Transformar desde la ecología y el procomún

  • Por (Internacionalista, economista solidario, educador popular y eco-hortelano. Comunero del Mundo)
    26 Junio, 2020

    La tecnología y su gestión así como la ecología y un desarrollo integral de sus lógicas que impregne  nuestros sistemas son dos campos de disputa donde está en juego el futuro de la humanidad. Profundizar en sus propuestas así como en sus confluencias posibles con otras economías transformadoras, como la feminista o la social y solidaria, será el objetivo del Foro Social Mundial de Economías Transformadoras, que se inauguró ayer y tendrá lugar hasta 1 de julio, cuyas propuestas y enfoques persigue divulgar el presente texto.

    Recién han terminado los confinamientos de las cuarentanas y ya se están utilizando las aplicaciones de rastreo con fines policiales, como en las protestas ante el asesinato racista y la brutalidad policial en Estados Unidos, donde el gobierno está perfilando y monitoreando a los manifestantes con las herramientas tecnológicas que eran utilizadas para contener el contagio. Frente a este escenario de control tecnológico, hay otras alternativas que basan sus propuestas en la acción de compartir, como es las que se integran en la economía del procomún.

    Los bienes comunes defienden que los recursos pueden ser más eficientemente gestionados bajo la propiedad común que la propiedad privada, por ejemplo los recursos hídricos, bosques, océanos y otros bienes naturales gestionados consensualmente por la comunidad, evitando su sobreexplotación y garantizando su capacidad regenerativa. Estos mismos principios se han aplicado a los bienes y productos tecnológicos, como  en el software libre y el código abierto, el cual ha demostrado con el desarrollo de internet (que depende en su mayoría de las licencias libres) que la creatividad e inventiva, y el mejoramiento de la tecnología, funciona de manera más óptima con las licencias abiertas para modificación que con los esquemas de propiedad intelectual privatizada. El trabajo en red disminuye el costo de la colaboración y actualiza un nuevo modelo de producción, el trabajo entre iguales (P2P), a veces llamado producción entre pares, de persona a persona, o de pueblo a pueblo (people to people), basado en la transparencia, participación y gobernanza abiertas.

    Del movimiento procomún surge el cooperativismo de plataforma, como respuesta a la llamada economía colaborativa, la cual no es en sus dinámicas nada nuevo, y es tan capitalista como el extractivismo, ya que se apropia y lucra de los recursos y productos (datos e información) de sus “colaboradores”, sirviendo simplemente como un simple intermediario para revenderlos y aprovecharlos deslealmente. Las corporaciones Facebook, Amazon, Google, Uber, Airbnb, entre otras, comercializan el valor creado por sus usuarios pero sin compartir los beneficios. El cooperativismo de plataforma es la democratización y gestión colectiva, transparente, de los datos e información generados por los usuarios, asegurando la privacidad y adecuado uso informativo, compartiendo la riqueza generada en ello.  algunas de las obras más sobresalientes y conocidas de este modelo son Linux, Wikipedia, Mozilla, Wordpress, LibreOffice.

    Además, este movimiento también despeja el tópico falaz de que el anticapitalismo es retrógrado y está en contra de la tecnología. Por el contrario, promueve un uso y porvenir tecnológico apropiado a la escala y necesidad humana. Apropiación de la tecnología en doble sentido: tanto de adecuación como de reposesión social. En estos sentidos las tecnologías apropiadas también son una parte fundamental del imperativo ecológico, tanto en la agricultura como en la biotecnología. La cosificación/mercantilización de la naturaleza y su sobreexplotación están devastando la capacidad regenerativa de los ecosistemas, la energía, el agua, los materiales, la biota y la agricultura.  La tala y pesca hacen su parte en la alteración de los sistemas naturales. El excesivo consumo de minerales y de energía proveniente de combustibles fósiles, que se están agotando y encareciendo, provoca las emisiones de gases de efecto invernadero que al concentrarse causan el calentamiento global, y por consiguiente, el cambio climático. Este desenfrenado consumo energético es el sostén del ineficiente crecimiento económico. En el colmo de la tautología, la economía ambiental promueve la mercantilización de recursos y aspectos ambientales aun no suficientemente mercantilizados (aire, agua, biota, código genético, contaminación, etc.) para “salvar el planeta”.

    Si bien la economía ecológica es un desarrollo académico, podemos identificar como agentes económicos ecológicos a aquellos que con su actividad tienen bajos niveles de entropía (degradación energética y ecosistémica) y favorecen las capacidades regenerativas de la naturaleza. Estamos hablando de los campesinos ecológicos principalmente, pero también de una economía vinculada a ellos en la proximidad para evitar el traslado intercontinental de mercancías y alimentos, así como principios de producción, distribución y consumo que reducen su huella (impacto ecológico) o buscan compensarlo. Los circuitos de producción y consumo local y el decrecimiento son las claves de la economía ecológica.

