El boom del consumo colaborativo atrae a las multinacionales

  • 30 Enero, 2013

    www.recuperatufuturo.com

    Hace más de veinte años que me deshice de mi último coche. Desde entonces utilizo el transporte público como mi recurso de movilidad diaria. Para las escapadas de fin de semana o vacaciones he recurrido a múltiples formas de transporte, según el viaje: un crucero por el Mediterráneo en un lujoso barco, diversos viajes por Europa en autocaravana de alquiler, frecuentes viajes en avión + coche de alquiler y más recientemente usando el Ave para desplazamientos por España. Son modalidades que mucha gente utiliza, pero en el caso del ciudadano que prescinde del coche en propiedad, lo hace con mucha más holgura, pues ha convertido el coste fijo de tener un automóvil en un coste variable según la modalidad de transporte más acorde con cada caso.

    A principios del siglo XXI surgió una nueva modalidad de uso del automóvil de forma compartida, el carsharing. Se trata de la solución ideal para los que prescindimos del coche en propiedad, pues facilita su uso esporádico sin tener que asumir sus costes permanentes. Las empresas de carsharing se expandieron por todos los países europeos y también en los Estados Unidos. En España, la primera empresa fue Catalunya Carsharing, que más tarde se transformó en Avancar. Inicialmente tuvo el impulso del Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat, incorporó más tarde en su accionariado a empresas privadas del ámbito mediambiental y en 2012 fue comprada por la norteamericana Zipster.

    Los socios de Avancar pagan una cutoa anual de 80€ y unos costes variables según el uso de los coches de la flota de la empresa, que posee más de un centenar de modelos de distintos tamaños distribuidos en una veintena de aparcamientos de Barcelona. Se paga según el tiempo de uso del vehículo y según los quilómetros viajados, pues el combustible está incluido en el precio. Así, por una salida de un par de días al sur de Francia, con un recorrido de 450 kilómetros, pagué 250€. La visualización del precio de cada viaje hace al usuario del carsharing mucho más consciente de los costes del uso del automóvil que a los que han optado por la propiedad, que no hacen los cálculos correspondientes y cargan con una pesada bolsa negra en su economía doméstica.

    Avancar inició sus pasos con un millar de socios y le costó crecer, hasta que la crisis disparó el número de adherentes hasta llegar a los actuales 6.000. Claramente, las empresas de carsharing son las más destacadas del consumo colaborativo que está surgiendo en otros ámbitos de la economía familiar, especialmente en el alquiler de pisos y de habitaciones por viajes, con iniciativas como www.airbnb.com o www.coachsurfing.com Muy recientemente se están iniciando experiencias en el campo de la restauración  con www.eatwith.com y también de las finanzas con www.comunitae.com.

    La revista Time incluyó el consumo colaborativo entre las 10 ideas que cambiarán el mundo en un especial publicado en 2011. Y la tendencia parece haber sido anotada seriamente por muchas grandes empresas multinacionales, empezando por las del automóvil. Daimler Benz y BMW han lanzado sendas plataformas de coche eléctrico compartido en Alemania y otros países en los últimos dos años. 2013 se ha iniciado con otra noticia de alcance al anunciarse la compra de la norteamericana Zipcar por parte del grupo Avis Budget. El gigante del coche de alquiler persigue la complementariedad de su flota de vehículos con los picos de demanda que se producen en el servicio de carsharing durante los fines de semana y fiestas señaladas.

    El consumo colaborativo emerge con fuerza como una tendencia en la metamorfosis que vive el planeta acelerada por la gran crisis. La reducción de costes se impone por la fuerza en las familias y se encuentra con una nueva mentalidad postconsumista en la que el tener ha dejado de ser el fin principal para dejar paso al usar. En esta nueva organización, las empresas seguirán vendiendo, pero venderán cada vez más servicios que productos. Visto así, hay hasta quien se atreve a pronosticar el fin de la obsolescencia programada. ¿qué sentido tendrá producir bienes rápidamente perecederos si lo que se vende es su uso? Los beneficios para el medio ambiente saltan a la vista. Para las personas, más, pues liberarnos paulatinamente de la carga del consumismo desbocado quizá nos convierta nuevamente en humanos.

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