Coronavirus, más allá de los derechos humanos

  • 21 Marzo, 2020

    Desde Londres

    Vivo y respiro derechos humanos. Sin embargo, lo que está en juego es todavía más importante..

    Escribo esto a toda prisa, como todo lo que se está escribiendo sobre Covid19. Fuera de China, la mayoría de nosotros solo empezamos a tomarnos en serio esta amenaza las últimas dos semanas. Los científicos y los políticos no saben suficiente sobre la dimensión del problema y, mucho menos, acerca de sus soluciones. El presidente español confesó que "quien asegure saber lo que hay que hacer en esta emergencia no aprenderá nada de ello". En circunstancias normales, estas declaraciones serían profundamente preocupantes. Sin embargo, hoy su franqueza me parece extrañamente tranquilizadora.

    A medida que nos preparamos para afrontar la crisis, se han efectuado valiosas aportaciones para examinar sus implicaciones en los derechos humanos. Por ejemplo, Amnistía Internacional ha producido observaciones preliminares sobre las obligaciones internacionales de los Estados. Expertos independientes de la ONU han advertido que las medidas de emergencia no deben usarse para reprimir los derechos humanos. Y académicos han escrito sobre cómo los Estados deberían responder desde la perspectiva del derecho a la salud y otros derechos sociales, y la libertad de movimiento y otros derechos civiles.

    La Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, emitió un comunicado de prensa el 6 de marzo insistiendo en que "los derechos humanos deben estar al frente y en el centro de la respuesta" al Coronavirus. Cumple con todo lo que se espera de alguien que apoya una declaración como ésta. Me uní a Amnistía Internacional cuando tenía 15 años, he sido activista de derechos humanos durante las últimas dos décadas, soy profesor de Derecho de los derechos humanos en la Universidad de Essex. Debería estar de acuerdo con la Dra. Bachelet. Sin embargo, no estoy seguro de estarlo.

    No me malinterpretéis. Sé que el coronavirus plantea problemas de derechos humanos. Las restricciones a las libertades individuales deben establecerse claramente por ley y deben ser necesarias y proporcionadas. Es esencial asegurar que las medidas no discriminan ni estigmatizan a ningún grupo nacional o minoría. Aunque las aplicaciones móviles pueden ser útiles para contener la propagación del virus, debemos permanecer atentos al posible uso de la inteligencia artificial para recopilar datos privados.

    El derecho de los niños y niñas a la alimentación está amenazado cuando los almuerzos gratuitos en la escuela son los únicos productos saludables en su día a día. El confinamiento puede ser necesario, pero el hogar es el lugar más inseguro para las personas supervivientes de violencia doméstica. Las personas que duermen en la calle, los refugiados y los solicitantes de asilo, los presos y las personas mayores y dependientes pueden encontrarse en situaciones particularmente vulnerables. La lista podría seguir. Las acciones u omisiones de los estados pueden convertir las emergencias sanitarias mundiales en crisis de derechos humanos.

    Los derechos humanos son importantes. Siempre lo son. Sin embargo, todavía no los veo en el centro de este momento único en la historia.

    Estos días, otras cosas toman protagonismo en mis pensamientos. Mi familia en Madrid y en el País Vasco lleva más de una semana confinada, y mi pareja y yo hemos decidido unirnos a ellos desde Londres. Esta es una de esas raras ocasiones en las que la palabra resiliencia no suena trillada. Todos los días recibo noticias y mensajes a través de las redes sociales con innumerables expresiones de ingenio y solidaridad desde Italia y España, expresiones que son emocionantes y alentadoras sobre lo que podríamos lograr juntos.

    Vecinos solidarios, humor, música, bingo y lecciones de zumba desde la azotea de un bloque de pisos: todo esto muestra lo mejor de la gente. La vida familiar es reconocida como un derecho en el Derecho internacional, pero es más que eso: es uno de los pilares centrales de la sociedad. ¿Qué valoramos realmente cuando estamos confinados en casa? Todos sabemos que la excesiva dependencia de la tecnología es peligrosa por varias razones, pero qué diferencia están marcando las videollamadas y las redes sociales durante este mes.

    Incluso la política se ve diferente. Cuando del 60% al 80% de la población podría llegar a infectarse por un virus para el que no tenemos cura, las prioridades políticas adquieren una nueva perspectiva. ¿Y qué hay de la ironía de ver a Marruecos cerrar su frontera con los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, y Guatemala haciendo lo mismo con los visitantes que viajan desde los Estados Unidos?

