El poder, un vicio que hay que saber dominar

  • Enero 2019

    El vicio del poder es el irónico biopic sobre Dick Cheney, vicepresidente de EE UU y mano derecha de George W. Bush.

    Christian Bale, en una secuencia de  la película

    Llegó a nuestras carteleras avalada por una retahíla de premios y nominaciones, a las que posteriormente se sumaron las ocho candidaturas a los Oscar, no solo por sus buenas interpretaciones, sino también por su dirección y guion. El vicio del poder es una aproximación libre de la vida de uno de los protagonistas en la sombra de la política americana de las últimas cinco décadas. Hasta que no aterrizó en la gran pantalla, el poder que había acumulado Dick Cheney prácticamente era desconocido para un gran sector de la población. Ese ha sido precisamente uno de los mayores éxitos de su carrera. "Temed al hombre silencioso porque cuando los otros hablan, él observa; cuando los otros actúan, él maquina; cuando los otros descansan, él golpea." Estas palabras de presentación nos permiten hacernos una idea del hombre al que debemos este biopic, que navega entre el rigor de los datos y el tono incisivo de su lectura.

    El que fuera vicepresidente de Estados Unidos y mano derecha de George W. Bush es representado por un metódico Christian Bale, que se introduce dentro del personaje no solo físicamente, llegando a poner en riesgo su salud, sino también emocionalmente para ofrecernos un nuevo trabajo que aplaudir. La historia que retrata El vicio del poder parte en 1963 con un Cheney borracho, sin rumbo y sin más porvenir que el de acompañar a su futura esposa, Linney, a una vida sencilla y decepcionante. Interpretada por una brillante Amy Adams, es ella quien se encarga de poner los puntos sobre las íes y pilotar la empresa familiar desde sus inicios para hacer valer una vez más aquello que "detrás de un gran hombre (sino grande, al menos poderoso) hay una gran mujer". Consciente de sus límites para ascender en una sociedad patriarcal que relegaba a la mujer a un segundo plano, tuvo claro desde un principio que sin un hombre que le abriera camino le sería casi imposible alcanzar su ansiado objetivo: llegar a las cotas más altas de la Casa Blanca. A lo largo del film hay pequeñas perlas de un tono sarcástico con guiños al feminismo como la crítica que Linney hace a Dick cuando este habla de forma aniñada a su hija: "si la tratas como a una tonta acabará siendo una tonta". El guion, del mismo director de la cinta, Adam McKay, no deja puntada sin hilo.

    Llegar al poder es todo un reto, pero mantenerse en él es un mérito reservado solo a unos pocos. Según nos cuenta el film de McKay, "ser callado, hacer lo que te manden y ser leal" eran las bases del método de Cheney, pero también observar y escoger en el momento oportuno el bando más adecuado, aunque ello supusiera abandonar a tu mentor (a veces, solo por un tiempo).

    El vicio del poder también nos deja conceptos técnicos e invisibles a la ciudadanía como el poder ejecutivo individual (que otorga una gran libertad de decisión a la persona que lo ostenta, en este caso el propio vicepresidente) y la derogación de la doctrina de la imparcialidad, que acabó con la obligatoriedad de mostrar las diferentes partes de un asunto en los medios de comunicación. A todo ello se sumó la maquinaria mediática basada en la reformulación de conceptos por vía del marketing: sustituir el calentamiento global por el cambio climático o el impuesto de sucesiones por el impuesto a la muerte. Grandes dosis de realidad para una sociedad edulcorada.

    Así pues, El vicio del poder se perfila como una estimulante historia sobre un personaje clave de la política americana reciente, en el que, además, se reflejan los diferentes roles del sistema construido por la generación que actualmente termina su legado con la jubilación.

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