Entre los deseos y la realidad

  • Los finales de año son propicios a los balances. Más aún si coinciden con el ecuador de una legislatura, como es el caso de la actual, y para colmo al ex presidente del Gobierno que pilotó el país de la cima a la sima y al que fuera su primer ministro de Economía les da por exprimir su personal torrente de recuerdos sobre el vendaval económico y financiero que ha llegado a destruir 3,8 millones de empleos. El momento confluye, para más inri, con el progreso del 0,1% de crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) más festejado de la historia: es lo que ha vuelto a crecer, pobremente, la economía española, después de nueve larguísimos trimestres de retraimiento.

    Somos conscientes de que es mejor una décima que ninguna, y de que las tendencias se construyen dato a dato. Pero precisamente por ello no cabe jalearlos como la gran victoria, cuando tras una crisis sin parangón como la actual, el paisaje económico y social resulta tan devastador.

    No hay ningún análisis ni pronóstico que augure una reducción drástica del desempleo, nuestro mayor problema. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha alertado abiertamente de que, en los próximos cinco años, en España la tasa de paro sobre la población activa no bajará del 20%, como gran alerta roja en una década de escaso crecimiento y elevados niveles de deuda.

    El problema se enquista en los extremos, con una bolsa de parados que llevan más de un año, y de dos, sin encontrar hueco en el mercado laboral, buena parte de ellos con escasa posibilidades de reinserción. Suman ya cerca de la mitad del total. Al otro extremo, la juventud, que en España arroja indicadores impropios de un país desarrollado, empezando por el paro, que abarca a más del 55% de los que están en edad y disposición de trabajar, y siguiendo por la precariedad, los bajos salarios y las dificultades de emancipación.

    El agotamiento del viejo manual hacia la prosperidad empuja a nuestros jóvenes a buscarse la vida fuera. O a tirar la toalla. La población activa española se ha reducido en 375.600 personas en un par de años (de 23.103.600 personas en 2011 a 22.728.000 en el tercer trimestre de 2013). Es un aspecto clave a la hora de valorar la tasa de paro, porque la base sobre la que se calcula encoge.

    La población activa se ha reducido en 375.600 personas en dos años

    La crisis de la deuda no puede considerarse un capítulo ya cerrado

    Visto el proceso de sobreendeudamiento de empresas, bancos y familias que originaron la gran burbuja española, alimentada por la financiación exterior, ante la mirada pasiva, entre otros, del Banco Central Europeo (BCE), el margen para el gasto en consumo e inversión es muy escaso. Es cierto que entre julio y septiembre las familias consumieron más respecto del trimestre anterior y el gasto de las administraciones públicas tuvo un comportamiento positivo, mientras la inversión permaneció estable, lo cual ha dado alas a pensar que la demanda interna puede entrar, tras tanto ajuste, en otra etapa. Parece más de estancamiento que de progreso.

    El único dato que muestra una clara mejoría es la disminución de lo que le cuesta al Estado financiarse para hacer frente a sus obligaciones en lugar de estar pagando intereses absurdos debido a la desconfianza en su capacidad de devolver el dinero respecto de la economía considerada más fiable por los inversores, Alemania. La prima de riesgo, que llegó a abrir una brecha de 630 puntos respecto de su referente, se mueve por debajo de los 240. Sin embargo, la crisis de la deuda europea no puede considerarse un capítulo ya cerrado. Durante los últimos tres años, la banca extranjera ha reducido en picado su exposición a la deuda española, que ahora inunda los balances de la banca española. Estamos pendientes de los test de resistencia a la banca europea y a eventuales sustos, un posible nuevo rescate a Grecia y decisiones clave para completar la unión monetaria con una unión bancaria sobre la que los socios de la UE mantienen serias discrepancias.

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