Lo que queda de Marx tras el diluvio

  • 26 Marzo, 2018

    Bicentenario: De las ideas del padre del materialismo histórico perdura sobre todo la capacidad de profecía sobre el capitalismo.

    01 Marx murió en 1883, el mismo año en que nacieron los economistas Joseph Schumpeter y John Maynard Keynes. Aunque al primero, por decirlo de alguna manera, se le considera más escorado al centro derecha y al último al centro izquierda en la historia de las ideas económicas, su acercamiento a la obra del sabio de Tréveris, que ahora cumple 200 años de su nacimiento, fue mucho más matizada paradójicamente en el caso del austríaco que del británico. En muchos aspectos, los tres bebían de las mismas fuentes: las teorías de David Ricardo y del resto de los economistas de la escuela clásica, que reformularon de distinta manera. Schumpeter resumió la relación que desde el siglo XIX tienen los científicos sociales respecto al marxismo: “Todas las generaciones de economistas, una tras otra, vuelven la mirada a la obra de Karl Marx, aun cuando sean muchas las cosas condenables que encuentran en ella”.

    El autor de Capitalismo, socialismo y democracia y Marx compartían la concepción de que el proceso económico, al cambiar en virtud de su propia lógica inherente, transforma incesantemente la estructura social; esto es, la sociedad en su conjunto. Desde esa concepción llegaron a resultados muy diferentes: el uno, a una ardorosa defensa del capitalismo; el otro, a su condena y el pronóstico de su desaparición. Escribía Schumpeter que la mayor parte de las creaciones del intelecto o de la fantasía desaparecen para siempre después de un intervalo de tiempo que varía entre una hora de sobremesa y una generación; con otras, sin embargo, no ocurre así, sino que “sufren eclipses pero reaparecen de nuevo, y no como elementos anónimos de un legado cultural, sino con ropaje propio y con sus cicatrices personales, que pueden verse y tocarse. Podemos llamar a esto las grandes creaciones (…) tal es indudablemente la calificación que hay que aplicar al mensaje de Marx”.

    Keynes es mucho menos amable con El Moro (así le llamaban familiares y cercanos). En los años treinta del siglo pasado, cuando la Gran Depresión facilitaba que muchos ciudadanos afrentados pusiesen sus ojos sobre la alternativa que suponía el marxismo, el de Cambridge calificó desdeñosamente El capital, la obra magna de Marx, como un libro de texto económico obsoleto, que no era solo científicamente erróneo, sino sin interés o aplicación en el mundo moderno. No podía soportar el marxismo como análisis ni el comunismo como método. Sus ataques eran continuos a las pretensiones científicas del marxismo como materialismo histórico y como materialismo dialéctico. Sobre El capital escribe en su texto Ensayos de persuasión utilizando esa aristocracia de la inteligencia que tanto le marcaba: “Mis sentimientos hacia Das Kapital son los mismos que hacia el Corán. Sé que es históricamente importante y sé que mucha gente de la cual toda no es idiota lo considera una especie de Roca de la Humanidad y que contiene inspiración. Aun así, cuando miro dentro de él me resulta inexplicable que pueda tener este efecto. Su deprimente y anticuada controversia académica me parece extraordinariamente inapropiada como material para este propósito. Pero entonces, como he dicho, siento lo mismo que con el Corán. ¿Cómo pudieron cualquiera de estos dos libros llevar el fuego y la espada a medio mundo? Me supera. Claramente, hay algún defecto en mi comprensión (…). Pero sea cual sea el valor sociológico de Das Kapital estoy seguro de que su valor económico contemporáneo, aparte de sus ocasionales pero inconstructivos flashes de conocimiento, es nulo”.

    Schumpeter y Keynes coinciden en las analogías religiosas del marxismo: si para uno El capital semeja al Corán, el otro cree que es inmortal por ser lo más parecido a una religión: porque posee un sistema de fines últimos (la sociedad sin clases) que da sentido a la vida; porque desarrolla una guía (la lucha de clases) que es un plan de salvación para alcanzar tal fin, y porque promete el paraíso (el fin de la explotación) después de la muerte.

     

    02 Es difícil encontrar en una sola persona tantas personalidades juntas. Teórico y práctico, investigador y divulgador (periodista), sociólogo, filósofo, historiador y economista… todo eso fue Marx. Participó en la dirección y en la redacción de publicaciones radicales como la Gaceta Renana, la Nueva Gaceta Renana, Anales franco-alemanes, etcétera; fue parte de la Liga de los Comunistas (para la que escribió junto a Engels, su Manifiesto del Partido Comunista, y de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional, formada por un magma de comunistas, anarquistas, socialistas utópicos seguidores de Fourier y Owen, socialistas tibios y hasta nacionalistas. 