    Acciones como reducción de la jornada laboral, menor consumo energético con la reducción de la movilidad motorizada y aumento del uso de la bicicleta, consumo local, orgánico y de proximidad. Son ejemplos de incrementos de la calidad de vida y la salud, que a su vez reducen el consumo, y por lo tanto, el crecimiento económico. Lo que antes se consideraba imposible se ha demostrado viable con la pandemia. El parón económico tuvo inmediatos beneficios ecológicos a nivel mundial y ha sido de hecho un decrecimiento sugerido por el ecologismo. Ha demostrado que la regeneración puede ser rápida y que aun no hemos rebasado el umbral del camino sin retorno. Ha demostrado que la vida urbana sin automóviles, con movilidad a escala humana, es mucho más sana, plena y satisfactoria que la que padecemos.

    La agroecología campesina implica prácticas de resistencia al capitalismo corporativo y financiero que especula con los agronegocios, y que amenazan con devastarlo todo para su propio beneficio acumulativo. Es aquí y ahora que la soberanía alimentaria, tanto como la soberanía sanitaria, son estratégicas para la transformación de la seguridad humana. La soberanía alimentaria es la capacidad de una comunidad de producir los alimentos necesarios para su supervivencia y los insumos para su producción, en lugar de importarlos, para evitar ser vulnerable a contingencias de desabasto. Complementariamente, la soberanía sanitaria es la capacidad de un país para producir los medicamentos, tecnologías, e insumos necesarios para sus sistemas de salud pública sin depender de las importaciones de éstos.

    Los organismos genéticamente modificados (OGM) son la última andanada del despojo de la independencia campesina y la seguridad alimentaria. Hace décadas las tecnologías de la mal llamada revolución verde (introducción masiva de semillas estériles y agroquímicos) han concentrado riqueza en las empresas biotecnológicas paralelamente a la degradación y contaminación de las tierras fértiles en todos los continentes, destrozando la agricultura campesina y haciendo dependiente al sector de los subsidios gubernamentales. Una pequeña fracción  de la tierra cultivable se utiliza para alimentar directamente a humanos, en proporción con sus otros usos (biocumbustibles, insumos industriales, alimento para ganado, drogas). La rudimentaria tecnología de los OGM (bombardear los núcleos celulares con genes de otras especies) contrasta con la sofisticada modificación genética ancestral de la agricultura ecológica. Aquella que logró a través de pausados y pacientes procesos intergeneracionales la hibridación de nuevas especies dentro de sus límites naturales y con ritmos de adaptación seguros, las plantas que ahora consideramos domésticas. Así tenemos una gran variedad de vegetales que son una riqueza alimentaria con grandes capacidades de resiliencia climática, junto con la riqueza de saberes biotecnológicos campesinos. Esa es la abundancia que se está perdiendo con la agricultura industrial y el modelo alimentario actual.

    Es necesaria la confluencia de todos estos movimientos. Ellos se critican entre sí: “el cooperativismo no es ecológico”, “algunos feminismos no son antirracistas”, “la lucha por la identidad y los derechos sexuales no son anticapitalistas” y así una batería de negaciones. “La revolución será feminista, o no será”, expresión que también se usa en el ecologismo, el antirracismo, y otros movimientos vindicativos: “la revolución será ecológica o no será”, etc. Por supuesto, todas estas expresiones se refieren a la necesaria integralidad de la revolución y la confluencia de todos ellos para hacer la transformación social. La intención de la transformación social actual es devenir revolución integral: devenir solidario, igualitario y ecológico; devenir socialista, feminista, antirracista, ecologista, comunitarista; lo que significa, con las acciones diarias y reafirmativas, avanzando cada vez más, convertirnos en comunidad global solidaria.

    Para consolidar todos estos cambios urgentes necesitamos una educación diferente. Lo que está en el centro de todos estos movimientos y ha de constituir el núcleo del ideal pedagógico de este sistema educativo es la vida, la sostenibilidad de la vida. Muy apropiado del feminismo y el ecologismo, el principio vitalista libertario es el rector de un nuevo modelo civilizatorio. Esto incluye una ética biocéntrica que considera y evita el sufrimiento de los animales no humanos, implica mover la frontera de la ética más allá de lo humano, superar el antropocentrismo. Por supuesto, la necesidad de los pobres o los esquimales, por ejemplo, que solo pueden alimentarse de carne, justifica su consumo, pero desmercantilizar a los animales no humanos es un paso. Y no hay que escudarse en la necesidad de otros para sostener un lujo innecesario y cruel. Los lácteos, el huevo, la miel, pueden ser replanteados como productos de una simbiosis evolutiva de miles de años que se puede hacer respetuosa y éticamente. Mientras no se haga así, la dieta basada en plantas es la opción; contamos con información y recursos suficientes en muchos lugares para que se haga saludable y ecológicamente, ya que un veganismo sin conciencia social, ecológica y de sustentabilidad está incompleto.

    Por ello ninguno de estos movimientos sociales debe hacer alguna forma de intolerancia ante los que por sus condiciones sociales y culturales no pueden modificar sus hábitos y circunstancias. Somos contradictorios, pero podemos devenir. Por ello la educación es estratégica, así como el arte y la comunicación contrahegemónica, que conscientemente son aspectos ampliados de fines pedagógicos, reflexivos y transformadores. De fondo, la intención es la continuación en la construcción de un nuevo proyecto axiológico colectivo global que consiste en una nueva escala de valores, donde se consigne el valor supremo del cuidado de la vida.

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