Epílogo, en medio de la tormenta

  • Diciembre 2020

    Las notas de este cuaderno las escribí en pleno confinamiento. Fueron una especie de terapia para afrontar la situación obligándome a pensar cada día sobre algunas de las cuestiones que generaba la situación. No fue difícil encontrar temas por una razón muy simple: la pandemia de la covid-19 ha sido, además de una grave crisis sanitaria, una especie de chequeo general de nuestro modelo económico y social. Ha mostrado todas las vulnerabilidades, las injusticias, las contradicciones de nuestra civilización y también alguna de sus virtudes. O sea, que nos da pistas sobre lo que necesitamos cambiar y sobre lo que deberíamos potenciar.

    Para el estudio de la economía esta crisis constituye una novedad y una vuelta al pasado. Toda la historia del capitalismo ha estado atravesada por crisis económicas que tenían su origen en su propia dinámica. Aunque hay muchos enfoques económicos rivales, la práctica totalidad explica las crisis por cuestiones ligadas al funcionamiento de empresas y mercados, al cambio técnico y a las políticas públicas. La crisis actual tiene un origen diferente: una pandemia provocada por la transmisión de un virus hasta ahora desconocido para la especie humana y la respuesta de un gran número de gobiernos de paralizar actividades para evitar una crisis sanitaria de consecuencias imprevisibles. En cierta medida, nos retrotrae al pasado precapitalista y preindustrial, a la crisis de la peste. Y, al mismo tiempo, nos advierte de la importancia que tiene la naturaleza en el funcionamiento de cualquier sociedad humana. 

    Es obvio que el funcionamiento de la economía capitalista ha tenido bastante que ver tanto en la gestación como en la transmisión de la pandemia. En el origen está el impacto de la agroindustria y la mercantilización de la naturaleza. Y la veloz transmisión de la pandemia ha sido favorecida por la densidad de los flujos de bienes y personas que circulan a escala global. Y las desigualdades sociales han tenido un papel crucial a la hora de determinar la gravedad del problema. Pero el origen de todo ello se encuentra en la interrelación de la actividad económica y la naturaleza. La ecología y el análisis de la naturaleza, hasta ahora ignorada o depreciada por la teoría económica convencional, y por una parte de las corrientes heterodoxas, entran de pleno en el análisis de la dinámica económica convencional. Lo paradójico es que los economistas ecológicos venían pronosticando la posibilidad de una crisis económica por causas diversas: pico del petróleo, problemas climáticos… Y nadie había prestado especial atención al tema de las pandemias. Un buen ejemplo de que, a menudo, nuestra ignorancia del mundo real es mayor de lo que tendemos a pensar.

    La crisis es global, pero como es frecuente, su impacto es desigual por territorios y sectores. En el caso español es obvio que la elevada especialización turística del país explica la gravedad de la crisis. Desde siempre las dinámicas del capitalismo han generado desigualdades y especialización territorial. Y en la fase actual de políticas neoliberales, financiarización y globalización, estas tendencias se han reforzado. Esto ya se puso de manifiesto en la crisis anterior, a la que España llegó con un desarrollo dominado por la burbuja inmobiliaria y la fuerte inversión pública en infraestructuras de dudosa utilidad que tenían como contrapartida un proceso persistente de desindustrialización, endeudamiento y una dependencia creciente de importaciones para satisfacer el modelo de consumo. Cuando la construcción se derrumbó todo el modelo se vino abajo.

    En 2009 era obvio que había que modificar las estructuras de producción y consumo. Pero se impuso la salvación del sistema financiero (principal responsable del desastre) y la política de ajustes del sector público, que agravaron el problema (el peor año de la crisis fue 2014). La posterior recuperación ha tenido más que ver con factores externos, como el abaratamiento de la factura energética, la política monetaria europea y la llegada masiva de turistas, con una reorientación seria de la economía. El turismo ha sido el gran motor de crecimiento reciente. Y una crisis sanitaria que obliga a restringir la movilidad resulta mortal para una economía especializada en turismo. No hacía falta ser un gran experto para predecirlo. Y ahora nos enfrentarnos a un repunte del paro y de la pobreza. Son muchos años de potenciar un modelo enormemente beneficioso para las élites rentistas, pero con unos costes sociales brutales en términos de desigualdades, pobreza, servicios públicos insuficientes, depredación ambiental. Ahora se nos promete que todo será diferente. Estábamos en 2008 cuando se planteó la reforma del sistema. No podemos permitir que la historia se repita y vuelva a darse otro ciclo de política criminal como en 2010-2012.

    La pandemia también ha puesto en evidencia aspectos sobre los que repensar una reorientación social. La importancia de la cooperación por encima de la competencia. Sobre ella se han basado todas las medidas que han permitido minimizar la tragedia y las que abren la posibilidad de controlarla. El papel básico del sector público, de la necesidad de mecanismos de intervención y acción colectiva frente a la debilidad, miopía e inadecuación de las respuestas basadas en intereses individuales. La importancia tanto de la buena ciencia como de todo el conjunto de actividades orientadas a mantener la vida. Nos hacen falta tanto buenos médicos, científicos, técnicos, como buenos trabajos de cuidados, de limpieza, de logística en un sentido amplio. Es lgo que obliga a cuestionar bastantes de los valores que influyen en la creación de desigualdades y jerarquías salariales. Nos ha recordado que los problemas son globales, que las pandemias no se paran con fronteras, que exigen soluciones universales. Todas estas experiencias no solo valen para la pandemia de la covid. Deberían ser aprendizajes esenciales para una civilización amenazada por las tensiones que generan desigualdades insoportables y su problemática relación con la naturaleza. La crisis de 2008 mostró los devastadores efectos de aceptar un capitalismo desbocado, especulativo, dominado por la cultura financiera. La crisis de 2020 debería servirnos para entender la gravedad de los problemas que genera nuestra depredadora relación con la naturaleza, la vulnerabilidad del modelo productivo y el enorme potencial de pasar de situaciones críticas a caóticas. 

    Que las enseñanzas sean obvias no garantiza que se vayan a tener en cuenta. Lo que cuestiona la covid-19 es un modelo civilizatorio muy complejo, dominado por élites con intereses y representaciones del mundo muy asentados y que van a defenderlos hasta donde sea posible y más. En todo caso, tratarán de minimizar los cambios y sacar tajada de las nuevas oportunidades. Este es el peligro que acecha a los nuevos planes de reconstrucción, que una vez más acaben engrosando la riqueza de los de siempre bajo una envoltura de lavado verde. En su peor versión, de la que tenemos nutridas muestras en los últimos meses, perseverarán en exigir la vuelta a una normalidad con altos costes sociales (como es perceptible, por ejemplo, en las actuaciones del gran comercio y el sector turístico-recreativo). Pero es también un modelo civilizatorio que incumbe a las formas de vida y las percepciones de la mayoría de la población a la que resulta difícil adoptar el cambio de hábitos que exigen los tiempos.

    Esta crisis debería abrir la oportunidad de iniciar una transformación civilizatoria. Pero, al menos a corto plazo, abre también espacio para que proliferen ideologías y prácticas reactivas que ya están en la base del crecimiento de la nueva extrema derecha en todo el mundo. Habrá que poner muchas energías y mucha cabeza para evitar que el fin de la civilización actual sea una variante de cine posapocalíptico.

    Albert Recio Andreu, 10 de diciembre de 2020.

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