    Es muy difícil desgajar las dos trayectorias, la del retiro del intelectual que dejará sus tesis a la posterioridad, de la del organizador y propagandista. Su compañero, Friedrich Engels, del que tanto dependió, dijo frente a la tumba de Marx, el día en que este fue enterrado: “Así como Darwin descubrió la ley de la evolución en la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley de la evolución en la historia de los hombres”. Y en otro momento declaró: “Karl Marx fue ante todo un revolucionario. Su verdadera misión consistió en contribuir de todas las maneras a la caída del régimen capitalista y de las instituciones políticas creadas por este, así como a la liberación del proletariado moderno, al cual fue el primero en darle conciencia de la situación, de sus necesidades y de las condiciones de su emancipación. El combate era su elemento”. En la tumba de Marx, en el cementerio londinense de Highgate, están impresas las dos frases que condensan esa unión entre la teoría y la práctica: el lema de la Liga de los Comunistas “¡Proletarios de todos los países, uníos!” y la undécima tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”.

    Schumpeter y Keynes señalaron las analogías religiosas del marxismo

    La relación intelectual entre Marx y Engels fue fecunda como pocas

    Sigue la discusión sobre si hay fractura entre el Marx joven y el maduro 

    Pocas veces ha resultado tan fecunda la relación intelectual y cómplice entre dos personas como la de Marx y Engels. Friedrich Engels era otro alemán con el alma dividida: hijo de un rico empresario con fábricas en Manchester, se consideraba un “revolucionario en germen” y como un “comunista intuitivo”. Frustrado por su falta de educación universitaria y por su ignorancia ante trabajos como los de los economistas clásicos, era práctico y eficaz, mientras que Marx “carecía de experiencia en la administración y de cualquier tipo de contacto comercial con los seres humanos” (George Bernard Shaw). Se frecuentaron en París, donde Marx se había quedado impresionado por algunos de los artículos “intuitivos” de Engels.

    Pero fue un libro de este último, La situación de la clase obrera en Inglaterra, el que hizo caer del caballo a Marx e iniciar una nueva senda de investigación más científica y menos humanista. Sin este libro es posible que Marx hubiera tenido más dificultades en dejar de ser un joven hegeliano más. A partir de ese momento, se multiplican en sus textos conceptos como proletariado, clase obrera, condiciones materiales, economía política, acumulación, valor, plusvalía, capital variable y constante… e inicia los trabajos para lo que muchos años después sería su obra central, El capital.


    03 Si hay fractura epistemológica entre las dos etapas, entre el Marx joven y el Marx maduro, es algo que siguen discutiendo los especialistas. El mayor teorizador de esta ruptura fue Louis Althusser, quien afirmaba que los textos del sabio de Tréveris no conforman un todo coherente, sino que, al desarrollar sus estudios sobre la economía política, se desembarazó de su propia conciencia filosófica y comenzó a trabajar científicamente. El primer período duraría hasta el año 1845, etapa en la que se centraría en conceptos como la enajenación y la ideología desde un punto de vista cercano al humanismo, todavía en el interior del idealismo alemán y el hegelianismo de su juventud; el segundo, el Marx maduro, llegaría hasta su muerte y estaría centrado, sobre todo, en la economía más que en la filosofía, y su texto principal sería la obra magna El capital, crítica de la economía política, además de textos históricos como El 18 Brumario de Luís Bonaparte  y La Guerra Civil en Francia, un análisis sobre la Comuna de París de 1871 (a la que consideraba como un laboratorio comunista).

    El Manifiesto comunista, escrito conjuntamente por Marx y Engels, no pertenece a esa disputa ideológica entre humanismo y economía. Tiene vida propia en la obra de los dos revolucionarios. Escrito en Bruselas en el año 1848 en un tiempo récord, su 170 aniversario tiene tanta potencia icónica como la efemérides del 200 aniversario del nacimiento de Marx. 1848 no es un año cualquiera: fue un año de temor e inquietud para los defensores del Antiguo Régimen en Europa; en el ambiente se respiraba un cambio revolucionario y las posiciones del statu quo parecían a punto de desmoronarse. Las clases dirigentes veían con  aprensión la multiplicación de revueltas que se materializaban en una especie de comunismo arcaico, difuso, motivado por la frustración y la desesperación de las capas más bajas de la sociedad. Probablemente si hubiera habido ya entonces una Liga de los Comunistas potente y organizada, con unas ideas expuestas en forma de prioridades y un horizonte de transformación, aquellas revueltas habrían sido menos espontáneas, más organizadas y con objetivos concretos. Al final, fueron aplastadas sin piedad. 

