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Moverse en grupo, o moverse en red

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Junio 2015 / 3

Junto al alojamiento informal en casa de otra persona, cambiar la relación con los vehículos que nos llevan de un lado para otro es uno de los caminos más anchos por los que ha empezado a circular la economía colaborativa, no siempre sin polémica. 

Los modelos de funcionamiento en marcha son muy distintos: pueden plantear la existencia de una red de vehículos que no pertenecen a ningún particular, sino a una asociación cuyos miembros pueden utilizarlos; o bien el dueño de un vehículo contacta con otros usuarios porque tiene previsto realizar determinado trayecto en una fecha dada y busca dividir gastos y a la vez socializar; o bien particulares que se prestan el coche que no utilizan. Las iniciativas, múltiples, van desde un coche de barrio que hace las veces de autobús hasta trayectos entre distintas ciudades e incluso recorridos internacionales. En algunos casos hay beneficio para quien organiza la plataforma o para quien pone el coche (elevadas comisiones de cerca del 20% de la transacción como las que se queda Uber). En otros, no es el caso. Ganan los usuarios.

 

GARANTÍAS Y CONFIANZA

En todo caso, la idea de replicar un servicio público que necesariamente requiere de una regulación para evitar caer en manos de un conductor inexperto, o de un coche no asegurado, o de un coche que necesitara pasar por el taller, o que conozca mínimamente la ruta -de nuevo, la confianza emerge como condición indispensable para que el invento funcione, lo que debe traducirse en garantías para el usuario- plantea retos importantes a los gobernantes, presionados por los actores empresariales que vienen controlando el mercado y que no aceptan competencia en condiciones distintas. Las mayores polémicas las han protagonizado los transportistas de pasajeros en autobús (Fenebus) y los distintos sindicatos y organizaciones del atomizado sector del taxi, donde a resultas de la controversia que plantea la aplicación Uber, motivada sobre todo por el abultado coste de obtención de licencias para ponerse al volante del servicio, han nacido aplicaciones oficiales para encontrar taxi cerca.

La idea de una red de coches compartidos tiene su réplica en motos, taxis, caravanas y bicicletas

Los servicios de transporte se resienten de proyectos con ánimo de lucro que plantean retos regulatorios

El invento de los coches compartidos cuenta con réplicas en otros medios de transporte: caravanas, bicicletas, motocicletas (también eléctricas), o la posibilidad de sacar billetes de tren más económicos si se comparte mesa en recorridos del AVE. 

La imaginación colaborativa en la Red no tiene límite. Incluso han surgido plataformas que reproducen fotografías -¡en todo el mundo!- de obstáculos en infraestructuras para la circulación de bicicletas. Y las fotos no engañan.