    En el momento de escribir esto, tanto mi pareja como yo disfrutamos de la cómoda posición de poder trabajar desde casa. Estamos razonablemente seguros de que nuestros trabajos no están en riesgo. También somos jóvenes y estamos sanos y podemos mantenernos a nosotros mismos. Somos privilegiados. Las perspectivas son muy diferentes para la gran mayoría de las personas. Diez años de austeridad han hecho que lidiar con el coronavirus sea excepcionalmente difícil para las familias con ingresos bajos y medios en el Reino Unido.

    El Covid19 está poniendo a prueba la fortaleza de nuestras bases sociales. Durante varias noches consecutivas, los españoles se han asomado a sus ventanas y balcones para aplaudir a los trabajadores de la salud pública. Sólo puedo esperar que algunos políticos recuerden sus palabras en cuanto volvamos a la normalidad. Por ejemplo, el presidente francés Emmanuel Macron aseguró el 12 de marzo que "hay bienes y servicios que deben estar fuera de las leyes del mercado... Esta pandemia muestra que la atención médica gratuita para todos, independientemente de los ingresos, antecedentes o profesión, así como nuestro estado de bienestar no son un gasto o un coste, sino bienes preciosos, indispensables cuando el destino nos golpea".

    Incluso el neoliberal más libertario está viendo por qué es tan necesario el Estado. Esta es la primera crisis de la que tengo memoria en la que todos estamos verdaderamente expuestos. Las personas privilegiadas nos sentimos muy vulnerables por primera vez. Para lidiar con el virus, es necesario quedarse en casa, lavarse las manos, mantener la distancia física y cubrirse la tos con el codo.

    Pero tratarlo de manera efectiva y justa requiere, entre otras cosas, garantizar un ingreso para quienes pierdan su trabajo, apropiarse de instalaciones privadas como hoteles, transporte u hospitales, suspender los desalojos, introducir opciones de aplazamiento de pago de alquiler e hipoteca, así como garantizar el gas y suministros de electricidad, independientemente de la capacidad de pago de las personas.

    Esta crisis requiere un rescate para los más vulnerables, una especie de expansión cuantitativa (como la de los bancos, pero) para las personas. Este también es un principio de derechos humanos: se debe priorizar la atención a las personas más vulnerables en tiempos de crisis financiera y emergencias. Pero la cuestión va más allá de los derechos humanos. Estamos hablando sobre aquello por lo que un país quiere ser reconocido, incluso de lo que es. Las sociedades que priorizan la justicia y la equidad lo harán mejor en esta crisis.

    Poner la economía en suspenso es inaudito en tiempos de paz. Los tiempos demandan una inversión pública extraordinaria a una escala nunca antes vista. Nueva Zelanda ha anunciado un paquete de ayuda que representa el 4% de su PIB y el gobierno español ha prometido hasta un 20%. Nos espera una factura enorme. El virus pondrá a prueba el patriotismo de los ricos, que no se medirá mediante el tamaño de sus banderas sino por cuánto están dispuestos a contribuir.

    Esto me lleva a un pensamiento final. He tomado dos decisiones. La primera es admitir que no sé qué hay que hacer con respecto a la salud pública. La segunda es partir de la premisa de que los científicos y líderes políticos, independientemente de su color e ideología, están haciendo todo lo posible para reducir al mínimo el número de muertes.

    Las personas que toman estas decisiones —las más difíciles en sus vidas— pueden equivocarse. No tienen toda la información necesaria. No están seguros de qué tiene más probabilidad de funcionar. De antemano avanzo que estoy listo para perdonarlos si cometen errores. En términos de cuál era el momento para tomar medidas de confinamiento, he decidido confiar en los líderes de un país que ni siquiera me permite votar, políticos cuyo historial de derechos humanos he criticado muchas veces y sin duda volveré a criticar.

    Ni siquiera sé si las decisiones que están tomando son técnicamente las correctas. Científicos que saben mucho más que yo tienen claro que "existen grandes incertidumbres en torno a la transmisión de este virus, la probable efectividad de diferentes políticas y la medida en que la población adopta espontáneamente comportamientos de reducción de riesgos".

    En este contexto, la transparencia es "el único contador real de nuestros prejuicios psicológicos". Mientras los líderes sean transparentes sobre la evidencia, cumpliré con mi deber cívico y sacrificaré mis preferencias individuales por el interés general de aplanar la curva de infección. Más allá de los derechos humanos, este es el momento de la solidaridad, la amabilidad y la responsabilidad colectiva.

    Nunca pensé que citaría a tres líderes políticos contemporáneos en un mismo artículo, pero ésta debe ser otra señal de la naturaleza excepcional de las circunstancias: como dijo el primer ministro italiano Giuseppe Conte el 11 de marzo: "Mantengamos la distancia ahora para poder abrazarnos cálidamente y correr más rápido mañana”

    (Traducido por Olga Ruiz del texto orginal en inglés que puedes leer aquí)

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