    En este contexto aparece el Manifiesto del Partido Comunista. Marx y Engels convencen a los dirigentes de la Liga Comunista que el eslogan de Todos los hombres son hermanos sea sustituido por el de ¡Proletarios de todos los países, uníos!, cambio que refleja en sí mismo lo que proporcionaba el Manifiesto a aquellos hombres para los que los acontecimientos de 1848 solo habían sido una especie de ensayo general con todo de una revolución que llegaría inevitablemente. El texto les aportaba una filosofía de la historia según la cual la revolución no solo era deseable, sino irremediable.

    Es muy oportuna la relectura del Manifiesto 170 años después, pues en la misma queda demostrada que la capacidad de profecía sobre el capitalismo seguramente es la parte más potente y perdurable del pensamiento de sus autores. En primer lugar, Marx y Engels establecen una relación elogiosa con el capitalismo, cuya necesidad histórica y superadora de modos de producción anteriores siempre reconocieron: “Cada etapa de la evolución recorrida por la burguesía ha ido acompañada del correspondiente éxito político (…) La burguesía ha desempeñado en la historia un papel muy revolucionario”. Sin embargo, en esa labor, suprime cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, de la propiedad y la población, hasta tal punto que genera contradicciones muy importantes en su seno entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, que llevan al capitalismo hacia su destrucción. Así pues, el capitalismo es un modo de producción más, una realidad histórica concreta y no el final de la historia, que será superado por otros modos de producción en los que esas contradicciones serán menores. En ese camino, el capitalismo lleva al imperialismo, que hoy identificamos con la globalización. Sirvan estas frases para una descripción de ese momento histórico: “El descubrimiento de América y la circunnavegación de África crearon un nuevo terreno para la burguesía ascendente. Los mercados de la Indias Orientales y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercancías en general procuraron al comercio, a la navegación y a la industria un auge desconocido hasta entonces y, con ello, una rápida evolución del elemento revolucionario en la sociedad feudal en descomposición”.

    El ‘Manifiesto’ supera la disputa ideológica entre humanismo y economía

    El autor de ‘El capital’ veía la revolución deseable e irremediable

    Para él, la lucha de clases explica la historia de todas las sociedades

    En el sistema capitalista hay dos grandes clases sociales en permanente disputa: los propietarios de los medios de producción y los proletarios: “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; una lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o en hundimiento de las clases beligerantes”. En esta confrontación, “el gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la  burguesía”. 

    Numerosos prólogos, primero de los dos autores, después de Engels una vez que Marx había muerto, contextualizaron el Manifiesto dentro del marco de su época, pero desbordaba a esta por cuanto el texto vino a representar la esperanza de millones y millones de ciudadanos que vieron en él un sentido al devenir de su vida y una esperanza para su mejora.

    Más adelante, en El 18 Brumario de… Marx matizó el carácter determinista que tenía la tesis de que el capitalismo cedería y daría lugar a una nueva etapa poco precisada (el socialismo, la dictadura del proletariado y la sociedad sin clases que sería el comunismo) cuando afirmó que los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre albedrío bajo las circunstancias elegidas por ellos.

     

    04 Visita la imponente sala de lectura del Museo Británico en Londres, y se fija, sobre todo, en el asiento G7. Allí es donde, casi hasta el final de su vida y en horarios desde la apertura hasta el cierre, Marx trabajó en su obra magna, inacabada, El capital. Uno se imagina al barbudo devorando febrilmente las obras de los principales exponentes de la literatura económica clásica, Adam Smith, David Ricardo, Malthus, Quesnay… y su contemporáneo John Stuart Mill, con el objeto de contrastarse con ellos y reformularlos. No puede perder tiempo. Engels le escribe: “Intenta que el material que has recopilado pueda salir pronto al mundo. Ya va siendo hora. ¡Al trabajo pues, y que vaya cuando antes a la imprenta”.

    No fue así. Tras ponerle el subtítulo de Crítica a la economía política, Marx estuvo trabajando 18 años en El capital. De los cuatro tomos, solo vio editado uno; cuando murió El Moro quedaban de publicar tres volúmenes. Engels sacó el segundo en 1885 y el tercero en 1894. El cuarto no apareció hasta el siglo XX, en 1910.

    Del mismo modo que Ricardo había reformulado las vagas ideas del padre de la economía moderna, Adam Smith, Marx hizo lo mismo con sus sucesores. Su relación con los miembros de la escuela clásica de la economía fue ambivalente: reconoció sus procedimientos analíticos y heredó el núcleo central de su sistema, pero hostigó las conclusiones. En Miseria de la filosofía, el texto que publicó en 1847 para responder a Filosofía de la miseria, de Proudhon, había dado su opinión sobre los economistas: “Los economistas tienen un singular modo de proceder hoy. Hay solo dos tipos de instituciones para ellos, las artificiales y las naturales (…). En esto recuerdan a los teólogos, quienes también establecen dos tipos de religiones. Toda religión que no es la suya es una invención de los hombres, mientras que la propia es una emanación de Dios. Cuando los economistas dicen que las relaciones del presente —las relaciones de producción burguesa— son naturales quieren decir que son relaciones en las que se genera la riqueza y se desarrollan las fuerzas productivas en conformidad con las leyes de la naturaleza. Estas relaciones, por tanto, son en sí mismas leyes naturales que escapan a la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben gobernar siempre la sociedad. De este modo, ha habido historia pero ya no la habrá en adelante”.

