Pragmatismo

  • ¿Social-liberal? ¿Socialdemócrata? Se ha desatado una guerra de etiquetas desde que el jefe de Estado francés, François Hollande, decidió añadir 10.000 millones de euros de exenciones en las cotizaciones sociales a los 20.000 millones del Crédito de impuesto para la competitividad y el empleo (Cice).

    Respecto al social-liberalismo, no se deben exagerar las analogías entre el discurso del presidente de la República Francesa y los que, en su momento, tenían Tony Blair o Gerard Schroeder. A diferencia de ellos, François Hollande no muestra, hasta el momento, la pasión por el workfare y la flexibilización a ultranza del mercado laboral que constituían el núcleo del programa de aquellos. Tampoco vemos en él la agenda social de un Tony Blair, quien no temía jugar con la pasión por la seguridad de sus conciudadanos. Por último, Tony Blair incrementó mucho las retenciones y los gastos públicos británicos en lo que a la sanidad y educación se refiere. Lo cual François Hollande no se dispone realmente a hacer...

    Social-liberal, socialdemócrata,  ninguno de estos adjetivos acaba de encajar con Hollande

    ¿Es entonces un socialdemócrata? En lo que se refiere a la forma y el método, hay muchas cosas que hacen que Hollande esté muy cercano a esta sensibilidad: la prioridad que ha dado desde el principio a la negociación con los sindicatos y la patronal y, ahora, la búsqueda de un pacto con las “fuerzas vivas” del país incluyendo contrapartidas, aunque probablemente no pasarán de ser hipotéticas. Pero se necesitaría mucho más para considerar que la política del jefe de Estado francés se acerca de verdad a la de los socialdemócratas del norte de Europa. El hecho de haber excluido la educación nacional del esfuerzo por reducir el déficit corresponde a una política de “inversión social”, pero los modelos escandinavos son mucho más exigentes en este ámbito. La voluntad expresada a comienzos de su mandato de restablecer la legitimidad y la progresividad del impuesto va también en esa dirección, aunque dista mucho de ser suficiente. Pero, y ello es el resultado de una larga historia, aún queda mucho por hacer para desarrollar la costumbre y la cultura de la negociación en las empresas francesas cuyos patronos tienden con demasiada frecuencia a considerarse reyes por mandato divino. Al mismo tiempo, los asalariados no se sienten identificados con unos sindicatos rotos en mil pedazos. Finalmente, las socialdemocracias del norte siempre han dado prioridad a mejorar el tejido productivo frente a las simples estrategias de bajada de los costes.

    François Hollande acaba de anunciar un ajuste de 50.000 millones de euros entre 2015 y 2017. FOTO: EUROPEAN PARLIAMENT

    En el fondo, si ninguno de estos adjetivos califica a François Hollande es, ante todo, porque su política no se basa en una visión ideológica muy estructurada, sino en una apreciación, que pretende ser pragmática, de las relaciones de fuerza y de los márgenes de maniobra en el seno de un sistema lleno de constricciones. Ello se debe, sobre todo, al pacto franco-alemán que Hollande selló nada más ser elegido, una constricción en buena parte consentida y que el presidente jamás ha dado la sensación de querer cuestionar realmente. Sin embargo, a veces no está mal atreverse a tomar distancia: incluso en un marco muy constreñido, hay más de una política posible.

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