Equidad // Una economía plural transformadora

  • Por (Sociólogo, socio de La Ciutat Invisible y miembro del consejo rector de la Federació de Cooperatives de Treball de Catalunya)
    Julio 2020
    Charla en la Fira d'Economia Solidària de Catalunya 2019.
    XES
    Bruna SCCL

    El cooperativismo y la economía social y solidaria abogan por un nuevo modelo productivo 
    que satisfaga las necesidades sociales.

    A raíz de la crisis de 2008, distintos economistas han situado el modelo cooperativo como un actor de referencia en el panorama económico mundial. Joseph Stiglitz ha defendido que las cooperativas, junto con otras iniciativas de la economía social, proporcionan “un tercer pilar clave para remodelar la economía globalizada”. Jeremy Rifkin ha subrayado que las cooperativas energéticas y digitales son pioneras a la hora de afrontar problemas del capitalismo como la emergencia climática y los monopolios digitales. Recientemente, ante los efectos socioeconómicos y sanitarios de la covid-19, Dominique Méda, Nancy Fraser, Thomas Piketty y James K. Galbraith han exigido —en Work: democratize, decommodify, remediate— la desmercantilización de los trabajos, las personas y el medio ambiente; y han propuesto modelos de democracia económica inspirados en cooperativas y empresas de la economía social y solidaria, que conjugan objetivos económicos, sociales y ambientales a partir de la gobernanza democrática. 

    Si bien la reemergencia del cooperativismo en el debate internacional es una excelente noticia para el reconocimiento de la diversidad económica, aún no se ha profundizado sobre su papel en relación con el modelo general de desarrollo. ¿Debe ejercer, como apunta Stiglitz, de un “tercer sector” que reequilibre las economías públicas y privadas? ¿Es su función desplegarse como un “cooperativismo emprendedor” y abrir nuevos mercados verdes o digitales, como parece sugerir Rifkin? ¿O su tarea es inspirar, como evocan Galbraith y Piketty, otros modelos basados en la democracia económica?     

    Un ámbito económico específico

    La Gran Recesión no solamente reintrodujo el cooperativismo en el pensamiento económico legitimado, sino que parte del movimiento repensó las rutinas que lo anclaban en la economía hegemónica y reavivó viejos debates, como los desarrollados entre George Fauquet (1875-1953) y Charles Gide (1847-1932). Mientras que Fauquet reducía el “sector cooperativo” a una porción de la economía nacional, Gide defendía el consumo autoorganizado y la federación de cooperativas para democratizar el conjunto de la economía: “la república cooperativa”. ¿Debe ser el cooperativismo un sector autolimitado de la economía o una palanca para su transformación general?

    Es preciso avanzar hacia una economía para la vida

    En la última década, la reflexión sobre el rol del cooperativismo en la transformación económica ha estado orientada hacia la construcción de un ámbito socioeconómico específico: la economía social y solidaria. Partiendo de los estatutos de la consolidada economía social, y a la vez desbordándolos y repolitizándolos con las aportaciones de la economía solidaria, se ha ido construyendo un paradigma económico desde la acción de las iniciativas, la intervención sociopolítica de las organizaciones y una nueva ola de políticas públicas que fomentan la ESS.

    Hoy, la economía social y solidaria está presente en todas las fases económicas: producción, intercambio, distribución de excedente, moneda, consumo, financiación, así como en las tareas de cuidado. Genera bienes y servicios socialmente útiles y atiende sus comunidades por encima del lucro. En nuestro entorno, está formada por mutualidades de previsión social, cooperativas, sociedades laborales, fundaciones y asociaciones, centros especiales de trabajo y empresas de inserción; pero también por las finanzas éticas y solidarias, la gestión comunitaria de equipamientos, las iniciativas agroecológicas, las redes de intercambio, la economía colaborativa procomún y las iniciativas feministas de cuidados.

    En los debates más avanzados se reconoce su doble dimensión socioempresarial y comunitaria, y se fomentan prácticas como la equidad de género, la diversidad cultural y la transición ecológica. Desde la Asociación de Economía Social de Cataluña (AESCAT) se apunta que la ESS quiere “inspirar la transformación del sistema económico actual en otro sostenible, democrático, solidario, equitativo y feminista”. Es decir, ser matriz de otro desarrollo económico, diferenciado del privado-mercantil y del público-estatal. 

     Fira d'Economia Solidària de Catalunya 2019. Foto:  Bruna SCCL / XES

    De la covid-19 a la economía plural transformadora

    Las consecuencias de la covid-19 han mostrado la fragilidad de un modelo que prioriza la acumulación privada de riqueza por encima de la vida. Las privatizaciones en sanidad, la precarización, la crisis residencial, el menosprecio del sector primario y una escasa capacidad de articular las cadenas productivas locales han debilitado el tejido económico ante la emergencia. Si la primacía del mercado capitalista, en condiciones de normalidad, se ha demostrado ineficaz al maximizar la desigualdad y minimizar la soberanía, en situaciones como la pandemia las inequidades socioeconómicas y las limitaciones estructurales se han agudizado de forma exasperante. Hay que desplazar la tarea reguladora de la economía desde el mercado hacia instituciones al servicio del bien común como el sector público, la ESS, el sindicalismo, el trabajo de cuidados, así como un sector privado con lucro limitado o que durante la crisis de la covid-19 haya actuado con responsabilidad social, laboral y ambiental.

    La covid-19 muestra la fragilidad del modelo imperante

    En este contexto nace la propuesta del cooperativismo y la ESS catalana de un nuevo modelo económico basado en una economía plural transformadora. Dirigido a satisfacer equitativamente las necesidades sociales; a proporcionar salud, renta, cuidados, vivienda, alimentación, energía, educación y cultura de forma universal; a garantizar bienes y servicios para la dignidad colectiva, esto es, un nuevo modelo productivo basado en la democratización, la relocalización y la transición ecosocial., un nuevo modelo reproductivo que universalice y democratice las tareas de cuidado, un nuevo modelo ecológico que fomente la transición agroecológica y energética, la soberanía alimentaria y la movilidad sostenible. La ESS, el sindicalismo, el municipalismo, los movimientos sociales, las organizaciones de autónomos, pequeños y medianos empresarios y las fuerzas políticas deben impulsar una herramienta a la altura del momento. En Cataluña, la propuesta se dirige hacia un pacto por la salud colectiva, la democracia económica y la justicia socioambiental, entre agentes económicos plurales —públicos, privados, cooperativos, sociales, comunitarios—  que  implementen políticas transformadoras y nos encamine hacia una economía para la vida.

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