Esclavos en los campos de concentración nazis

  • 24 Junio, 2015

    ROSA TORAN*

    Uno de los ejes básicos de la doctrina nacionalsocialista contemplaba la construcción de una nueva comunidad basada en la desigualdad y en la jerarquización de los individuos, bajo el mito de las razas y la inclusión del esclavismo para la producción moderna. En definitiva, una sociedad dividida entre seres superiores e inferiores, amos y esclavos, unos destinados a dominar y los otros a ser dominados.

    Los campos de concentración, recintos concebido desde la misma subida de Hitler al poder, en el año 1933, y expandidos por toda Alemania y los países ocupados, se convirtieron en espacios destinados al castigo y al exterminio, por métodos directos o a través del trabajo extenuante. El trabajo esclavo tenía que formar parte del nuevo orden, en la perversa concepción del Reich de los mil años, y dentro del estado totalitario nazi, las SS tuvieron un papel primordial en la organización económica, a través del control de la producción de los campos. Oswald Pohl, plenipotenciario de Himmler y director general de los campos, puso las bases para el máximo rendimiento económico, de acuerdo con las informaciones proporcionadas por los comandantes de los campos y con el apoyo de un enorme complejo burocrático. A partir de la incautación o adquisición a bajo precio de fábricas de los países ocupados y del control de los trabajadores forzados de los campos se alzó un gran ‘holding’ empresarial SS.

     

    Pero no solamente las SS (Schutzstaffel, la organización militar, policial y política de la Alemania nazi) se beneficiaron de la explotación de la mano de obra esclava. Grandes consorcios y empresas sacaron rendimiento, bien con el alquiler de los deportados a las SS, bien con la instalación de fábricas al lado de los mismos campos, sin que faltase la implicación de granjeros o agricultores en la extensa red de explotación. A partir de 1943 proliferaron las fábricas de armamento en instalaciones subterráneas, donde las condiciones de trabajo llegaron a extremos inimaginables, como Dora-Mittelbau, anejo al campo de Buchenwald, o Ebensee, al de Mauthausen.

    El esclavo estaba sacrificado totalmente al servicio de las necesidades del Reich, con horarios bajo el arbitrio de las SS, que podían llegar a jornadas de 12 horas diarias, sin contar los desplazamientos. A medida que las necesidades de guerra demandaban mano de obra para las industrias de guerra para suplir a los alemanes destinados al frente, desempeñó un papel fundamental en el sistema concentracionario Albert Speer, el ministro de Armamento, no sin que se evidenciaran contradicciones entre los imperativos de la producción y la satisfacción de los objetivos eliminatorios de la Solución final para los judíos y otros colectivos, como los gitanos.

    Las condiciones de trabajo, alimentarias y sanitarias hacían que las personas activas y creativas de todos los sectores se transformasen en una masa decrépita condenada a una corta vida, calculada de 6 a 9 meses, y con un bajo rendimiento, compensado con las continuas aportaciones de mano de obra. El häftlinge o prisionero se convertía en una pieza, un harapo, y sufría condena en trabajos de construcción, ampliación o servicios de los propios campos o en comandos externos, columnas que entraban y salían de los campos en filas de cinco, bajo las órdenes del capo y del vorabeiter. El hambre, el sueño y los golpes actuaban sobre el trabajo de unos esclavos que esperaban, como máximo, no malgastar las pocas fuerzas que se agotaban con el paso de los días.

    Justamente este año, en el 70º aniversario de la liberación de los campos, el tema escogido para la conmemoración en Mauthausen ha sido el trabajo en la cantera. Por sus 185 escalones subieron y bajaron piedras los republicanos españoles deportados en este campo, que también fueron obligados a construir y ampliar, desde su llegada en agosto de 1940.

     

    * Rosa Toran es historiadora y miembro de Amical de Mauthausen y otros campos

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