo que se movilizan y presionan a los distintos gobiernos, llevan a la práctica estas transiciones en pueblos y ciudades, demostrando que una transición ecológica con justicia social y democracia económica es posible.