    Marx y John Stuart Mill conocieron el mismo mundo económico, aquel en el que los impresionantes cambios tecnológicos no habían reportado beneficios claros a la inmensa mayoría de la población, sino a los propietarios de los medios de producción, sobre todo. En ese contexto, ambos sintieron que el aparato teórico que habían heredado de David Ricardo (sobre todo en sus Principios de economía política y tributaria) y los otros economistas de la escuela clásica, no era plenamente adecuado para sus teorías, que iban en muchos casos en direcciones opuestas.

    En El capital Marx prometió demostrar “con exactitud matemática” la ley que rige el movimiento de la sociedad moderna. No hay en sus más de 2.500 páginas, casi imposibles de resumir, ninguna concesión a la moral. Los problemas sociales y morales son problemas económicos; del mismo modo que los discípulos de Hegel usaron la religión para destronar a la propia religión y revelar la hipocresía de la élite dominante en Alemania, Karl Marx usó los principios de la economía política para desmontar la detestable “religión del dinero”.

    El capital es un texto difícil, lleno de fría lógica y con abundantes fórmulas matemáticas, que trata de demostrar las tendencias intrínsecas del capitalismo, sus leyes de movimiento interno. Descansa sobre la afirmación de que las leyes económicas son etapas particulares de la historia, no inmutables; las circunstancias económicas son determinantes casi únicas de todas las relaciones sociales e incluso de la conciencia humana. El marco económico atribuía a los hombres papeles particulares, que a su vez gobernaban su comportamiento y su forma de pensar (en última instancia, la existencia determina la conciencia). El libro también incorpora la teoría del valor, que arranca y modifica a David Ricardo: todo valor, incluida la plusvalía, es el resultado de las horas trabajadas por la mano de obra: “No encierra (…) ni un solo átomo de valor que no provenga del trabajo ajeno no retribuido”. Al asegurar que el trabajo es la fuente de todo valor, Marx teorizaba que los ingresos del propietario de los medios de producción (beneficios, dividendos, intereses,…) no son merecidos. No decía que los trabajadores no necesiten del capital para montar las fábricas, disponer de tecnología o de herramientas para elaborar su producción, sino que el capital que el empresario  pone es fruto del trabajo pasado.

    Estuvo trabajando 18 años en ‘El capital’, su obra magna

    Despertó inquietud social en muchos que no compartían su filosofía

    La precariedad laboral responde a la ley de la acumulación capitalista

    Al elaborar una historia del pensamiento económico, el profesor William J. Barber resumía: “Cualesquiera que fuesen las deficiencias de la unívoca explicación determinista de Marx del proceso económico y social, tenía el claro mérito de cuartear la mentalidad confiada y autosatisfactoria en cuanto a las consecuencias del progreso económico que había ido permeabilizando el procedimiento occidental durante los cien años anteriores. Las doctrinas de Marx se convirtieron en el punto de unión de fuerzas políticas que han dejado una huella indeleble en la historia posterior, pero también despertaron y reforzaron las preocupaciones sociales de muchos que no compartían sus supuestos filosóficos. Cuando menos, Marx habría advertido a los hombres para que fuesen conscientes de que las consecuencias bajo el capitalismo podían ser más brutales que benéficas”.

    Alguien dijo que el marxismo era un debate con el mundo, con las otras doctrinas económicas (clásicas, neoclásicas o keynesianas) y consigo mismo. El capitalismo no ha caído, las clases sociales ya no son binarias por la fortaleza de las clases medias y la emergencia del precariado, no se ha generado esa depauperación genérica de la mayor parte de la sociedad, etcétera… motivos suficientes para creer que el marxismo como teoría habría decaído. Sin embargo, ha dispuesto de otra oportunidad más al conocerse los efectos de la brutal Gran Recesión que asoló al mundo desde el año 2007. No solo es que se hayan recuperado sus textos en librerías y universidades, es que a través de caminos a veces mucho más sinuosos de los previstos por sus fundadores, se ha hecho en parte realidad lo que la ley de acumulación capitalista exigía: el descenso de los salarios (plusvalía absoluta), el incremento de la duración e intensidad de la jornada laboral (plusvalía relativa), el deterioro de las condiciones laborales, la disminución de la calidad de los productos…

    Quizá siga sirviendo la metáfora utilizada por Marx en El 18 Brumario…: “Y cuando la revolución haya llevado a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se levantará y gritará jubilosa: “¡Bien has hozado, viejo topo!”.

     

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