Panamá quiere un presidente, no un CEO

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    Los ciudadanos han dado un bofetón al presidente que exhibía los mejores datos económicos del continente: el panameño medio no se ha beneficiado del salto.

    Panorámica de Ciudad de Panamá, a principios de año. FOTO: MARK52/123rf

    Las elecciones presidenciales panameñas, celebradas el pasado 5 de mayo, se saldaron con un resultado inesperado por todos. El tercero en discordia en las quinielas, Juan Carlos Varela, exvicepresidente del mandatario saliente y enfrentado a él, Ricardo Martinelli, se hizo con la presidencia. Esto ha sido interpretado por los analistas no como un reproche a la política económica, sino más bien como un rechazo a los métodos de gestión de Martinelli, acusado de ser el CEO [director ejecutivo] de Panamá y de albergar intenciones fagocitadoras con el resto de los poderes del país. Esto pesó más que las relucientes cifras macroeconómicas.

    Panamá, de 3,5 millones de habitantes, es el país que más crece de América Latina, con unas proyecciones de distintos organismos internacionales del 7% para 2014 y del 6,5% para 2015. Aunque está inmerso en una leve desaceleración que busca acercar el crecimiento a su potencial del 6% para evitar tensiones inflacionistas (prevista en el 4% para este año), el país ha crecido un promedio del 8,3% anual desde 2009. Ese año salió de un breve bache propiciado por la crisis en Estados Unidos, país al que, por circunstancias históricas, está muy unido desde su independencia, en 1903. Utiliza su moneda, el dólar, aunque en el istmo se le conozca como balboa.

    El resto de datos macroeconómicos son igualmente envidiables, con la tasa de desempleo en el 4%, la más baja de América Latina, y con cifras de inversión extranjera directa de más de 25.000 millones de dólares desde 2009. Además, la inversión pública, sobre todo en infraestructuras, ha sido generosa, de más de 12.000 millones de dólares en los últimos cinco años, lo que sí elevó el déficit público por encima del 3%. Pese a ello, la inflación se situó por debajo del 4% el año pasado. La deuda pública, del 40% del PIB, se financia fácilmente.

     

    Motores del crecimiento

    Las fuentes de este desarrollo macroeconómico primoroso son diversas, aunque su economía está centrada en los servicios. Los financieros, los turísticos y los relacionados con la logística representan el 75% del PIB panameño, que alcanza 36.250 millones de dólares. Estas tres ramas son las que han marcado la imagen de Panamá en el mundo: un país caribeño de hoteles y resorts de lujo de estética un tanto demodé o noventera, como de premio de programa de Joaquín Prats; unos servicios financieros que han aprovechado los narcos para blanquear dinero y las grandes empresas para evadir el control fiscal, algo que se ha traducido en el extraordinario crecimiento inmobiliario de Ciudad de Panamá, con torres de rascacielos vacías; y las empresas que orbitan alrededor de todas las necesidades logísticas del canal, verdadero epicentro económico y político de Panamá.

     

    Un problema crónico de desigualdad

    De momento, los panameños no se han beneficiado en forma masiva de este crecimiento. Las causas son varias, aunque sin duda la principal es el secular abandono de la educación pública en el país, lo cual ha llevado a tasas de educación superior ridículas en un país que es la segunda economía de Centroamérica, solo por detrás de Costa Rica. Algunos datos reflejan esta situación en Panamá: más de un tercio de los panameños trabaja en la economía sumergida, miles no tienen agua potable ni una vivienda digna o no tienen acceso a los servicios básicos, pese a que por el canal pasa el 5% del comercio mundial.

    La economía bascula alrededor de EE UU y se mueve en dólares, rebautizados ‘balboas’

    La tasa de paro es del 4%, pero un tercio de trabajadores está en la economía sumergida

    Las cifras hablan de un país envidiable, pero que marca asimismo un reto que puede tener consecuencias más allá de las fronteras del país: si este cuadro macroeconómico no es capaz de corregir la lacerante desigualdad típica latinoamericana, ¿cómo se consigue? Panamá tiene muy pocas excusas para no lograrlo, aunque su peculiaridad geográfica y el canal hacen que su posible éxito no sea exportable a la región.

     

    MODELO EN CRISIS

    Centro de blanqueo y de evasión fiscal

    Panamá es la cruceta de dos movimientos que la hacen atractiva para el capital, tanto ilícito como limpio, en busca de escapar al fisco. De sur a norte, la droga suramericana deja un reguero de dólares a intermediarios que se blanquea en inversiones inmobiliarias y productos financieros opacos operados en las principales monedas internacionales. De este a oeste (y viceversa), el canal encauza el 5% del comercio mundial, y la Zona Libre de Colón —la segunda zona franca más grande del mundo, por detrás de la de Hong Kong— mueve al año unos 30.000 millones de dólares.

    Atraídas también por la estabilidad y el uso del dólar, las empresas comerciales internacionales y muchas entidades financieras que les dan apoyo, han acudido a la llamada del dinero y han instalado en Panamá filiales a través de las cuales construyen las esclusas de sus laberintos fiscales, con los que consiguen en el mejor de los casos no pagar nada, y en el peor, pagar muy poco. Y, lo que quizá es más importante, sin dejar mucho rastro. No obstante, Panamá ha ido flexibilizando el secreto bancario, azuzado por las presiones de Estados Unidos, temeroso de que ahora no solo sean sus empresas, sino organizaciones terroristas y narcotraficantes, las que utilicen los servicios de tintorería económica de Panamá.

     

    INFRAESTRUCTURAS

    Un país alrededor del canal

    “Yo no quiero entrar en la historia, sino en la Zona del Canal”. Quien con esta ironía hablaba ocasionalmente era Omar Torrijos, el general que presidió Panamá entre 1968 (tras dar un golpe de Estado) y 1981, año en el que murió en accidente de avión.

    Obras de ampliación del Canal de Panamá. FOTO: SACYR

    Lo que expresaba Torrijos era el anhelo nacional de conseguir la devolución de los 77 kilómetros del canal y de las zonas de la ribera, bajo soberanía y control militar de EE UU desde que se inauguró en 1914, construido por los norteamericanos. Y es que Panamá había estado en la mira estadounidense desde que, a principios del siglo XIX, comenzó la fiebre del oro en California: cruzar el país desde el este era todavía un viaje peligroso, y los buscadores preferían ir en barco y cruzar Centroamérica a pie. La independencia panameña de Colombia, en 1903, estuvo promovida por el presidente norteamericano Teddy Roosevelt por este motivo, y la cesión de la construcción del canal y su soberanía fue el regalo de agradecimiento.

    Desde entonces, apelando a la importancia económica y la Doctrina Monroe, el canal fue gestionado por Estados Unidos, que lo devolvería finalmente en 1999, en cumplimiento de los acuerdos entre el presidente de Estados Unidos Jimmy Carter y Torrijos de 1977.

    Los panameños tenían realmente buenas razones para buscar la devolución: por el canal pasa nada menos que el 5% del comercio mundial, y los peajes y servicios son una fuente de ingresos de unos 1.000 millones de dólares al año. Cifras que aumentarán considerablemente cuando, Sacyr y sobrecostes mediante, el próximo año se inaugure el tercer juego de esclusas del canal.

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